Los hermanos Esposito celebran uno de los goles de Italia contra Turquía. Autor: AP Publicado: 29/09/2026 | 10:52 am
Hay pizzas que nacen muertas: masa cruda, salsa aguada, queso que no se derrite. Y hay pizzas que, contra todo pronóstico, salen del horno con el borde dorado, la mozzarella burbujeante y ese aroma que te devuelve la fe en la humanidad. La Italia de Mancini, que el viernes pasado ante Bélgica parecía un amasijo incomestible, se sirvió este lunes en Bursa una pizza napolitana de manual. Cuatro goles, una receta ejecutada con precisión de pizzaiolo y la primera victoria de la segunda era Mancini. La resurrección tiene sabor a San Marzano.
Toda buena pizza empieza por la base. Y la base de este triunfo se coció en el minuto nueve, cuando Alessandro Bastoni cazó un rechace defectuoso dentro del área y estampó el 0-1 con la frialdad de quien espolvorea harina sobre la superficie de trabajo. No fue un gol bonito, pero sí el cimiento sobre el que se levantaría todo lo demás. Bastoni, que había estado ausente en la debacle ante Bélgica, regresó como el hombre que pone orden en la cocina: posicionamiento impecable, salida de balón limpia y un remate que Bayindir no pudo digerir. La masa estaba lista.
Cinco minutos de fútbol total, once pases consecutivos, un lateral que se convierte en goleador y un rechace que cae en el lugar exacto. Así se cocinó el 0-2. Kayode remató, Bayindir dejó el balón muerto y Davide Frattesi, el hombre del momento en la Serie A con tres goles en cinco partidos para la Lazio, empujó la pelota a la red como quien extiende la salsa sobre la base con movimientos circulares y precisos. Frattesi no es un goleador estético, pero tiene el instinto del cocinero que sabe cuándo el tomate ha alcanzado el punto exacto de acidez. Su tanto fue la salsa que unificó todos los sabores del partido.
Si hay un ingrediente que corona una napolitana, ese es la mozzarella. Y Michael Kayode, en su debut como titular con la Azzurra, fue la mozzarella que se derritió sobre el área turca. Primero dio la asistencia del gol de Frattesi con un disparo que Bayindir no pudo atrapar. Cinco minutos después culminó una jugada de toque y toque que dejó a la defensa otomana mirando el balón como quien observa cómo el queso se funde sin poder evitarlo. El lateral de la Fiorentina, convocado de urgencia por la lesión de Dimarco, se convirtió en el MVP del partido: energía incansable, desborde constante y una definición al primer palo que selló el 0-3 antes del descanso. Turquía, mientras tanto, acumulaba silbidos en las gradas.
Y luego está la albahaca, ese ingrediente que se añade al final, que no se cocina, que solo corona. Esta noche, Francesco Pio Esposito fue esa hoja verde que dio el aroma definitivo a la noche. Tras el gol de Yilmaz que recortó distancias al inicio de la segunda parte, Turquía soñó con una remontada imposible. Pero Tonali estrelló un disparo en el palo y Pio Esposito, con la avidez del delantero que huele la sangre, se lanzó en palomita para firmar el 1-4 definitivo. Fue su noche, pero también fue la noche de los hermanos Esposito: Pio y Sebastiano compartieron once titular con Italia, algo que ningún par de hermanos lograba desde 1915, cuando Aldo y Luigi Cevenini lo hicieron ante Suiza. La albahaca tiene nombre italiano, y en Bursa se llamó Esposito.
Mancini había hecho ocho cambios respecto al once que cayó ante Bélgica. Dio entrada a Kayode, Ruggeri, Scalvini, Fagioli, Raspadori, Sebastiano Esposito. Y la pizza salió perfecta. «Estoy satisfecho, seguimos un planteamiento muy bueno sobre un terreno de juego difícil y embarrado», dijo el técnico tras el partido. El césped del Atatürk, castigado por la lluvia, no era el escenario ideal para un equipo que busca tocar y tocar. Pero Italia se adaptó, presionó arriba, movió el balón con velocidad y firmó 20 intercepciones y ocho remates a puerta. La pizza se cocinó a fuego lento y salió con el borde crujiente.
El viernes, ante Bélgica en Roma, Italia había sido esa pizza cruda que nadie quiere comerse. Los silbidos del Olímpico fueron la reseña más cruel. Tres días después, en Bursa, la Azzurra se sirvió a sí misma una resurrección a la napolitana. En lo que se avecinan comensales de paladar más refinado, Italia ha vuelto a encender el horno. Y el aroma, por fin, es el de una victoria que sabe a renacimiento.
