A veces no elegimos a quien más nos quiere, sino a quien más se parece a lo que conocemos, incluso si está mal. La coherencia entre valores y conducta consciente es lo que puede ayudar a formar lazos sanos
Cambie sus pensamientos y cambiará su destino.
Joseph Murphy
Un joven de Manzanillo escribe a nuestra sección en busca de consejos para romper su «maldición». Según narra, las chicas que «encuentra» parecen de buen carácter, pero luego sacan su peor versión y él termina decepcionado con esas muestras de celos e inseguridad, agravadas (al menos lo entiende) por su propia respuesta de evasivas y distancia emocional.
Similar historia cuenta una adolescente del Cotorro: haga lo que haga, termina siempre en el mismo tipo de noviazgo violento, y aunque sufre cada ruptura por semanas, luego se deja atrapar en el caos del próximo pretendiente dominador.
Este tipo de comportamiento amoroso compulsivo se estudia hace milenios desde aristas muy variadas: inspiración para el arte y la moda, estudios médicos y sicológicos, estrategias de mercado, consideraciones religiosas y legales… Todas coinciden en un dato relevante: los seres humanos repetimos patrones de personas y grupos de nuestro entorno (real o ficcionado), que funcionan como estrategia de adaptación y sobrevivencia en un orden social preestablecido.
Rara vez reflexionamos sobre el origen de esas rutinas o respuestas automáticas a los estímulos cotidianos. Incluso, si nos provocan malestar, creemos que son inevitables: simple mala suerte o parte de una realidad insuperable.
La ciencia dice lo contrario. Desde el sicoanálisis de Sigmund Freud hasta la terapia cognitiva conductual, la hipnosis, la neurología y otras escuelas muy actuales, el concepto es que los patrones son involuntarios, pero pueden cambiarse, luego de un proceso consciente de autobservación para encontrar los códigos implícitos tras cada conducta.
Milenios antes, no pocas filosofías defendieron también esa capacidad de ejercer nuestro libre albedrío: cuando cambias la mirada, cambias la intención, y transformando tus actos reavivas potencialidades desde lo más profundo de tu ser.
Las personas maduran en ese camino de entender cómo, por qué, cuándo y de quiénes aprendimos a comportarnos, también en el amor. Hacer las paces con tu historia (la más reciente y la ancestral), es un paso básico para reprogramar esquemas limitantes. Eso sí: necesita disciplina, amor propio y conocimientos nuevos.
Mientras más joven comienzas el hábito de reflexionar sobre lo ocurrido en el día a día, en especial tu respuesta emocional y práctica a cada desafío, más posibilidades tendrás de trabajar sobre tus reacciones y avanzar hacia tus metas.
Suena dificil o aburrido, pero no lo es: un diario personal, un frasco de gratitud, una pequeña reflexión en tus redes, una llamada a tu confidente, un rato de meditación, sacar fotos de la naturaleza o la gente que te resulte único… muchos mecanismos ayudan a salir de la vorágine y pasar al modo observante para entrenar la intuición, desinstalar condicionamientos y limpiar el inconsciente de miedos y perezas.
Muchas elecciones amorosas no se hacen con la parte racional de nuestra mente, sino con el inconsciente, en el que hay muchos elementos contradictorios: gustos, necesidades, valores, traumas y hasta secretos transgeneracionales.
Según una máxima de la sicología freudiana, lo conocido se siente más familiar que lo sano, y cuando los patrones de relación amorosa con los que creciste en tu familia son desiguales, violentos o muy calculadores, es muy posible que en la adolescencia aceptes ese tipo de tratos de quien te atrae o te dice amar.
Por el contrario, si creces con referentes saludables y respetuosos, en un hogar donde la comunicación y el afecto se expresan sin reservas, hay mayores posibilidades de elegir parejas funcionales, y aún si terminan, lo harán en mejores términos.
Esa construcción de nuestra identidad empieza en la niñez, con todo lo que vemos y escuchamos en casa, y luego se profundiza en la adolescencia y juventud, a partir del contraste con valores y acciones ajenos (gente real o virtual, da lo mismo).
Pero, ese proceso no termina nunca: a cualquier edad es posible cuestionar nuestros paradigmas y educar nuestras reacciones conscientes.
Claro que, para lograrlo, necesitas superar un poderoso bloqueo emocional: la llamada fidelidad familiar, que puede hacer de tu vida un desastre, si no te haces consciente de su alcance, como explica el Doctor Enric Corbera, figura clave de las técnicas de Biodescodificación.
Ante nuestros mayores, «preferimos ponernos enfermos, antes que ser coherentes con nuestros pensamientos y sentimientos», alerta en el libro El observador en BioNeuroEmoción, que podemos compartir, de manera digital, con quienes nos escriban al correo de la sección o al 52164148.
En el texto, el reconocido experto invita al diálogo interior sistemático y seguir nuestra intuición, porque solo la paz interna lleva a la sanación de síntomas y a establecer lazos seguros, maduros y enriquecedores con otras personas.
Si la arrancada de tu vida amorosa no fue buena, el trabajo interior es más arduo, pero no imposible, en tanto hagas bien tu tarea consciente e identifiques las señales de alarma antes de involucrarte demasiado.
Según demuestran decenios de investigación experimental, el siquismo intenta repetir escenas antiguas con la esperanza inconsciente de resolverlas. O, como Freud advertía: a veces no elegimos a quien más nos quiere, sino a quien más se parece a lo que conocemos, incluso si está mal.
La cultura popular lo valida con aquello de que «más vale malo conocido que bueno por conocer». Entender por qué tu inconsciente elige tan mal no borra lo que ya viviste, pero puede ayudarte a ir más despacio y aplicar filtros más inteligentes en el futuro.