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La calle del decoro

Calle 232 es una lección de ética y resiliencia para todo aquel que quiera escuchar por más que nuestros tiempos tiendan a propiciar el egoísmo y la sordera. La cinta de Rudy Mora —que se estrenó el viernes último en la gran pantalla— sigue a Atila, un director de cine anciano abandonado tras un accidente cerebrovascular, y a Abel, el joven que lo cuida, en una historia sobre la vejez desprotegida y el valor de hacer el bien

Autor:

Joel del Río

Nunca se había visto tan vulnerable y delicado de salud a un personaje encarnado por Jorge Alí, el actor principal de Calle 232, filme escrito y dirigido por Rudy Mora, que por estos días se estrena en todo el país. Alí interpreta a un veterano director de cine llamado Atila que, por demás, sufre el abandono de sus colegas y amigos, después de un accidente cerebrovascular, lo que lo lleva a buscar ayuda en un joven encargado de cuidarlo.

De esta desafortunada situación surgirá una hermosa amistad que, en definitiva, transformará por completo la vida del joven y de sus allegados, porque todo se transfigura siempre en cada decisión que tomamos de hacer el bien para otros o de correr desaforados únicamente detrás del personal beneficio. Esta zona de la anécdota pesa lo suficiente para que muchos colegas periodistas insistieran, con razón, en el costado sociológico de esta película, y repitieran, una y otra vez, que se trata de un homenaje a los cuidadores y de un filme que aborda la temática de la ancianidad desprotegida.

Todo ello es cierto, pero el realizador y guionista ha conseguido acercarse, dramáticamente, a través de una narrativa que acierta a dosificar un crescendo de momentos emotivos, sin obviedades ni hipercriticismos, a la fibra de lo social, y eludir las evidencias y los rígidos parámetros conceptuales que suelen arruinar buena parte de los mensajes utilitarios.

A pesar de la tragedia personal que padece el anciano, el verdadero personaje central de esta película, casi todo el tiempo en cámara, no es otro que Abel (Luis Ángel Batista), el joven artesano que se alquila en la casa de Atila, porque intuye, siente, necesita y considera (aunque no sea capaz de explicárselo con palabras a su pareja) que está moralmente obligado a cuidar al anciano abandonado y casi agonizante.

La película respira el aire de Abel, mira con sus ojos y se coloca en el centro de su dilema: dejar solo o bajo los designios de su hermana al anciano, buscar otro alquiler con su novia y permanecer estable junto a ella; o quedarse al cuido del hombre que lo acogió, le permitió estar allí meses sin cobrarle renta y le dio de comer.

En torno a Atila y Abel se mueve un grupo de personajes antagónicos, o casi antagónicos, que se oponen o no comprenden el valor de hacer el bien, y deciden hacer lo contrario o nada, que no es lo mismo, pero es igual. En este grupo, demasiado grande como para desoír la voluntad de denuncia de estos tiempos egoístas y mezquinos, está Ivette, hermana de Atila, interpretada con su habitual dominio por Isabel Santos; el hijo de Atila, Antón (Reytel Oro), quien no regresa de Dinamarca a socorrer a su padre porque su vida en el extranjero es muy complicada; o en la actriz que se jacta de la amistad con el director y lo abandona en la desgracia, defendida por Laura Mora con una mezcla de pamplina e hipocresía muy bien combinadas.

Decidí comenzar este comentario hablando de los intérpretes porque en ellos descansa por lo menos la mitad de la eficacia de la película. La otra mitad depende de que el espectador cubano, agobiado por una difícil cotidianidad, sea capaz de apreciar esta historia dura, dramática, conmovedora, deudora del mejor melodrama filial a la cubana en la línea de Reina y Rey, Barrio Cuba, o La pared de las palabras, y cine de autor en tanto se inspira en experiencias que forman parte de la biografía del cineasta, y asume su amplia experiencia en el dramatizado televisivo.

En cuanto a la puesta en escena, me impresionó la habilidad para mover la cámara siempre con un propósito dramático discernible, y con una fluidez encomiable, entre espacios reducidos; volví a comprobar la preminencia de los actores y actrices consagrados, y ciertas notas falsas a la hora de naturalizar ciertos textos por parte de los más jóvenes.

En Calle 232 se mueve un grupo de personajes antagónicos, o casi antagónicos, que se oponen o no comprenden el valor de hacer el bien, y deciden hacer lo contrario o nada, que no es lo mismo, pero es igual. En este grupo está Ivette, hermana de Atila, interpretada con su habitual dominio por Isabel Santos. Foto: Cortesía de Rudy Mora

Es cierto que Rudy Mora tal vez ha renunciado aquí, voluntariamente, al costado más experimental de su obra, y ya escucho a algunos puristas preguntándose adónde se fue el cineasta de vanguardia mientras realizaba esta película totalmente transparente, comprensible y directa. Los inconformes me recuerdan aquel puñado de cuestionadores cuando aseguraban categóricos que la televisión no era el lugar adecuado para las pruebas del realizador con la angulación, la composición o el montaje en Diana.

Independientemente de si alguien puede reclamar mayor brío en lo visual en esta o aquella zona de la narración, aunque algunas líneas de textos suenen inauténticas y ciertas situaciones dramáticas parezcan regularmente urdidas en términos de diálogos o de puesta en escena, resulta gratificante la sensibilidad y delicadeza de Rudy Mora a la hora de tocar algunos de los grandes temas que nos atañen ahora y siempre.

Porque el filme se sujeta a la certeza de que el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, y para qué voy a negarlo, por supuesto que la escena final aniquiló todas mis posibles reservas, porque se trata de poner en pantalla la distintiva y siempre anhelada redención, esa que provoca el aplauso emocionado o la lágrima sanadora.

Calle 232 es una lección de ética y resiliencia para todo aquel que quiera escuchar, por más que nuestros tiempos tiendan a propiciar el egoísmo y la sordera. No es la película hecha para mejorar a nadie. Después de verla, unos seguirán aplastando la tierna hierba a su paso en busca de placer y comodidad; y otros, quizá, se sientan preocupados por el planeta, el barrio y la especie a que pertenecen al menos por unos minutos, tal vez segundos, después de ver la historia de Atila y Abel.

Porque «se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil». Rudy Mora y Calle 232 ganados tienen ese privilegio.

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