Hace varios días, en un sitio sobre ciencia en Internet circuló un anuncio con el título Vendo riñón para pagar hipoteca. No por insólita pareció menos asombrosa, incluso dolorosa, la noticia, reiterada en diferentes agencias y medios de prensa internacionales, que atribuyen la decisión a las infortunadas consecuencias de la crisis que afecta el mundo.
Iba con el ceño fruncido después de una noche de insomnio. Contaba desventuras, planificaba la jornada —como si sirviera de algo—, tejía sueños lejanos. Estaba, y no. Para regresar a la realidad, nada como un piropo pícaro, inteligente, de esos que te hacen sonreír, aunque quieras mantener la compostura.
Una verdad presumiblemente resabida nos advierte que solo se es joven una vez. Joven no en la actitud, que a veces resulta en adultos lastimero exhibicionismo, sino joven en plenitud de poseer, como dominadores, la facultad de enrutar el tiempo. Porque en esa edad los días vienen siendo como el vaso donde se echa el ímpetu que pareciera nunca terminar entre audacias y acometidas.
Como para desatar múltiples sentimientos y reflexiones, cierto coterráneo hizo llegar a un colectivo de periodistas, en acto de honestidad y pasión, las siguientes líneas como parte de una carta: «Los que hicimos la Revolución somos ya viejos y estamos probados; los que vienen detrás están por probarse».
La juventud es un ave fugaz que se extravía para nunca volver. Y la gran tragedia de los mortales es que uno, exultante con esos arrestos y ardores, viviéndola intensamente, viene a reparar en sus encantos cuando ya se fue. Entonces se empieza a vivir entre las adecuaciones de la sensata adultez y la nostalgia de aquellas inflamadas rebeldías.
ETA es la que vuelve a estar de moda ahora que las FARC prosiguen con la liberación unilateral de rehenes, gesto que un poco las des-sataniza luego de haber sido acusadas de terroristas, y golpeado políticamente como quedó ese grupo guerrillero colombiano después del dudoso operativo que rescató a Ingrid Betancourt: el peje gordo con que contaban los hombres del extinto Marulanda, para exigir al gobierno un canje que les permitiría la liberación de casi 600 insurgentes.
A pesar de su levedad en nuestra geografía, el actualmente fuera de servicios puerto de Manatí figuró durante décadas como uno de los más activos de la costa nororiental cubana. Muchos barcos mercantes lo planificaban en sus itinerarios. Y era común que algunos, procedentes de la vecina Nuevitas, se arrimaran a recargar a sus espigones de madera para aprovechar las aguas profundas de su fondeadero.
A decir verdad, no me intranquiliza el destino de los trabajadores vinculados indirectamente al trabajo de la tierra y que tendrán que ser reubicados en otros puestos, porque las empresas donde laboran desaparecerán del organigrama de la Agricultura. Y no me inquieta el futuro de esos compatriotas por una razón evidente: no irán al camino real a extender sus manos, como aquellos hombres desplazados que vi un día en mi niñez pueblerina durante la década de 1950.
Shabana aún juega con muñecas. No puede imaginar que, en la habitación contigua, sus padres acaban de cerrar un trato. Pronto tendrá un esposo. No lo eligió, ni siquiera lo conoce —tal vez sí—, pero lo triste para ella es que deberá abandonar a su compañera de fantasías.
Un niño rico, pero medio distraído, está en aprietos porque se ha quedado sin dinero para la merienda y acude a casa del vecino para que le preste. Y este se pregunta: «¿Por qué sus acaudalados padres y hermanos no lo ayudan?».