En las últimas semanas, en Cuba se han reportado varios brotes de hepatitis A, una enfermedad viral que afecta el hígado y se transmite, principalmente, a través del consumo de alimentos o agua contaminados con materia fecal. No es una preocupación que solamente aqueja a nuestro país, pues es común en esta época del año, en determinadas circunstancias, por lo que las autoridades sanitarias despliegan su labor con mayor intensidad; advierten y sugieren acciones de prevención en todos los entornos.
¿Qué podemos hacer en nuestros hogares? Entendamos, ante todo, que la hepatitis A es altamente contagiosa y puede afectar a personas de todas las edades, aunque suele tener un curso más leve en los niños pequeños. Sin embargo, en adultos puede presentar síntomas más severos, como ictericia, fiebre, malestar general, náuseas y dolor abdominal.
Lo más importante es que, a diferencia de otras hepatitis —existen no virales y virales como la A, la B, la C, la D y la E—, la hepatitis A no se vuelve crónica, pero la rápida transmisión en entornos cercanos puede generar brotes que saturan los servicios médicos.
El brote actual se ha relacionado con deficiencias en la potabilización y distribución de agua, así como con prácticas inadecuadas en la manipulación de alimentos. Por ello, el foco principal para contener esta situación está en la prevención desde el entorno intrafamiliar.
Lavarse las manos con agua y jabón, de manera frecuente, es una esencial medida higiénica que, como sabemos, previene múltiples enfermedades. De manera particular, en estos casos, debemos hacerlo después de usar el baño, cambiar pañales y antes de preparar o consumir alimentos. Es importante enseñar a todos los miembros de la familia, incluidos los niños, la correcta técnica del lavado, que debe durar al menos 20 segundos.
Se recomienda, además, hervir el agua, durante al menos un minuto, antes de beberla, o utilizar filtros certificados para eliminar contaminantes. Y en el caso de la elaboración de los alimentos que ingerimos, resulta vital cocinarlos bien e higienizarlos antes, especialmente aquellos que se consumen crudos o poco cocidos, como frutas y vegetales, que deben lavarse con agua potable y desinfectarse cuando sea posible.
Aun cuando estemos en casa y con nuestra familia, en este contexto no debemos compartir utensilios, vasos, platos o cepillos de dientes, porque el virus puede estar presente en la saliva y otros fluidos corporales. Y claro está, hay que extremar las medidas sanitarias al máximo, manteniendo limpias las superficies donde preparamos los alimentos, así como baños y áreas comunes.
Obviamente, si alguien cercano a nuestro hogar o alguien que en él resida ya está infectado, hay que reducir lo más posible el contacto porque la variante A es muy contagiosa.
Realmente, además de las acciones en el hogar, se impone que cada ciudadano mantenga una actitud responsable y se comunique, de manera directa, con los profesionales de la Salud y las autoridades locales. También debemos —y tenemos— que reportar casos sospechosos, cumplir con las indicaciones médicas y participar en campañas de educación sanitaria para contribuir a controlar el brote.
Este brote demuestra una vez más que la salud pública depende no solo de las políticas y la infraestructura, sino igualmente del compromiso diario de cada familia. Con hábitos sencillos y constantes se puede frenar la expansión de la enfermedad y proteger a los seres queridos, en especial a los más vulnerables.
La vigilancia y prevención en el entorno intrafamiliar son la primera línea de defensa frente a esta amenaza. Mantenernos informados y actuar con cautela nos permitirá superar esta emergencia con solidaridad y responsabilidad. Cuba tiene la experiencia y la fuerza colectiva para enfrentar desafíos sanitarios, y ahora es momento de demostrarlo también en el día a día dentro de cada hogar.