El ejemplo de Rafael Trejo vive en el estudiantado cubano. Autor: Archivo de JR Publicado: 29/09/2026 | 08:36 pm
«Yo no podré olvidar jamás la sonrisa con que me saludó Rafael Trejo, como algo que fue a la par grato y doloroso, inefable y triste. Era que yo sabía ya que Trejo, con sus 20 años poderosos, se moría», escribió Pablo de la Torriente Brau.
Felo, como cariñosamente lo llamaban, tenía veinte años recién cumplidos. Nació el 9 de septiembre de 1910 en San Antonio de los Baños, en la actual provincia de Artemisa.
Su madre, Adela González, era maestra rural; su padre, un tabaquero que con esfuerzo se graduó de abogado. Trejo, en 1927 matriculó la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, la misma profesión de su progenitor, y pronto se convirtió en vicepresidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en su facultad.
Raúl Roa, que lo conoció en las aulas, lo describió como «un mozalbete de pelo lustroso, tez trigueña, bigote mongol, torso amplio y ágil musculatura». Fue remero, nadador, ajedrecista, hablaba inglés y tocaba el piano y el violín.
Pero, sobre todo, era un joven intransigente con la injusticia. «Mi ideal es poder defender algún día a los pobres y a los perseguidos. Mi toga estará siempre al servicio de la justicia. También aspiro a ser útil a Cuba. Estoy dispuesto a sacrificarlo todo por verla como quiso Martí», le confesó a Roa.
Para cuando su destino fue sellado aquel 30 de septiembre de 1930, Gerardo Machado gobernaba con garras de hierro. Había llegado a la presidencia en 1925 y, tres años después, mediante una reforma constitucional fraudulenta, se otorgó la «prórroga de poderes» que le permitía perpetuarse en el mando.
Machado ilegalizó sindicatos y partidos, censuró la prensa y ordenó asesinatos selectivos de opositores, entre ellos el de Julio Antonio Mella —fundador de la FEU y del primer Partido Comunista—, abatido a balazos en México.
En ese contexto, la FEU convocó una manifestación que partió del parque Eloy Alfaro hacia la casa de Enrique José Varona para entregarle al viejo maestro un manifiesto contra la tiranía. No obstante, la policía tenía otros planes y esperaba a los manifestantes apostada a los pies de la Escalinata universitaria desde el amanecer.
En San Lázaro e Infanta empezó la pelea. Entre piñazos y pedradas, Trejo se enfrentó cuerpo a cuerpo con un esbirro que lo superaba en fuerza y portaba un revólver. De repente, sonaron dos disparos a quemarropa y se hizo un súbito silencio.
Lo siguiente que recordó Pablo de la Torriente Brau fue despertar en la Sala de Urgencias con una herida en la cabeza y vomitando sangre. Unos minutos después lo colocaron a su lado.
«Este se salva si no hay fractura. Las heridas de la cabeza son muy aparatosas. Pero a aquel pobre muchacho no lo salva ni Dios. Tiene una hemorragia interna», fue la sentencia médica. El muchacho de la hemorragia era Felo. Viró la cabeza, vio a Pablo y sonrió.
Falleció horas más tarde esa misma noche. El sepelio, realizado el 2 de octubre, fue otro acto de coraje. Los estudiantes y el pueblo acompañaron el féretro cubierto con la bandera nacional, desafiando la represión que ya ocupaba militarmente la Universidad de La Habana.
Rafael Trejo González merecía graduarse de abogado, defender a los pobres y a los perseguidos, tocar el piano en la sala de su casa. La dictadura le negó todo eso por ser consecuente con sus ideas.
Su vida truncada, sin embargo, germinó en otras vidas: la Generación del 30 derrocó a Machado en 1933 y, décadas después, la Revolución triunfó. La juventud cubana lo adoptó como bandera y lo hizo suyo.
Los estudiantes cubanos de hoy reciben el carné de la FEU en fecha tan memorable, y cada joven que lo abraza hace que su legado perdure. Trejo no pudo ver a esa juventud, pero ella lo devuelve a la vida siempre que se levanta.
