Demasiado predecible cada Primero de Mayo en multitudes, entusiasmo y consignas. Pero es curioso: por encima de tantos problemas en órbita, la gente en Cuba sigue marchando alegre y colmando plazas y calles el Día del Trabajo, por un entrañable sentido de pertenencia a país y a sociedad, que es rara avis en este mundo atomizado. Un sentido de posesión que urge potenciar mucho más en toda su dimensión y diversidad.
Mayo es mayo y no otro mes del año. Lo que tiene de sui géneris y suyo, de calendario que va corriendo detrás de un abril presuroso que viste siempre traje joven, no lo describen los más anticipados clarividentes de la suerte cotidiana; no lo recogen en la certeza más honda del cubano incógnito los tarots ni las cartas ni las bolas mágicas.
«Todos los cubanos tienen que venir aquí», dice Osmany, el guía, con una certeza tan natural como los helechos, que parecen inmutables al desgaste de los siglos. Él, que sabe de estas lomas hasta el último carpintero, apenas suda en la escalada de 11 kilómetros hasta el techo de la Isla, allá donde el Universal conversa con la nube.
Los Estados Unidos tienen diferentes estándares para juzgar las cosas. Como siempre digo, los ejemplos sobran. Arabia Saudita tiene un sistema dictatorial, represivo y repugnante, sin embargo para el Gobierno de los Estados Unidos eso no tiene la menor importancia y ha establecido con esa nación sus mejores relaciones.
Una madre cubana acaba de pasar un tiempo en los Estados Unidos con su hijo, residente en ese país. Y ha retornado feliz por el reencuentro, los sitios visitados, las amistades adquiridas y el ensanche de su pupila en otros parajes. Ha vuelto tranquila a lo suyo, como la cabra al monte.
La memoria histórica se preserva en libros y documentos. Hay, sin embargo, otra vía, intangible, integrada al imaginario popular. En ella se entremezclan mitos y leyendas de transmisión oral, el anecdotario de la familia, los acontecimientos locales, asociados a sitios y monumentos. El poder impalpable del recuerdo tuvo, en los inicios de la república neocolonial, una manifestación que siempre ha motivado en mí el asombro y la meditación.
Hace ya un año le debo a Pablo, y a mis semejantes, contar esta historia que es la de la entrega, y la de constatar que todos los caminos del dar y el recibir están conectados en nuestro mundo.
Durante la 49 Asamblea Mundial de la Salud, celebrada en 1996, se adoptó una resolución donde la violencia fue declarada como un problema de salud pública. Para ello se tuvieron en cuenta las secuelas engendradas por esa fusta social para las personas, las familias, las comunidades y los países, y se resaltaron, además, sus nefastos efectos en los servicios de atención médica.
Muchos compatriotas parecen creer aún que la secular epopeya cubana por conquistar primero y consolidar después la definitiva independencia se limita a un dibujo animado de Elpidio Valdés. «¡Al macheteeee…!», convoca desde el lomo de Palmiche el carismático insurrecto de la pantalla. Así, apenas cinematográfica, se cuenta a veces nuestra historia.
Como ya es ritual y gesto honorable en la avivada entrega que siempre nos llega con ellos, la buena fe de dos guantanameros adiestrados en la finísima forja de una lírica deleitable, sugerente y muy suya, se ha lanzado como si viniera desde el éter para ubicarse musicalmente en lo mejor de un interesante Dial, título que este binomio artístico ha dado a su más reciente producción discográfica, dedicada a los 90 años de la radio cubana, y entre cuyas canciones aflora la poesía en esa dimensión distinta que bien los caracteriza.