La vi en el mercado, sosteniendo un pedazo de carne en la mano. Ella sopesó aquel fragmento de «mamífero nacional», preguntó el precio y, ante la respuesta del vendedor, regresó el producto al mostrador como si le hubieran puesto una cámara lenta. Hizo un gesto, de esos que surgen cuando se acepta lo inevitable, y terminó marchándose.
No hubo reclamos, solo ese silencio que a veces es más elocuente que cualquier grito. Y mientras ella se alejaba, el mercado siguió con su ruido, con su coreografía cotidiana de ofertas-compras; y también de ofertas-no compras.
Los precios —me dije entonces— tienen algo de confesión. Dicen lo que falta sin necesidad de palabras, hablan un lenguaje complejo que, en muchas ocasiones, nos revelan luchas, oleajes, cuentas, decisiones, frustraciones y resistencia.
Viendo a la mujer perderse en el horizonte, pensé en el concepto de «estirar la economía», que al final no es otra cosa que ingeniárselas, para seguir batallando por ella y por los suyos, innovando o inventando.
Pensé también, por supuesto, en esos vendedores que cada mañana escriben los precios en cartones manchados o en tablillas fantasmas. Ellos, al final, no son los culpables del todo, aunque a veces carguen con toda la culpa.
Hay quienes quieren poner topes o intentan el famoso «ordenamiento de precios», pero, la verdad verdadera, es que no resulta fácil. Poner orden en la escasez no tiene absolutamente nada que ver con ordenar en la abundancia.
Pero, mientras no suene el cuerno del «muchísimo», habrá que intentar, al menos, no caer en las trampas del «precio de la calle».
Lo escribo porque hace poco, por ejemplo, en un «mercado de nuevo tipo», en Bayamo, inaugurado por lo alto, no mucho tiempo atrás, se vendió la libra de papa nada menos que a 450 pesos. Y el consuelo de algunos expendedores ante esa varilla tan alta era: «en la calle está a 500».
¿Era ese realmente un precio no abusivo o estaba en correspondencia con «el escenario tan complicado» que vivimos? Es una pregunta que de seguro trae distintas miradas, según del lado en que las personas respondan.
Tal vez la arista más preocupante en este combate diario —en el que no faltan las consecuencias del terrible cerco energético y el objetivo de asfixiarnos, hasta llegar a etcétera—, es que el alza de los precios termine siendo directamente proporcional a la pérdida de certezas, de valores, de aliento y deseos.
¿Habremos llegado al punto de creer que no se pueden revertir los precios? ¿Hasta cuándo seguirá imponiéndose la ley de la selva?
Tal vez el verdadero lujo, en estos tiempos, no sea comer carne o papas a precio de nube. Quizá, el verdadero lujo sea no perder la esperanza de que algún día los precios vuelvan a ser solo números, y no el termómetro de una pelea que no hemos dejado de dar.
Al final la mujer guardó los billetes en su cartera; los precios siguieron ahí. Y la vida también, a pesar de todo. Ella, como tantos, no se rinden; cree que todavía hay esperanzas. Se toma un respiro. Y vuelve.