Con sus éxitos en 1958, 1962 y 1970, Pelé es el único futbolista en ganar tres veces la Copa Mundial de fútbol. Autor: Tomada del diario Sport Publicado: 10/06/2026 | 02:42 pm
Cuando el niño miraba a su padre Dondinho llorar en aquella cocina de Bauru, supo que el fútbol se había perdido conocer el delirio y el polvo de la gloria mundialista. La promesa llegó como un susurro: ganaría una Copa por él.
Años después, en Suecia 1958, el Rey se hizo carne y la bella locura se vistió de amarillo. Contra Suecia, una final que arrancó con la zurda de Liedholm, pero que el chico de 17 años decidió transformar en arte: un voleón que dejó al mundo sin aliento, un segundo gol que selló el 5-2 de un debutante que ya no lo era. Just Fontaine marcó 13, pero la historia se la llevó aquel que a los 17 años se erigía en el Rey más joven del mundo.
En Chile 1962, la luz vaciló y prometió dejar a Brasil a oscuras. En el primer partido, Pelé pintó un gol de antología frente a México, gambeteando defensas como quien hace un esbozo. Pero contra Checoslovaquia, la lesión llegó como una mancha inesperada. Y el Rey vio más allá del dolor, vio que su Mundial no lo halló, que de alguna manera, su sueño de bicampeonato se perdió en el diagnóstico de un fisioterapeuta. El cetro recayó en Garrincha, y el Rey, desde la tribuna, celebró con el corazón partido. El cuadro seguía sin terminar, y él no estaba ahí para terminar el trazo.
Inglaterra 1966 fue el otro lado del lienzo. Ahí, el fútbol se vistió de cobardía, porque la cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes del buen juego. En Goodison Park, la defensa portuguesa lo masacró a golpes. Los amorosos de la patada y la falta no llegaron a amores ni a historias, sino que se quedaron allí, como un recuerdo que ni el mejor orador podría salvar. Pelé salió cojeando y, con él, Brasil se despidió en primera ronda. Parecía que el óleo del Rey se borraba para siempre entre el lodo y la furia.
Pero el fútbol, como el viejo Chagall, necesitaba un renacimiento. Y 1970 en México fue ese cuadro pintado con sombrero, corrompiéndose al centro del miedo de una afición que lo veía como su dios. Rodeado de otros cuatro dieces de fantasía: Jairzinho, Rivellino, Gérson y Tostão, Pelé decidió cerrar la obra con el oro del Azteca. Marcaría de cabeza el 100º gol de Brasil en Mundiales y asistiría a Carlos Alberto para sellar el 4-1 contra Italia. La apoteosis del deporte más hermoso del mundo llegaba, esta vez sin heridas, para quedarse para siempre. Cuando el árbitro pitó el final, lloró por ella y por sí mismo, pero esta vez las lágrimas fueron de gloria.
Al final, el óleo de Rey con sombrero quedó colgado en el museo de los dioses del fútbol. No como un simple trofeo, sino como la narrativa de un hombre que sobrevivió al delirio, al polvo y al miedo para enseñarle al mundo que un chico puede ser Rey, y que el mejor de todos los tiempos se pintó él solo, con el pincel de su zurda y el corazón de un niño que le prometió una Copa a su papá.
