Era septiembre de 1977. En Little Rock, Arkansas, sur profundo de Estados Unidos, nueve estudiantes de High School desafiaban la segregación racial establecida en el sistema de enseñanza. Respaldados por Faubus, gobernador del estado que aspiraba a la reelección, los supremacistas blancos se manifestaron con violencia extrema. Contaban con el apoyo activo de la fuerza pública. El nombre de una ciudad desconocida traspasó las fronteras de Estados Unidos. Aparentemente derrotado con la caída del nazismo, el racismo mostraba su rostro más feo en el seno de un país que pretendía afincarse en la defensa de los principios democráticos.
Justo ahora, cuando prácticamente todo el flujo informativo mundial alude a la pandemia, se deslizó un trabajo periodístico sobre el aplazamiento de la presentación de una «novela» en Miami, si como tal puede tomarse el engendro literario destinado a «reciclar» la imagen de Fulgencio Batista, cuyos años influyendo en la política del país o ejerciendo el poder dictatorial constituyeron, al decir del periodista Mario Kuchilán, los más ignominiosos de la república mediatizada.
La modorra habitual del mediodía se rompió este domingo cuando un carro del Ministerio de Salud Pública paró junto al parque infantil en la intersección de las calles Coyula y Ñico López, en Regla.
Cuando todavía la COVID-19 acapara titulares en los medios y las noticias relacionadas con una de las peores crisis sanitarias de la humanidad inundan las redes sociales, el mundo comienza a preguntarse qué vendrá luego.
Desde que nuestra llama independentista se inflamó por primera vez en Yara el 10 de Octubre de 1868, hasta la consumación definitiva de la victoria el Primero de Enero de 1959, el proyecto revolucionario cubano ha contado siempre con consignas capaces de enardecer a las masas y legarles el fervor que todo proceso análogo suele llevar aparejado.
Desde tiempos inmemoriales, una vez concluida la faena, los trabajadores se reunían a contar historias. Así se elaboraron leyendas de brujas y de hadas, transmitidas a través de generaciones. Los clásicos de mi infancia no se escribieron para niños. Procedían de esa fuente popular. En el siglo XVII, Charles Perrault fue uno de los participantes en la polémica entre los antiguos y los modernos. Los primeros, con la mirada vuelta hacia atrás, reivindicaban la existencia de modelos literarios definitivamente cristalizados en una lejana edad de oro. Los modernos, en cambio, sostenían, con la atención centrada en el presente y en el porvenir, la necesidad de una renovación permanente. El imaginario rescatado del ayer se convertía en metáfora para el ejercicio de la crítica ante los problemas de la contemporaneidad. El simpático gato con botas mostraba el triunfo del arribismo. En sucesión de episodios, la astucia protagonizaba la carrera hacia el éxito. Para decirlo en términos actuales, era un modo eficaz de hacer lobby.
Con la pandemia del coronavirus, la Televisión cubana ha salido de ese closet cauteloso, que habitualmente no nos permite secuenciar hasta qué punto las ilegalidades y el delito económico están perturbando y desafiando el socialismo que ansiamos perfeccionar y fortalecer. Los reportes sobre operativos policiales de cada noche, microémulos del programa Tras la huella, nos han descubierto más de una cueva de Alibabá.
Era la 1:05 p.m. Mi abuela, inclinada hacia delante en su sillón, se volteó hacia mí y me dijo algo insospechado: «Alejandro, creo que me estoy enamorando del doctor Durán». Yo contesté con un ¿Quién?, más que de sorpresa, para verificar si mi sentido auditivo, aún medio desafilado, había decodificado correctamente aquel nombre.
Resulta, afirman en las redes muchos buenos y preocupados ciudadanos de Estados Unidos, que los cientos de miles de personas que en los últimos días salieron a protestar en las calles de las principales ciudades del Imperio son vándalos, delincuentes, saqueadores… ¡comunistas!
La primera y única vez que estuve muy cerca de Raúl Castro Ruz era casi mi bautismo de fuego como periodista. Cubría la inauguración del Centro para el Desarrollo Integral de la Montaña, en El Salvador guantanamero, durante el no menos «pandémico» período especial, y este lanzaba dardos durísimos contra la burocracia sobre un promontorio.