Jude Bellingham firmó un veloz doblete que allanó el camino de Inglaterra para eliminar a México en los octavos de final de la Copa Mundial de fútbol 2026. Autor: Tomada de As Publicado: 06/07/2026 | 09:28 am
El Azteca tiene memoria de elefante. Sus gradas recuerdan el gol de Maradona que aún se discute en las barras de Buenos Aires, la mano de Dios que desafió a la tecnología de su época. Pero anoche, el coloso de Santa Úrsula fue testigo de un exorcismo. Inglaterra, equipo que durante décadas había cargado con el peso de sus propios fantasmas, llegó al templo sagrado del fútbol mexicano y, en lugar de arrodillarse, plantó bandera. Los Three Lions, esos mismos que en 1966 habían derrotado a México en Wembley camino a su único título mundial, regresaron al escenario de su mediodía gris para recordarle al mundo que los fantasmas, cuando se enfrentan de frente, se desvanecen.
Los primeros treinta minutos fueron un preludio de aburrimiento, un partido que se arrastraba como una serpiente perezosa bajo la lluvia de la noche capitalina. México, empujado por 80 000 gargantas que coreaban el Cielito lindo con la fe de quien cree en los milagros, intentaba encontrar la fórmula para romper el cerrojo inglés. Inglaterra, fiel a su estilo, esperaba. Pero entonces, como un rayo que parte el cielo en dos, alguien pulsó el botón de la locura. Y el loco se llamaba Jude Bellingham.
Primero, en el minuto 35. Bukayo Saka desbordó por la derecha como un torero que cita al toro, ganó la línea de fondo y puso un centro medido al corazón del área. Allí, donde más le gusta, apareció Bellingham. El jugador del Real Madrid se lanzó hacia delante con la ferocidad de un depredador, remató de cabeza y superó a Rangel a placer. Era el 0-1. El Azteca, que había rugido durante media hora, se quedó en un silencio sepulcral. Pero Bellingham no había terminado. Apenas noventa y ocho segundos después, cuando los mexicanos aún no habían digerido el primer golpe, Kane repitió la jugada desde el mismo costado. Y Bellingham, otra vez, apareció como un fantasma en el área para mandar el balón a guardar. Era el 0-2. Era el doblete más rápido en la historia de los octavos de final de un Mundial. Y era, sobre todo, la confirmación de que Inglaterra había venido a escribir su propia historia.
El Azteca, herido pero no muerto, reaccionó como los grandes estadios. Y en el minuto 41, cuando el partido agonizaba hacia el descanso, apareció el héroe que México necesitaba. Julián Quiñones, el mejor jugador del Tri en el torneo, impactó con el empeine una volea perfecta en el punto de penalti, tras un mal rechace de la defensa inglesa, y batió a Pickford por alto. Era el 1-2. Era la llama que mantenía viva la esperanza de un país entero. El Azteca, que había enmudecido, volvió a rugir. México pudo incluso empatar en el tiempo de descuento, cuando César Montes se quedó solo en el segundo palo en una jugada a balón parado, pero Bellingham, destacando también en defensa, evitó el remate a bocajarro.
La segunda parte fue un vendaval. Inglaterra, lejos de especular, salió a matar. Y en el minuto 53, Jarrell Quansah, el joven defensa del Liverpool que había entrado en sustitución de un lesionado, cometió una dura entrada que el árbitro no dudó en castigar con roja directa. Inglaterra se quedaba con diez hombres. El Azteca, que olía la sangre, se preparaba para la remontada. Pero entonces, como un espejismo en el desierto, llegó el tercer gol inglés. Anthony Gordon forzó un penalti que Harry Kane, con la sangre fría de un asesino a sueldo, transformó en el 1-3. Era el golpe de gracia. Era el momento en que los fantasmas ingleses, esos que habían perseguido a los Three Lions durante generaciones, se disipaban bajo la lluvia del Azteca.
México, sin embargo, no se rindió. Raúl Jiménez, el lobo de Tepejí, también tuvo su momento de gloria. Un penalti que el árbitro señaló por una falta del huracán Kane dentro del área, y el delantero del Fulham, con la precisión de un cirujano, batió a Pickford para firmar el 2-3. Era el minuto 68. Quedaba media hora para la épica. Y el Azteca, con 80 000 almas empujando, creyó en el milagro. El Tri asedió la portería inglesa durante los últimos treinta minutos, como un ejército que carga contra una fortaleza inexpugnable. Pero enfrente estaba la muralla inglesa, liderada por un Bellingham que se multiplicaba en defensa y un Pickford que se agigantaba bajo los palos.
Cuando el árbitro pitó el final, el Azteca se rindió. No con pitos, sino con aplausos. Porque México, que había caído en su propia casa, lo había hecho con honor. Y porque Inglaterra, que había llegado como un equipo perseguido por sus propios demonios, se marchaba como un exorcista que acababa de firmar su obra maestra. Los Three Lions habían sobrevivido al asedio mexicano en uno de los estadios más emblemáticos del mundo. Habían enterrado sus fantasmas en la misma tierra donde Maradona había volado en sus narices. Y lo habían hecho con la autoridad de quien sabe que, a veces, la historia se escribe con tinta de coraje.
El único enfrentamiento previo entre ambos en un Mundial, aquel 1-0 en Wembley 1966, había sido el preludio del único título inglés. Ahora, 60 años después, en el mismo torneo que los vio campeones, Inglaterra había vuelto a derrotar a México. Y en el Azteca, el templo de los dioses del fútbol, los Three Lions habían demostrado que los fantasmas, cuando se enfrentan con valentía, solo son eso: fantasmas.
