Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Libres

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Nunca me han gustado las jaulas, por eso no tuve gorriones ni pericos atrapados. Tal vez fui un niño raro. ¿Cómo coartar el vuelo a quien el destino puso alas? En mi patio, en el limonero, cerca de mi ventana, solían anidar los colibríes. Contemplaba con fascinación aquel nido de fantasía, entrelazado con hebras minúsculas. 

Dicen que cuando eso pasa, la naturaleza te echa la bendición.

Cuando visité el zoológico por primera vez me detuve ante la jaula de los chimpancés. Los gruesos barrotes no impidieron que uno de aquellos simios se quedara contemplándome, creí adivinar tanta tristeza en sus ojos que me asusté. Cuando le conté a los adultos, me miraron con incredulidad y paciencia, nadie le dio importancia a los comentarios de un niño… con demasiada imaginación.

Por ese camino de búsqueda, acabé encontrándome con la vida de la doctora Jane Goodall (1934-2025), célebre etóloga, investigadora y medioambientalista británica. Sus estudios sobre los chimpancés salvajes en Tanzania cambiaron la percepción sobre los animales. Ella demostró que esos primates eran capaces de fabricar y usar herramientas, lo que hasta entonces se consideraba patrimonio de los humanos. Y que sus emociones eran auténticas: «Pueden sentir dolor y furia y tienen una memoria fantástica. Pueden planificar para el futuro inmediato», apuntó. 

En una entrevista que salió a la luz tras su fallecimiento, correspondiente a la serie de Netflix Últimas palabras célebres, la Goodall dejaba un mensaje estremecedor para sus semejantes: «Quiero asegurarme que todos comprendan que cada uno de ustedes tienen un papel a desempeñar (…) tal vez nunca lo descubran, pero su vida importa y están aquí por una razón (…) su vida tiene valor y cada día que viven, dejan una huella en el mundo».   

Hubiera querido hacer un safari por África, a lo Hemingway, pero sin escopeta en mano. Llevaría una Nikon. Los grandes felinos desfilarían ante mí, y tal vez con mucha suerte, un elefante o un hipopótamo emergiendo de un estuario; pero me  tuve que conformar con un pedazo improvisado de sabana, limitado con las altas paredes de piedra de un zoo.

Muchos años después, en el parque ecológico El Palapo, en Colima, México, viví una oportunidad inusitada. Pusieron en mis manos unas rodajas de zanahoria y vinieron a mí… dos cervatillos. Los acaricié. Quedé atónito, anonadado. Aguanté la respiración instintivamente, no fuera a ser que este momento singular que natura me concedía, se desvaneciera en el aire. 

Y ya que se había hecho un milagro, pedí otro. Desde que en mi libro de Primaria asomó una ardilla y unos versos de Amado Nervo, quise estar cerca de esa criatura de hermoso pelaje. Era una atracción misteriosa, irresistible. Me encontré luego con la querella de la ardilla y la montaña, fábula original de Emerson, que Martí tradujo para La Edad de Oro. La pequeña no se deja amedrentar por la gigante: «Ni yo llevo los bosques a la espalda/ ni usted puede, señora, cascar nueces»

En muchas ocasiones, necesitaríamos el espíritu de esa ardilla.

Ahora tocaba pasar del verso a la acción, del papel a la realidad, y la ocasión llegó de la manera más inesperada. Mi amiga Viky James me acompañó a conocer Coyoacán (lugar de los coyotes, en lengua náhuatl) en la Ciudad de México. Descansamos frente a su emblemática fuente, nos insertamos en medio de la cultura popular que bulle a su alrededor. Puso en mis manos unos granos de cacahuete y me indicó que me aproximara al tronco de la palma datilera. No entendí a la primera, hasta que vi bajar a una ardilla de esponjosa cola, estirarse mágicamente, chocar su hocico contra mi mano en un santiamén y subir como un rayo con su botín.

Otra vez el universo salvaje y libre me tocaba. 

Nunca me han gustado las jaulas. Hay que amar al cisne salvaje, como pedía Wichy Nogueras. La libertad pone alas a la ostra, escribía Martí. La libertad es irresistible, inmarcesible, irrenunciable.

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