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El tambor de la memoria: Nicolás Guillén y la voz de una raza

El mulato como fruta, como síntesis, como algo otro, inédito. Esa es la clave de Guillén: no reivindica una pureza africana frente a una pureza europea

 

Autor:

Isabel González Pérez

Existe un tipo de verso que no se lee: se escucha, porque vibra. Esos versos tienen cadencia de rumba, golpe seco de cuero y madera, aliento de multitud. Los de Guillén, y más los que nacieron en el umbral de Cuba, son eso: una partitura donde la palabra se hace carne, y la carne, memoria.

Cuando en 1930 irrumpe con Motivos de son, Guillén no está simplemente innovando en la métrica. Está abriendo una herida y mostrando su pulso, su fibra. La poesía cubana, hasta entonces, había mirado hacia Europa con los ojos del coloniaje, o había exotizado lo afrocubano como un adorno pintoresco. Guillén hace lo contrario: toma la voz del negro del solar, del ribereño, del hombre que carga el bulto y baila el yambú, y la eleva a categoría estética sin domesticarla. No hay en sus versos una concesión al buen gusto burgués. Hay, en cambio, un agudo desafío.

«No ignoro, desde luego, que estos versos les repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros del pueblo. No me importa. O mejor dicho: me alegra», escribe en el prólogo de Sóngoro cosongo (1931). Y más adelante sentencia: «Opino por tanto que una poesía criolla entre nosotros no lo será de un modo cabal con olvido del negro». Palabras que no son una declaración estética, sino más bien un acto de justicia. Guillén no está pidiendo permiso: está abriendo un lugar a lo criollo, a un eslabón imprescindible de la cadena de ADN de la identidad cubana y del Caribe, que siempre debió ser suyo.

El poeta camagüeyano sabía que la cuestión racial no podía resolverse desde el sentimentalismo. «Debemos hacer comprender a blancos y a negros en Cuba, que el negro reclama igualdad no desde un punto de vista sentimental o mecánico», afirmaría más tarde. Y esa claridad atraviesa toda su obra. Porque Guillén no canta al negro como un ser folklórico, aislado en su exotismo. Lo sitúa en el centro del crisol cubano, en esa «bien regada hidrografía social» donde «se cruzan y entrecruzan» tantas corrientes. Su poesía es, ante todo, un diagnóstico: el mestizaje no es un ideal abstracto, sino una realidad violenta y contradictoria que la Isla aún no ha aprendido a nombrar.

Basta escuchar el «Canto negro», ese poema que es puro tambor:

¡Yambambó, yambambé!

Repica el congo solongo,

repica el negro bien negro;

congo solongo del Songo

baila yambó sobre un pie.

No hay aquí descripción ni explicación. Hay ritmo tácito. Ni el poema habla de la negritud: es la negritud en su expresión más elemental, la que no necesita traducción porque cala en el hueso. Y sin embargo, bajo esa aparente fiesta, asoma también el duelo. En «Velorio de Papá Montero», la muerte del negro se canta con la misma cadencia con que se baila:

El son te salió redondo

y mulato, como un níspero.

El mulato como fruta, como síntesis, como algo otro, inédito. Esa es la clave de Guillén: no reivindica una pureza africana frente a una pureza europea. Reivindica el mestizaje como destino, pero un destino que duele, que se ha construido sobre el látigo y el desplazamiento. «Las dos razas que en la Isla salen a flor de agua, distantes en lo que se ve, se tienden un garfio submarino, como esos puentes hondos que unen en secreto dos continentes». La imagen es precisa y desoladora: bajo la superficie, lo que une es el dolor compartido, la historia común que nadie ha querido escribir.

Guillén, sin embargo, no se queda en la denuncia. Su poesía es también profecía. «Por lo pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá: "color cubano". Estos poemas quieren adelantar ese día». No se trata, pues, de exaltar una raza por encima de otra, sino de construir una identidad que las incluya a todas sin jerarquías. El poeta no busca una poesía «negra» frente a una poesía «blanca», sino una poesía cubana que asuma su complejidad, su origen híbrido, su deuda con África y con España y con todo lo que el mar ha traído a sus costas.

En esa empresa, Guillén fue pionero y, para muchos, incómodo. Su obra no ha envejecido porque el problema que aborda —el racismo, la negación de la memoria negra, la hipocresía del mestizaje como coartada— sigue siendo, acaso, el gran pendiente de América Latina. Por eso, a 124 años de su nacimiento, sus versos no son solo una reliquia, son combate y grito. Son el tambor que no deja de repicar, la voz que se niega a callar.

 

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