Harry Kane superó en las votaciones a Kylian Mbappé y a Lamine Yamal para quedarse con el balón de oro 2026 Autor: Diario As Publicado: 27/10/2026 | 12:43 pm
La primera vez que Harry Kane levantó un trofeo como profesional, el mundo del fútbol contuvo la respiración como quien presencia un eclipse. No fue una Champions League, ni una Premier League, ni siquiera una Eurocopa. Fue una Bundesliga, conquistada en mayo de 2025, a los 31 años, después de una década en la que su currículum individual brillaba con la intensidad de un sol y su vitrina de trofeos permanecía tan vacía como un estadio en cuarentena. Aquel día, Kane sonrió con la timidez del que aún no se cree protagonista de su propia historia. Un año y medio después, este lunes, en el London Palladium, ese mismo hombre de 33 años levantó el Balón de Oro 2026 y el mundo, esta vez, no contuvo la respiración: estalló en un aplauso unánime.
Porque el camino de Kane hasta la cima del fútbol mundial no ha sido una autopista. Ha sido una carretera secundaria llena de baches, de desvíos, de señales que decían “no hay salida” y de gente que, desde la cuneta, le gritaba que se rindiera. Los aficionados rivales, durante años, encontraron en su ausencia de títulos un filón para la burla. Le recordaban que el único trofeo de su carrera era un torneo de verano en Estados Unidos, la Audi Cup, un premio de consolación que sonaba a chiste. Y él, mientras tanto, seguía marcando goles con la puntualidad de un relojero: 280 con la camiseta del Tottenham, el máximo goleador histórico del club, y 213 en la Premier League, el segundo de todos los tiempos tras Alan Shearer. Pero los goles, por sí solos, no llenaban vitrinas.
En el Tottenham, Kane fue el capitán de un barco que navegaba con velas de seda pero casco de papel. Disputó la final de la Champions League de 2019 contra el Liverpool y la perdió. Jugó la final de la Carabao Cup de 2021 contra el Manchester City y también cayó. Fue subcampeón de la Premier League en 2017, una temporada en la que el Chelsea de Conte fue una apisonadora imparable. Cada verano, los grandes de Europa llamaban a su puerta. El Manchester City insistió en 2021, el Real Madrid lo tanteó en varias ventanas de fichajes, el PSG llegó con una oferta “irresistible” en 2023. Pero Kane, fiel a un club que le había formado desde los 11 años, se quedó. Una y otra vez. Hasta que en 2023, con 30 años y la sensación de que el tren de los títulos se alejaba para siempre, tomó la decisión más difícil de su vida: dejar Londres y fichar por el Bayern Múnich por más de 100 millones de euros.
Su llegada a Baviera no fue el cuento de hadas que imaginaba. En su primera temporada, la 2023-24, Kane firmó números de otro planeta: 44 goles en 45 partidos, 36 en la Bundesliga, y se convirtió en el máximo goleador de la Champions League. Pero el Bayern, lastrado por una crisis de lesiones y un equipo que no acompañaba, terminó la temporada sin ganar ningún título por primera vez en doce años. La prensa alemana, implacable, lo señaló. Lothar Matthäus, leyenda del club, había cuestionado su fichaje antes incluso de que se pusiera la camiseta: “Demasiado viejo y demasiado caro”.
Y cuando en enero de 2025 Kane acumuló más de 500 minutos sin marcar, las críticas se convirtieron en un coro ensordecedor. El delantero más letal de su generación parecía condenado a ser el eterno segundón, el hombre que marcaba goles pero no ganaba nada.
Pero los huracanes no se forman en un día. Kane aguantó el vendaval, se reconstruyó en silencio y, cuando la temporada 2024-25 llegó a su recta final, el Bayern volvió a ser el Bayern. La Bundesliga regresó a Múnich y, con ella, el primer trofeo de la carrera de Kane. La maldición se rompió. Y entonces, con la presión liberada y la confianza restaurada, llegó la temporada que lo cambiaría todo: la 2025-26.
Los números de ese curso son un jeroglífico para la lógica. 73 goles en 65 partidos entre club y selección. 36 tantos en 31 partidos de Bundesliga, una cifra que solo Messi ha superado en una sola temporada en este siglo. 14 goles en 13 partidos de Champions League, con el Bayern llegando a semifinales. Un hat-trick en la final de la DFB-Pokal para sellar el triplete nacional: Bundesliga, Copa y Supercopa. Y, por si fuera poco, un Mundial 2026 en el que lideró a Inglaterra hasta el tercer puesto, marcando seis goles, incluido un doblete agónico ante la República Democrática del Congo en octavos y un tanto crucial ante México en cuartos. Kane no ganó la Champions League. No ganó el Mundial. Pero su trabajo, su consistencia, su capacidad para ser el faro de un equipo y de una selección, alcanzaron una altura que ni Lamine Yamal (campeón del mundo con España pero apagado individualmente en el torneo) ni Kylian Mbappé (máximo goleador de LaLiga y la Champions pero sin títulos colectivos) pudieron igualar. La votación fue la más ajustada de la historia, decidida por un margen mínimo. Pero el ganador fue él.
En el escenario del London Palladium, Kane habló durante casi trece minutos, un discurso que los presentes describieron como el más emotivo de la noche. Recordó sus inicios, sus sueños de niño, y se detuvo, con la voz quebrada, en un nombre: Mauricio Pochettino. El entrenador argentino que lo dirigió en el Tottenham, que confió en él cuando era un delantero prometedor pero irregular, y que le enseñó a ser el ‘9’ completo que hoy domina el fútbol europeo. No mencionó a Matthäus, ni a los que lo llamaron “demasiado viejo”, ni a los que durante años se rieron de su vitrina vacía. No hacía falta. El trofeo en sus manos era la respuesta más elocuente.
Harry Kane no es un genio incomprendido como Maradona, ni un prodigio precoz como Pelé, ni un extraterrestre como Messi. Es un hombre que se hizo a sí mismo a base de trabajo, de paciencia y de una obstinación casi irracional por seguir creyendo cuando todo el mundo le decía que ya era tarde. Su Balón de Oro no premia una temporada de fantasía, sino una carrera de resistencia. Premia al delantero que se quedó cuando podía marcharse, que falló penaltis en las noches más importantes, que vio cómo su primer año en el Bayern terminaba en blanco, y que aun así siguió corriendo, siguió marcando, siguió esperando su momento. Un huracán de oro no nace de la calma. Nace del caos, de la fricción, de años de viento en contra. Y cuando finalmente toca tierra, no deja nada indemne.
