La identidad cultural caribeña trasciende fronteras Autor: Raciel Guanche Ledesma Publicado: 14/09/2026 | 06:37 pm
Beijing, China.- Dudé en encontrar «pasos finos» y certeros cuando me invitaron en esta ciudad a un concierto de música cubana. Todavía con el «jet lag» a cuestas, y apenas aprendiendo a cruzar las maratónicas avenidas de Pekín, me dijeron: «Ven para que veas lo que son unos chinos bailando salsa». Y para allá fui, con la única esperanza de respirar a Cuba desde su patrimonio musical.
Cuando se está lejos de la tierra donde están sembradas las raíces, uno añora lo que evoque, huela y transporte en el alma al punto más ínfimo de tu geografía. Por eso llegar a Beijing, una ciudad donde todo se calcula a la redonda por millones, y toparse con clásicos de nuestro repertorio puede ser, sencillamente, una suerte de bendición.
Que la música cubana es mundialmente conocida lo sabemos de sobra, pero que se muevan aquí con soltura criolla «son otros cinco pesos». ¿Verdad? Además, la fama de «buen bailador» no acompaña a los de esta tierra; o al menos eso creía hasta que asistí a un homenaje por los 30 años del Buena Vista Social Club, que le realizaran en esta ciudad.
Uno pensaría que lo que más encontrará en estos espacios son, quizás, a latinos afines y, por supuesto, a cubanos. Sin embargo, al llegar a la sala de concierto, para cualquier esquina que miraras, solo veías a chinos deseosos de que el convite iniciara y retumbara la magia contagiosa de Chan Chan, El cuarto de Tula o Lágrimas negras.
Apenas sonó el primer acorde, se pararon en manada de los asientos -como un resorte- y tomaron los pasillos y hasta el escenario por asalto. Todo lo coparon para soltar la energía con la esencia sonera. Aquellos chinos, tan devotos al baile, no se sentaron más.
Allí estaban jóvenes y otros no tanto con un sello en común: el de moverse al ritmo acelerado que motiva Cuba. Con elemental maestría no faltaron las ruedas de casino, la rumba, y hasta los furiosos movimientos de hombros y cintura que también son patrimonio del ADN caribeño.
Para bailar así, desde la pasión que vi en estos hermanos, hay que gustarle, no cabe duda. Cada domingo, me contaron, se reúnen para practicar los pasos soneros y compartir un rato. Así lo realizan desde hace varios años. Por eso, tal vez, casi todos llevan la Isla hasta tatuada en el alma, e incluso silueteada en pulóver y gorras. Muchos han visitado la Mayor de las Antillas y han sudado en nuestros festivales de salsa. Nada los define más que la pasión por la música; por nuestra cultura. Se nota por encima de la ropa y de las distancias geográficas.
Yo, que soy de esos cubanos atípicos, sin gracia alguna para «tirar un pasillo» en medio de la ebullición sonera, estaba feliz de apreciar los detalles que hermanan. A fin de cuentas, me sentí como en Cuba, pero, a la vez, algo raro; porque los chinos me estaban sentando cátedra: ellos con su buen movimiento sobre el escenario y yo mirando, de primera mano, como si es verdad que vinieron a bailar afinados en la mismísima casa del trompo.
