Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El derecho que no caduca

Autor:

Alejandra Cuadras Marrero

Hay preguntas que, por el simple hecho de formularse, causan preocupación. ¿Deben las mujeres tener derecho al voto? Que en 2026 estemos escuchando esta interrogante en debates, viéndola en titulares y encontrándola en videos virales no es casualidad ni inocencia. Es un acto político deliberado y una maniobra que busca transformar lo que debería ser un derecho innegociable en una controversia legítima. 

La campaña, impulsada desde Estados Unidos por la activista conservadora Erika Kirk y la organización Turning Point USA, aboga por instaurar lo que llaman «un voto por familia». Basta con rascar un poco para descubrir que ese voto, en la práctica, quedaría en manos del esposo. No es una interpretación malintencionada, es lo que se desprende de sus propios materiales y declaraciones. La unidad familiar, según este esquema, tiene un solo portavoz autorizado. Y no es ella.

Aunque de momento no se ha traducido en una iniciativa legislativa formal, la propuesta ha conseguido instalarse en el debate público con una velocidad que tomó por sorpresa, incluso, a analistas experimentados. Para entender cómo ha sido posible, hay que mirar el terreno donde germina.

Turning Point USA lleva años construyendo una base de influencia entre votantes jóvenes conservadores. No son un grupo marginal ni un club de nostálgicos, son una maquinaria sofisticada que conoce los códigos de las redes sociales, domina el lenguaje
generacional y ha perfeccionado un discurso que mezcla crítica al feminismo contemporáneo, defensa de los roles tradicionales y un rechazo frontal a lo que denominan «los excesos de la modernidad».

Su propuesta se presenta como una solución. Hablan de reconstruir la familia nuclear, de devolver estabilidad al hogar, de poner fin a lo que describen como una fragmentación ideológica que debilita los cimientos de la sociedad. Según su razonamiento, permitir que cada cónyuge vote —según su conciencia— introduce división dentro del matrimonio. La respuesta que ofrecen es que la familia hable con una sola voz. Y esa voz, como se precisó anteriormente, no es la de ella.

Lo moderno es lo tradicional, repiten como un mantra. A los jóvenes desencantados con la política les ofrecen un relato que suena fresco, precisamente, porque recupera lo antiguo y lo disfraza de ruptura generacional. Es el viejo truco retórico de tomar derechos y presentarlos como el origen de la infelicidad contemporánea.

Durante décadas, los movimientos feministas y amplios sectores progresistas han señalado un problema real: la doble jornada, la carga mental de gestionarlo todo, el agotamiento que produce habitar un sistema diseñado sin corresponsabilidad. La nueva derecha, en su versión más sofisticada, toma esos significantes y los retuerce hasta volverlos irreconocibles.

Su mensaje implícito es más o menos así: «¿Estás cansada de tener que decidirlo todo? ¿Agotada por la presión de participar en un mundo político áspero y desgastante? Nosotros te ofrecemos un descanso. Deja que ellos se encarguen de eso». Lo que presentan como liberación es, en realidad, una invitación a la desaparición cívica. Convierten la fatiga que produce un sistema desigual en un argumento para que las mujeres abandonen voluntariamente el espacio público. 

Ideas que durante décadas pertenecieron al sótano más polvoriento de la historia reaparecen en el horario estelar de las redes, tratadas como si fueran opiniones respetables. No lo son. Cuestionar el derecho de las mujeres a existir políticamente no es un debate intelectual, es una agresión simbólica que prepara el terreno para agresiones mayores.

Casi un siglo después de haber alcanzado el reconocimiento formal de la igualdad política, el fantasma del patriarcado explícito vuelve a pasearse sin máscara, y lo hace en auditorios llenos, aplaudido, incluso, por jóvenes que quizás no saben, o no les contaron, lo que costó llegar hasta aquí. 

No es la historia en Cuba, por suerte, donde la mujer ha alcanzado un nivel de igualdad social bastante elevado; pero es el debate y las políticas descabezadas que intenta imponer la extrema derecha en países que se dicen paladines de la democracia.

Esa idea antigua hoy vuelve a estar en disputa porque hay quien ha decidido que merece la pena cuestionarla. Por eso, es importante recordar que hay cosas que no se negocian, que no se someten a sondeo. El derecho a tener voz propia es una de ellas. No se renuncia. No se regala. Y desde luego, no se entrega a cambio de una falsa promesa de tranquilidad.

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