Kylian Mbappé sumó otro gol más a su palmarés como segundo máximo goleador en la historia de las Copas del Mundo. Autor: Diario As Publicado: 10/07/2026 | 05:15 pm
Hay fábulas que el fútbol escribe con tinta de realidad, y la que se contó ayer en el Boston Stadium tenía todos los ingredientes de los cuentos antiguos. Dos personajes, una tortuga y un mosquito, se juntaban en una lucha de estilos, de paciencia contra insistencia, de poder contra resistencia. Pero esta fábula tenía un giro: la tortuga y el mosquito no eran enemigos. Eran compañeros de armas, dos caras de una misma moneda, dos piezas del mismo engranaje que vestían la camiseta de Francia. Kylian Mbappé, la tortuga ninja letal, esperaba su momento con la paciencia de un depredador. Ousmane Dembélé, el mosquito, incansable e imprevisible, picaba una y otra vez, buscando la grieta en la defensa marroquí. Juntos, formaban un ejército imparable. Y Marruecos, una vez más, no pudo con la plaga francesa.
Los primeros compases fueron un monólogo de la tortuga y el mosquito trabajando en equipo. Francia, dueña del balón como el sol es dueño del cielo, acorraló a Marruecos en su propia área durante los primeros 40 minutos. El león marroquí, atrapado en la tela de araña gala, apenas podía moverse. Y cuando lo hacía, se estrellaba contra un muro de músculo y talento. La primera advertencia llegó al minuto 5, cuando Dayot Upamecano remató de cabeza y Yassine Bounou, el portero que se había convertido en el héroe de los Leones del Atlas, sacó el balón sobre la raya. La cenicienta, contra todo pronóstico, seguía viva.
Pero la gran oportunidad de la tortuga llegó en el minuto 25. Mbappé, el depredador francés, se metió en el área con una bicicleta y fue derribado por Noussair Mazraoui. Penalti. El estadio contuvo la respiración. El capitán galo tomó el balón con la seguridad de quien ha ejecutado cien veces. Pero Bounou, el muro marroquí, adivinó la trayectoria y detuvo el disparo. Había sobrevivido al primer embate de la tortuga.
El primer tiempo terminó con un 0-0 que era un milagro para unos y una frustración para otros. Marruecos, que no había disparado ni una sola vez a portería, se aferraba al empate como un náufrago a su tabla. Francia, con diez disparos y un penal fallado, se marchaba al vestuario con la sensación de que la fábula se estaba escribiendo en otro idioma. Pero la tortuga y el mosquito, en el banquillo francés, sabían que su momento llegaría.
En el minuto 60, la paciencia gala encontró su recompensa. Désiré Doué recibió el balón en la frontal y se lo pasó a Mbappé. La tortuga, que había esperado 35 minutos desde su penal fallado, movió su cabeza con la precisión de un relojero. El capitán, con la zurda como un pincel, soltó un disparo con efecto que se coló en el palo derecha de Bounou. Era el 1-0. Era el primer mordisco de la tortuga. Era el octavo gol de Mbappé en el torneo, que lo igualaba con Messi en la cima de la Bota de Oro.
Pero el mosquito Dembélé también quería su parte del banquete. Seis minutos después del gol de Mbappé, una contra letal de Francia selló la sentencia. La tortuga, que ya había mordido, filtró un pase milimétrico a su compañero. El mosquito, con su velocidad endiablada, se plantó ante Bounou y, con la sangre fría de un asesino a sueldo, definió al palo izquierdo. Era el 2-0. Era el segundo mordisco. Era la confirmación de que la fábula, esta vez, no tendría final feliz para Rabat.
El pitido final fue un funeral para los Leones del Atlas y una celebración para los Gallos. Marruecos, que había soñado con repetir la hazaña de Catar 2022, se despedía del torneo con la cabeza alta, pero con el sabor amargo de la derrota. Francia, en cambio, alcanzaba su tercera semifinal consecutiva, un logro que solo Brasil había conseguido en 2002. La tortuga y el mosquito, los dos verdugos, se abrazaron en el centro del campo. Mbappé, que había fallado un penal y marcado un gol, fue elegido mejor jugador del partido. Dembélé, que había picado sin descanso durante 90 minutos, celebró con la euforia de quien sabe que su velocidad es un arma letal.
En el banquillo francés, Didier Deschamps observó la escena con la mesura de quien sabe que el camino aún es largo. La tortuga y el mosquito, dos estilos opuestos pero complementarios, habían demostrado que la fábula francesa no se escribe con un solo protagonista. Se escribe con dos. Y el próximo desafío, en semifinales, será contra el ganador del España-Bélgica.
Porque en las fábulas, como en la vida, los héroes no siempre son los más rápidos. A veces, son los que esperan el momento justo para picar.
