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La última escaramuza del matagigantes

Villa Park no es un estadio: es un matadero de gigantes disfrazado de fortín victoriano
 
 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 
 
 
Durante años, los grandes del fútbol inglés han llegado a la casa de los villanos con la arrogancia del que visita una plaza menor y se han marchado con el rabo entre las piernas, la moral por los suelos y la sensación de haber sido víctimas de un atraco a mano armada. El Manchester City de Enzo Maresca fue el último en caer. El invicto de siete victorias consecutivas, ese pleno de 21 puntos que parecía una condena para el resto de la Premier League, se estrelló este sábado contra el muro de Unai Emery. 2-1. Nico Jackson, con un doblete, firmó la enésima escaramuza de un equipo que ha hecho de la caza mayor su especialidad.
 
El partido empezó con un regalo envenenado. Marc Guéhi, el central que el City había fichado para blindar su defensa, cometió un error de juveniles: un control defectuoso en una zona prohibida que John McGinn, el pulmón escocés del Villa, convirtió en una asistencia perfecta para Nico Jackson. El senegalés, que ya había dejado muestras de su olfato en las semanas anteriores, recortó dentro del área con la calma de un veterano y fusiló a Donnarumma por el palo corto. Apenas corrían seis minutos y el City, que había llegado a Birmingham con la etiqueta de invencible, ya sangraba por una herida que él mismo se había infligido.
 
La reacción del City fue un asedio de manual. Iliman Ndiaye, el extremo más incisivo de los citizens, se topó con el palo y con un obstáculo inesperado: Zion Suzuki. El portero japonés, fichado en verano para competir con Emiliano Martínez, firmó una primera parte de esas que convierten a un futbolista anónimo en héroe. Paró un disparo de Cherki, otro de Gvardiol, y vio cómo la madera le salvaba en un par de ocasiones más. El City acumuló un 63% de posesión y quince disparos, pero se fue al descanso con el marcador en contra y la sensación de estar golpeando una puerta que no cedía.
 
La segunda parte pareció abrir una ventana a la remontada. En el minuto 51, Ndiaye llegó a línea de fondo y puso un centro medido al segundo palo. Allí apareció Erling Haaland, el depredador noruego, para imponerse en el salto a Lindelöf y cabecear a la red. Era su decimotercer gol de la temporada, una cifra que en cualquier otro contexto sería motivo de celebración. Durante ocho minutos, el City olió la remontada. Gvardiol estuvo a punto de culminarla con un zapatazo que Suzuki volvió a repeler con una parada milagrosa, y el larguero terminó de escupir el balón. Pero el Villa, ese matagigantes que nunca muere del todo, tenía un último golpe guardado en la manga.
 
Emery movió el banquillo con la frialdad del cirujano. Introdujo a Ibrahim Mbaye en el minuto 60, y el extremo, en su primera acción, desbordó por la derecha y devolvió una pared a Nico Jackson. El senegalés, que había recibido de espaldas a la portería en el centro del campo, giró sobre sí mismo y lanzó la carrera de su compatriota. Mbaye llegó al área, se la devolvió y Jackson, llegando como un gamo, batió a Donnarumma por debajo de las piernas. El portero italiano, que había tenido una noche discreta, cometió un error costoso en el segundo gol, dejando que el remate se le colara con demasiada facilidad. 2-1. Villa Park estalló. El City, herido en el orgullo, lo intentó hasta el final, pero se topó con la misma muralla que le había cerrado el paso durante toda la tarde.
 
La estadística, leída en frío, es un jeroglífico cruel para los de Maresca: 63% de posesión, 53 intervenciones dentro del área rival, siete remates a puerta y un xG de 1.96. Y perdieron. “No merecíamos perder”, dijo Maresca después, aferrado a la lógica de los números. Pero el fútbol no entiende de merecimientos, y menos en Villa Park. Allí, el City acumula cinco visitas consecutivas sin ganar, una maldición que se remonta a 2021 y que coincide casi por completo con la llegada de Emery al banquillo del Villa. El técnico vasco, que ya había derrotado al City de Guardiola en temporadas anteriores, sumó su cuarta victoria consecutiva en casa frente a los cityzens.
 
Pero la historia va más allá de este sábado. El Aston Villa de Emery se ha convertido en el matagigantes por excelencia de la Premier League. En las últimas temporadas, los villanos han derrotado a todos los equipos del Big Six: al Tottenham, al Manchester United, al Arsenal, al Chelsea, al Liverpool y, por supuesto, al Manchester City. Son el primer equipo desde el Liverpool de 2016 en ganar tres partidos consecutivos de liga contra el City, y acumulan cuatro encuentros consecutivos en casa contra el líder de la Premier League sin conocer la derrota. Villa Park se ha convertido en un campo maldito para los grandes, un lugar donde las posesiones estériles, los xG inflados y las estrellas millonarias se estrellan contra la realidad de un equipo construido a base de intensidad, orden y una fe inquebrantable en el plan de su entrenador.
 
El Manchester City perdió su invicto, sí. Pero también perdió algo más valioso: la ilusión de que esta temporada podía ser un paseo triunfal. El Arsenal, que venció al Everton, igualó a puntos a los citizens en la cima de la tabla, y la Premier League vuelve a abrirse como un abanico de posibilidades. 
 
Para el Villa, en cambio, la victoria es un salvavidas en una temporada irregular: solo había sumado ocho puntos en las siete jornadas anteriores, con tres derrotas y un empate en las cuatro primeras. Pero en Europa, los villanos son un pleno de victorias, y en Villa Park, los gigantes siguen cayendo uno tras otro.
 
La última escaramuza del matagigantes terminó con Nico Jackson señalando al cielo, con Suzuki levantando los puños y con Emery sonriendo con la serenidad del cazador que sabe que su presa favorita volverá la próxima temporada. El Manchester City se marchó de Birmingham con la certeza de que Villa Park no es un estadio cualquiera: es un cementerio de ilusiones, un matadero de invictos, el escenario donde los gigantes descubren que, después de todo, también tienen pies de barro.

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