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Socialismo/capitalismo: ¿quién vive presta’o…?

En el tozudo mundo real, los líderes principales del capitalismo parecen menos alarmados por la suerte humana que por la de sus ambiciones, como acaban de demostrar Marco Rubio y Donald Trump

 

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

 

Quien vive presta’o…, muere regala’o…, asegura un dicho muy cubano, más usado para los sacrificios cotidianos que para la política, aunque no hay nada más cotidiano en estas vaporosas horas que esa última.

En este pensaba mientras representantes de más de 60 países fueron convocados por los «genios malévolos» del neofascismo, como quien requiere de un «Sium» político, porque el fantasma del comunismo reaparece y amenaza con arrasar la vida eterna y plácida del capitalismo.

La cita terminó siendo famosa por las diez mentiras de Marco Rubio, quien, más que un secretario de Estado yanqui parecía haber rencarnarnado, en su discurso, en un mutante a lo IA de Hitler y Mussolini.

Lo que pocos descubren bajo los fuegos de pirotecnia electorera y sus teorías conspirativas es que, en realidad, más que una amenaza real de los extremismos de izquierda, lo que ocurre hace tiempo, sobre todo tras la enorme crisis humanitaria de la COVID-19, es que representantes del capitalismo y del socialismo «toman prestados» preceptos de ambas concepciones para reemerger y restaurarse.

Las más de 170 transformaciones —bastante sorprendentes para los cánones en que funcionó el socialismo cubano—, ponen sobre la mesa la propensión al «transformismo» del socialismo, pero, un análisis más riguroso establecería que el capitalismo no lo es menos. Y quienes así lo consideran no pueden ser acusados de procomunistas, en el sentido en que lo blanden ahora Rubio o Trump.

Aturdidos por las muertes de la COVID-19, pasamos por alto que, en lo político, a escala internacional, soplaban vientos de fronda, si se trazaba un paralelo entre las famosas revueltas contra la monarquía en la Francia regentada por Ana de Austria, tras la muerte del célebre cardenal Richelieu, con la rebelión de las teorías de cambio que se esparcían en ese mundo pandémico.

Las hipótesis transformistas iban de unos extremos a otros y algunas prefiguraban un capitalismo rehabilitado de sus mañas y marañas.

Para algunos teóricos el coronavirus tendría para ese sistema el mismo efecto alterador que la peste negra para el feudalismo. Esa era la apuesta del periodista e intelectual británico Paul Mason, quien sostuvo para BBC Mundo que el final de un modo de producción de un sistema económico es, con frecuencia, una mezcla de sus debilidades internas, combinado con lo que a menudo se llama shocks extremos o exógenos.

Creía Mason que la COVID-19, como la peste medieval, provocó dos interrupciones al capitalismo como modelo: una económica y otra ideológica. Al combinarse, ofrecen la sensación masiva de que el sistema no está protegiendo y, en consecuencia, requiere ser removido.

Bajo otros argumentos parecidos, pensaba el renombrado sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin, quien alertaba sobre dos factores que condujeron al drama humanitario de la COVID-19: el movimiento de personas y especies alentado por el cambio climático y el acercamiento de la vida animal y la humana, resultado de la emergencia climática, con lo cual los virus de ambas especies se mueven juntos.

Afirmaba que ya nada volverá a ser normal después de esa terrible pandemia, que veía como una alarma planetaria que acabaría solo si se reconstruyeran las infraestructuras para vivir de modo diferente.

La lista de reparadores capitalistas es más larga. Se integraba especialmente Mariana Mazzucato, profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público de la University College London. La académica opinaba por aquella fecha que la crisis pandémica era una oportunidad para «hacer un capitalismo diferente». Asumía que el sistema podía renfocarse hacia un futuro innovador y sostenible que funcione para todos.

Hasta figuras como el Papa Francisco se vieron atraídas por las estimaciones de la académica, al punto de expresar que ayudan a pensar el futuro. Mazzucato apuntaba que no podemos volver a la normalidad, porque lo normal es lo que nos metió no solo en este caos, sino también en las crisis financiera y climática.

Al parecer llovió demasiado, desde que Francis Fukuyama anunciara la teoría que lo lanzaría al estrellato, tras la caída del socialismo en Europa del Este y la URSS.

Pese a reconocerse todavía como un defensor de los anteriores presupuestos, Francis reconoció a BBC Mundo en el año 2019 que, en muchos sentidos, «se ha movido hacia la izquierda». Fundamentó ese inédito saltito «por un par de razones bastante buenas: Creo que, en la década del 2000, las dos grandes catástrofes fueron, primero la invasión estadounidense de Irak y, luego, la crisis financiera. Ambas resultaron el subproducto de ideas conservadoras que fueron llevadas al extremo y condujeron a resultados muy malos».

Agregó que la globalización en general ha tenido mucho éxito en varios aspectos, en términos de reducir la pobreza en muchas partes del mundo, pero también ha producido un mayor nivel de desigualdad en gran número de países, incluso en Estados Unidos, por lo que requiere un «remedio»… Y aquí viene la parte más sorprendente del diálogo, porque para Fukuyama dicho «remedio» lo ofrece mejor hoy la izquierda que la derecha.

Lo cierto es que, lo reconozca o no este teórico, tantos años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo y sus entusiastas tendrían muy poco que celebrar, a no ser su enorme capacidad de producción y reproducción material y simbólica.

Pasado tanto tiempo tras la caída del famoso muro, y con otros discutibles por levantarse, la gran pregunta actual sería: ¿Por qué el capitalismo definitivamente no ha triunfado?

La interrogante se la hizo hasta una plataforma mediática defensora de los valores del sistema, como la misma BBC Mundo, cuando publicó un interesante artículo bajo esa pregunta.

En el texto, el filósofo político John Gray —no de menos derecha y conocido por sus críticas al humanismo y el pensamiento utópico—, lanzaba cubos de agua helada a los teóricos de la eternización del capitalismo. En los próximos años, apuntó, la creencia de que las sociedades están evolucionando hacia el capitalismo de mercado podría ser puesta a prueba.

Gray consideró entonces que el capitalismo había sobrevivido la crisis financiera iniciada en 2007, y que no había razón para pensar que se enfrenta a una perspectiva inminente de colapso global, pero infirió que tampoco hay razón para suponer que reanudará su avance. En su opinión, el resultado más probable es que el futuro será como el pasado, con una variedad de sistemas económicos.

Hay que admitir que los exámenes anteriores son, además de valiosos, valerosos —si apreciamos los virus sistémicos mortales en su contra—, pero, el problema mayúsculo es que no pasan de ser profundas e ilustradas conclusiones.

En el tozudo mundo real, los líderes principales del capitalismo parecen menos alarmados por la suerte humana que por la de sus ambiciones, como acaban de demostrar Rubio y Trump. Lo que se verifica y reproduce —con la misma virulencia de las cifras de contagiados y fallecidos de los tiempos de la pandemia—, es la esencia egoísta, maltusiana, depredadora del sistema. Y lo más peligroso, una tendencia hacia sus variantes más extremistas.

La urgencia de cambio impuesta al capitalismo tras la aparición de la Revolución de Octubre —shocks extremos de por medio— y que contribuyó al surgimiento del nombrado Estado de bienestar, no parece ahora la seña dominante, aunque nadie con un mínimo de cultura política negaría la necesidad de reformularlo y de que esas correcciones tendrían que tomarlas prestadas del socialismo. La teoría keynesiana impulsó la intervención del Estado para mejorar el empleo y ajustar la distribución arbitraria y desigual de la riqueza. Igual pasó con la adopción de políticas socialdemócratas, como sistemas públicos de salud y educación para proteger de la inseguridad del mercado y con la adopción de regulaciones a la acumulación de capital, con impuestos progresivos y disposiciones para limitar los monopolios, así como fórmulas de planificación.

Los socialismos sobrevivientes a la caída del llamado modelo «real», incluyendo el cubano, llevan una ventaja, pese a costosos fardos de dogmatismo e inmovilidad: comenzaron a reformarse mucho antes de que se expandiera la cepa coronavírica. Los más atrevidos y exitosos frente a esta última y a su crisis total acompañante fueron, precisamente, los que más avanzaron en esa renovación.

Contrario a lo ocurrido con el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo, los socialismos realmente existentes —adelantados a su tiempo, a juzgar por la teoría de Marx— buscan solidificar la viabilidad de su plataforma humanista, sometidos a la maldad y el acoso continuo del capitalismo dominante, como puede verificarse de tanteos de cambios en Cuba desde el 6to. Congreso del Partido Comunista.

Ya sabemos, de momento, que socialismo y capitalismo viven muy peculiares períodos de transición y que están tomando presta’o el uno del otro. ¿Ya veremos, entre ambos, a cuál, definitivamente, le encajará el dicho cubano?

 

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