Con su cesión desde el Real Madrid, Nico Paz ha explotado a las órdenes de Cesc Fábregas, convirtiéndose en uno de los jugadores de moda del fútbol europeo. Autor: Tomada de Cadena SER Publicado: 12/05/2026 | 10:04 pm
Era apenas un susurro de agua dulce en el mapa del calcio, un espejo donde se miraban los cisnes del lago más bello de Lombardía mientras el fútbol discurría en otra parte. Pero esta temporada, el Como 1907, ese club de cimientos centenarios y alma de seda, ha dejado de reflejar las montañas para proyectar, sobre la pulcra superficie del Stadio Giuseppe Sinigaglia, la imagen más romántica del fútbol italiano contemporáneo.
Allí donde las gradas casi acarician la orilla, Cesc Fábregas ha compuesto una sinfonía de posesiones verticales y presiones altas que ha mecido a todo un continente. Porque el Como, que hace apenas dos años celebraba su regreso a la Serie A tras 21 años de ausencia, este 10 de mayo selló su billete a las competiciones europeas por primera vez en sus 119 años de historia con un sufrido 0-1 ante el Verona, cortesía de un testarazo de Anastasios Douvikas. Aquello no fue un triunfo: fue el desenlace de una novela de fantasía rubricada por un arquitecto catalán que aprendió a leer el juego en Highbury y en La Masía.
La partitura de esta orquesta imberbe tiene un solista indiscutible: Nico Paz. El mediapunta argentino de 21 años, de melena al viento y zurda de terciopelo, es ya tercero en la tabla de goleadores de la Serie A con diez dianas, solo por detrás de colosos como Lautaro Martínez; y si a eso se le suman sus seis asistencias, emerge como el cuarto futbolista con mayor aporte ofensivo de toda la liga. Fàbregas, que modeló su propio molde en los mejores teatros de Europa, ha dispuesto un ecosistema entero para que el balón llegue limpio a sus pies. Junto a él, el griego Douvikas (13 goles) pone el remate; Patrick Cutrone, el ardor del ariete de la casa; y Álvaro Morata, pese a una sequía pasajera, aporta el poso del veterano de mil batallas.
Con más de cien millones de euros invertidos en el mercado estival y 16 refuerzos entre fichajes y cesiones, los Lariani han pasado de ser un recién ascendido a un bloque de hormigón armado con vistas al paraíso: apenas 28 goles encajados en toda la temporada, el tercer mejor registro defensivo de las cinco grandes ligas, solo por detrás del Arsenal y del Paris Saint-Germain, los flamantes finalistas de la UEFA Champions League.
Pero ningún elogio estaría completo sin honrar el viaje. Porque el Como no viene de un traspié pasajero: viene del infierno. En 2004, el club se declaró en bancarrota y desapareció del fútbol profesional; en 2016, una segunda quiebra lo llevó a refundarse en la Serie D, el barro primigenio del que casi nadie regresa. La adquisición en 2019 por parte del grupo indonesio Djarum —de los hermanos Hartono, dos de las mayores fortunas de Asia— trajo consigo un proyecto quirúrgico: nada de fichajes galácticos, sino una apuesta por las plusvalías, el saneamiento estructural y la paciencia.
Con Fàbregas al timón desde 2024, el equipo concadenó ascensos, consolidó un décimo puesto en su primer curso en la élite y ahora, en su segunda campaña en la Serie A, ocupa la quinta plaza, a solo dos puntos del AC Milán con dos jornadas por delante, y sueña despierto con una Champions League que parecía vedada a los equipos sin pedigrí continental. «No somos el Inter, el Milán, la Juventus o el Nápoles; somos un equipo humilde y queremos disfrutar este momento», repetía Cesc tras la clasificación, con los ojos brillantes y el billete de avión para asistir al Clásico español en el bolsillo, aunque finalmente las celebraciones en Como le hicieran olvidar cualquier otra cita.
Queda ahora el éxtasis de lo tangible, la certeza de que por el lago navegarán el próximo otoño grandes planteles del Viejo Continente. Los aficionados, que hace menos de una década llenaban campos de tierra en la cuarta categoría, desempaquetan los pasaportes mientras en el Stadio Sinigaglia, ese anfiteatro art déco inaugurado en 1928, el susurro del agua se mezcla con los cánticos de una hinchada que ya no solo presume de paisaje, sino también de equipo.
La temporada ha sido un lienzo de pinceladas vibrantes: un 6-0 histórico al Torino, un 2-0 a la Juventus en casa, una semifinal de Coppa Italia igualando la mejor actuación del club en la competición que databa de 1986. Y en el centro de todo, un entrenador que rechazó las sirenas de la Premier y del propio Barcelona para seguir esculpiendo su obra maestra a orillas del lago. Como espejismo azul que ya es real, el Como 1907 se ha instalado en la élite no con la soberbia del nuevo rico, sino con la elegancia del que sabe que la verdadera belleza, la que perdura, siempre emerge después de haber tocado fondo.
