Sin ningún anuncio a lo grande, más bien en una intervención directa, con tono conversacional, el Gobierno cubano, en la figura del Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, anunció las líneas generales de las nuevas medidas económicas para el país.
Bastaba mirar un poco las redes sociales y las plataformas informativas de distintos signos políticos, para darse cuenta de que la noticia ha llamado la atención; por el alcance que un grupo de los enunciados tiene sobre la institucionalidad del país.
No obstante, lo que ahora comienza es un camino delicado para su implementación; donde el mayor peligro para que se concreten estará en las inercias, el acomodamiento, la doble moral, la naturalización de los problemas, la falta de entusiasmo, de convocatoria y de diálogo con la población.
Precisamente, esa era una serie de males que el propio General de Ejército Raúl Castro Ruz denunció como el principal obstáculo que impedía el avance en los acuerdos de los últimos congresos del Partido para cumplir con la agenda de recuperación económica del país.
A la vuelta del tiempo algunos de esos males no han disminuido. Están ahí, bien articulados con la capacidad de sobrecogimiento y adaptación de la burocracia, y combinados con la falta de preparación en no pocas estructuras de dirección a distintos niveles.
Cuando se adoptaron las medidas para impulsar la agricultura después de la pandemia de la COVID–19, por ejemplo, esas dificultades se hicieron visibles a través de criterios y dilaciones absurdas, y nada indica que ellas han desaparecido.
¿Se dejarán, entonces, la aplicación de esas medidas a la buena voluntad y al control de visitas, o se retomará el espíritu del «Sí se puede» lanzado por Raúl en los momentos más difíciles del Período Especial de los años 90?
Si algo ha demostrado la vida desde hace tiempo es que determinados procesos de cambios no son tan espontáneos y que su cumplimiento convierte a sus dirigentes en personajes muy cercanos a los directores de orquesta, quienes deben lograr un delicado trabajo de equipo y la armonía de muchas «tonalidades» e «instrumentos».
Decimos esto porque no pocos de los enunciados apuntan a una transformación grande de la institucionalidad y el modo de organizar el país a nivel de base. Por lo que se dijo, ahora una mipyme de carácter local podrá establecer una asociación con un inversionista extranjero y a través de ese vínculo el municipio podrá capitalizarse con tecnología, capital, mercado y fuentes de empleos, entre otras ventajas.
Así pues, al menos en teoría, se le diría adiós a un proceso de aprobación que tomaba años y sufrimientos, cuando el visto bueno podía haberse dado en cuestión de días o semanas, para no decir en menos tiempo.
Sin embargo, la transformación que se propone en los municipios no puede mirarse solo desde la óptica de lo económico. Eso sería una miopía tecnocrática. Si ahora ese nivel institucional tendrá autonomía, incluso para exportar, ¿podrá, entonces, buscar asociaciones con cubanos residentes en el exterior y que bajo normas claras y de respeto participen con recursos y presencia para dinamizar actividades locales?
El cambio que se busca en el municipio es también una oportunidad para empoderar el verdadero Poder Popular, el de la circunscripción y sus electores, que es la ciudadanía de base.
Si a algo se les debería prestar una atención pormenorizada es a los pedidos de que este programa se cumpla y en buenos términos. Un deseo sería que el nuevo programa se ejecute de forma integral,
ordenado y con un precepto de prioridades bien secuenciado.
Y dentro de las prioridades se mencionarían dos: la producción de alimentos, dígase la agricultura y la necesidad de poner orden al tema de la bancarización.
El primero es una cuestión de orden mayor, cuya no solución ha vapuleado sobremanera la economía y la vida cotidiana de los cubanos. Desde hace mucho tiempo los expertos han demostrado que una verdadera recuperación del país pasa por un sólido sector agroalimentario. Lo demás es espejismo.
El otro problema, la bancarización con sus pasarelas de pago, es hoy un barco que hace agua y que pide a gritos una pronta solución. Ese conflicto ha enrarecido de una manera muy grande el día a día de la ciudadanía, y está mostrando una vulnerabilidad ante los planes de subversión del Gobierno de Estados Unidos.
El tema tiene mucha tela por dónde cortar. Pero no porque se deje de último es menos importante. Al peligro de las trabas internas, se une la amenaza de
Estados Unidos. Las intenciones manifiestas, aunque cínicamente tergiversadas, se palpan en una serie de disposiciones que apuntan a maniatar la independencia de Cuba.
¿Qué hará el Gobierno norteamericano ante estas medidas? ¿Se lanzarán a ahogar cualquier intento de inversión, aun cuando provengan de cubanos en el exterior; porque sencillamente las reglas se tienen que poner en Washington y no en La Habana? Los próximos días dirán.
Y aquí hay un punto de interés. Las medidas solo se han anunciado, y con ellas el dedo y las preguntas apuntan a quienes desean a América Latina en calidad de patio trasero. Para Cuba, en este caso, economía y política se entrecruzan en una variable de peso: la unidad ante la amenaza contra la soberanía nacional.