Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Florita, también en 2026

Autor:

Laura Mariam Bacallao Padrón

Cuando las madres de Flavia, Patricia y Jennifer acunaron por primera vez a sus hijas en aquel 2011, no podían imaginar el país que las recibiría 15 años después. En aquel instante, la segunda década del milenio se asomaba con aperturas económicas, un Presidente estadounidense que estudiaba a Cuba con nuevos lentes y donde —un magnate llamado Donald Trump— no era más que otro multimillonario para los cubanos.

Los años, como suele ocurrir, se escurrieron entre los dedos. Las familias y los amigos despertaron de pronto con la certeza de que, aunque parecía ayer que mecían a aquellos bebés, el calendario dictaba otra sentencia. Y sin distinción de género que valga, llegó la fiesta por los 15, que también abraza a Carlos, Ernesto y Abel, porque hemos aprendido que el rito no entiende de sexos, aunque la repercusión social aún se vista identificada con traje de tul.

Las Floritas de todos los tiempos, esa figura entrañable del pregón costumbrista, marcan un antes y un después en la familia, en el barrio, en el aula. Son, quizá, ese instante cumbre donde la adolescencia se celebra por lo que realmente es. Construcción social o no, todos quieren regalar un momento imborrable a los agasajados. La sesión de fotos, la fiesta, el viaje soñado, el regalo anhelado: una fecha que no es un cumpleaños cualquiera.

Los ahorros previstos durante años, los planes tejidos con paciencia, los esfuerzos colectivos chocaron esta vez contra un obstáculo que no estaba en los cálculos: 2026. Es este un año que se escribe con un recrudecimiento brutal de las limitaciones. Precios altos, destinos turísticos cerrados, un transporte que se despoja de sus piezas. Todo al capricho de una presión extranjera que ignora olímpicamente si en Cuba hace frío o calor, y que hasta se atreve a compadecernos por la ¿calefacción? que necesitamos.

¿Qué saben ellos de los sueños de las y los adolescentes cubanos? ¿Qué entienden del esfuerzo titánico de sus familias, de la alegría solidaria de los vecinos? Nada. No saben nada de Flavia, Patricia y Jennifer, ni de Carlos, Ernesto y Abel. Ni de sus madres y padres.

Tampoco saben nada aquellos que, desde cómodos púlpitos digitales, piden conflictos armados. No hay nada más incompatible con un cumpleaños que una guerra. Nada más ajeno al brillo de unos ojos a punto de soplar las velas que el odio estéril que se roba ya en el mundo tantas adolescencias.

Por eso jamás podrán comprender cómo la familia cubana se ha reinventado en este 2026. Cómo las circunstancias limitan, sí, pero no logran borrar la alegría de los 15. Ese sigue siendo, en palabras del propio Carbonell, «un evento social».

No podrán entender jamás que ningún bloqueo impide que el patio de la Escuela Especial Solidaridad con Panamá se colme de globos cada año en una coreografía de amor. Ignoran la historia de la peluquera que se retó a sí misma y estudió durante semanas para definir los rizos perfectos de Dianelis, una niña autista que también arriba a su celebración.

Desconocen al vecino que regaló el vestido y a los padres que buscaron un empleo extra para costear las fotos. No tienen idea del modesto cake al que los quinceañeros tienen derecho a precios económicos en las comunidades, aunque la materia prima escasee y los mecanismos sean aún imperfectos. La resistencia es un misterio simple, pero indescifrable para quien no ama.

Los 15 van, como los de la legendaria Florita en el argot popular. Más modestos o más altisonantes, inevitables reproductores de las diferencias sociales que estos tiempos marcan. Pero lo esencial resiste: que cada niña y niño que en aquel 2011 abrió los ojos al mundo, pueda ser inmensamente feliz una década y media después.

Porque estos 15, los de Florita, los de todos los Floros y Floritas de la Isla, ¡se tienen que celebrar!

 

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