Los conflictos de Arturo, uno de los personajes más controversiales de la novela cubana de turno Ojo de agua, no son caprichos del colectivo realizador y, mucho menos, obra de la imaginación. En el pequeño adolescente conviven muchas realidades que incluso trascienden su grupo etario. ¿Dolorosas?, sí. ¿Preocupantes?, también. Y bien difíciles de manejar, como sucede con las complejidades de la vida.
Ningún proyecto, desde lo personal hasta lo colectivo, es esquemáticamente lineal. Quien piense lo contrario, tal vez, coquetee con la fina línea de las objetividades. La historia se asemeja a un latir arrítmico, a las altas y bajas que muestra, en un delgado papel, cualquier ecocardiograma. Bien sabemos que, sobre esas páginas abiertas, solo pueden escribir desde su conciencia las sociedades, los hombres y mujeres que se consagran a transformar cada proyecto-nación.
El trabajo, las pruebas, las redes sociales, la música. El café, los amigos, la salida de los viernes por la noche, el consejo de mamá. La rebeldía, la contradicción, la energía, la inocencia.
Por mucho que se quiera avivar la cultura general integral y el espíritu investigativo en menores de edad, resulta contraproducente que, en las instituciones educativas, se diseñen y orienten estudios independientes sobre tópicos que superan con creces los saberes y habilidades de los grupos etarios sometidos a examen, en este caso de los niños. Lo único que se logra con ello es la reproducción exacta de la información recopilada.
Su nombre se repite hoy con júbilo por miles de cubanos a lo largo de la Isla, que aguardaban su llegada llenos de esperanza en el valor de la solidaridad.
En el siglo XX el título se lo llevó Yuri Gagarin, el primer cosmonauta soviético que salió al espacio y dio una vuelta al planeta.
A la hora indicada todo estuvo dispuesto. El teatro abarrotado, un público entusiasta y expectante, bailarines diestros, ágiles; una puesta en escena impecable.
Que Estados Unidos nos hace una guerra, eso lo sabemos muy bien los cubanos desde hace casi siete décadas. Acabamos de sufrir un apagón general del país, el segundo en apenas una semana, y con ello crece nuestro sufrimiento.