Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando la infancia se detiene

Autor:

Alejandra Cuadras Marrero

Allí, donde deberían escucharse risas y pasos ligeros, se escuchan voces cansadas de niños que trabajan, que venden en las calles, que cargan responsabilidades que no les corresponden. Cada 12 de junio, el Día Mundial contra el Trabajo Infantil nos recuerda que, detrás de cada cifra, hay una niñez interrumpida y un futuro en riesgo.

La fecha, impulsada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), busca visibilizar un fenómeno que afecta a 138 millones de menores en el mundo, de los cuales 54 millones lo hacen en condiciones peligrosas que comprometen su salud y su futuro.

Cuando el trabajo desplaza la escuela, limita el juego y el descanso, o expone a riesgos físicos y emocionales, estamos frente a una vulneración de derechos. Unicef lo ha dicho con claridad: cada hora que un niño dedica al trabajo es una hora arrebatada a su desarrollo integral.

Las causas son múltiples y estructurales. La pobreza, la desigualdad, la discriminación, la movilidad humana y la falta de acceso a servicios básicos empujan a las familias a tomar decisiones difíciles. La OIT advierte que el problema solo se resolverá con políticas que fortalezcan la protección social y garanticen oportunidades reales para las familias.

El fenómeno se agrava cuando se cruza con la violencia armada. Más de 400 millones de niños viven en zonas de conflicto, y allí la infancia paga las deudas de los adultos. Niñas y niños convertidos en cocineras o cargadoras, adolescentes usados como mensajeros o víctimas de servidumbre sexual. La guerra no solo mata cuerpos, también secuestra infancias y mutila almas.

En Cuba la discusión adquiere matices propios. El país ha defendido en foros internacionales la erradicación del trabajo infantil como una conquista social, y lo ha respaldado con un entramado jurídico que coloca a la niñez, la adolescencia y la juventud en el centro de la protección.

La Constitución de 2019 reconoció, de manera explícita, a los niños como sujetos plenos de derechos; mientras que el Código de las Familias amplió las garantías en torno a la crianza, la corresponsabilidad parental y la protección contra cualquier forma de violencia. A ello se suma la aprobación del Código de la Niñez, Adolescencias y Juventudes (2025) y el ya existente Código de Trabajo, instrumentos jurídicos que articulan un sistema integral de protección con subsistemas especializados en educación, salud, justicia penal adolescente, prevención temprana y cuidado alternativo.

Este cuerpo legal no solo establece principios, sino que obliga a las instituciones a crear protocolos de actuación frente a situaciones de vulnerabilidad,
reconociendo, además, la participación activa de los propios niños en la toma de decisiones que les afectan.

Pero la crisis económica y energética impuesta, desde hace más de seis décadas y recrudecida por Estados Unidos este año, intenta redefinir o aplastar esas conquistas. Los apagones prolongados afectan la asistencia regular a clases, los procesos de aprendizaje se interrumpen y la vida social de los adolescentes se resiente.

En paralelo, aparecen escenas que no eran habituales en nuestra sociedad. Más allá de las leyes y las realidades, lo que preocupa es el impacto silencioso que estas medidas imperiales tienen en la formación de una generación. Cada niño que no va al aula no solo pierde conocimientos, sino también vínculos, rutinas y espacios de socialización que son esenciales para crecer. La infancia se fragmenta en experiencias de sobrevivencia, y la sociedad se acostumbra a convivir con esa fractura.

El Día Mundial contra el Trabajo Infantil nos recuerda que detrás de cada cifra hay un rostro y una historia interrumpida. No es solo una violación de derechos, es un síntoma de desigualdad y crisis. Y la respuesta no puede ser indiferente, debe ser con acción, compromiso y solidaridad, tal y como ha hecho siempre este Archipiélago; porque cada niño que trabaja es un reloj detenido, y cada hora perdida es un pedazo de humanidad que se nos escapa entre las manos.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.