Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El Ramiro de siempre

En lo adelante, y como entonces, está él, el Ramiro de siempre, cuidando a Cuba desde el silencio y el amor

Autor:

Daily Sánchez Lemus

No se aprendió la dirección completa. Para él es mucho mejor no saber demasiado porque dice que así se resiste mejor un interrogatorio o la tortura de los esbirros. Cuando llegó a casa de María Antonia, se encontró a Raúl allí. Estuvieron en esa casa siempre que no hubiera otra misión, Ciro Redondo, Julito Díaz, Raúl y él… el mismo grupo que desde el presidio se levantaba a las cinco de la mañana a estudiar.

No por gusto escribiría a su salida de Isla de Pinos que «el deber exige desvelos», y precisamente por eso, cuando a inicios de 1957 cruzando un río se resintió una pierna y hubo de estar de reposo unos cuantos días, al entregar su fusil y su granada a otros combatientes que harían uso de ellas, pidió un libro de álgebra para estudiar durante ese tiempo. Raúl escribió ese día en su diario: «Este Ramiro es uno de nuestros mejores compañeros».

Y lo era. Y lo sigue siendo. El artemiseño humilde era su amigo inseparable desde los días del Moncada, cuando logró entrar al cuartel y llegar a una barraca para sorprender a los guardias, y allí resultó herido en un pie. En el Vivac de Santiago, cuando se reencuentra con Raúl tras ser apresados por esas acciones, le muestra una media y le dice que está herido, tiene sangre pero que no halla el plomo.

Y así estuvo varios años hasta que en la Sierra comenzó a quejarse de un callo en la planta del pie que no lo dejaba caminar y un día se dispuso a rasparlo con su cuchillo de campaña y le apareció el plomo, que le había entrado por el talón y se había alojado allí tras el disparo de uno de los guardias del Moncada mientras caía herido. Ha expresado Raúl que es precisamente ese un motivo de admiración, pues fue el único de ellos los sobrevivientes que resultó herido combatiendo, además del honor de ser el segundo del Che en la columna 8 Ciro Redondo —nombre de entrañable amigo—, en la invasión.

Y no era ese acaso la primera vez que era segundo de Guevara, su amigo. Cuando se preparaban en México para la expedición del Granma, el Che estaba al frente del campamento de Santa Rosa y él era su segundo jefe. Tras la dispersión de Alegría de Pío, el reencuentro con Fidel en Cinco Palmas el 21 de diciembre de 1956 fue formando parte del grupo encabezado por Almeida en el que también venían Camilo y Che.

Cuando en 1958 antes de la Ofensiva de Verano el Che fue a Minas de Frío a cumplir la nueva misión que le diera Fidel, Ramiro se quedó como comandante jefe de la entonces Columna 4. Allí, en un breve período de tiempo, atendió temas de la guerra, de organización civil del territorio de su columna, de logística.

En una carta a un habitante de la zona para pedir apoyo a la guerra, escribió palabras que hoy también nos mueven: «Los que sienten y se preocupan por el futuro de la nación saben que la Revolución que nuestra generación ha abrazado encarna los mismos ideales que movieron el brazo de Maceo e incendiaron el verbo de Martí».

Por ese tiempo no perdió nunca el contacto con quien siempre consideró su jefe, y le mantenía al tanto de todo, hablando de Camilo, Fidel, Almeida. En una de esas misivas, del 28 de abril de 1958 —cumplía 26 ese día, por cierto—, cierra con una frase que es esencia de cómo se hace una Revolución de verdad para defender a los humildes irrevocablemente: «¡La Reforma Agraria, de acuerdo con nuestra toletísima capacidad va adelante!».

Por eso ganaron aquella guerra...y las otras que se presentaron tras el triunfo de 1959. El Ramiro de siempre, leal a su amigo, jefe, hermano, que recibió al Che en 1997 con su destacamento de refuerzo luego de años de espera.

Ramiro con su mirada que concentraba en algo o alguien al mejor estilo de escaneo moderno, identificaba y procedía. En las diferentes tareas que cumplió, se entregó en cuerpo y alma. En el Minint, sentó cátedra. Dueño de sus palabras y expresiones se convirtió en el comandante del silencio ―porque ya desde Martí sabía que era imprescindible saber callar―, formador de hombres que salvan a diario a nuestra Patria y que salvaron muchas veces la vida de Fidel.

Su amistad con Camilo, al que le escribe un día en tono jocoso cuando aquel operaba en los llanos de Oriente: «Balas no he podido mandarte, además te pasaron las tuyas mandadas por Fidel con Lara, por debajo de los bigotes. Cáele atras a Lara y coge lo que es tuyo». Y se despide diciéndole: «Recibe un abrazo y cuídate, mi viejo». Y años más tarde, cuando estuvo al frente del Ministerio de las Comunicaciones, fue el impulsor de la imagen de Camilo acompañando la del Che en la explanada de la Plaza de la Revolución. Sus dos amigos. Ese es el Ramiro de siempre.

El joven que siguió a Fidel desde el inicio y decidió correr los riesgos de la Revolución, sufrir la suerte del azar que le permitió sobrevivir a otros compañeros que él consideraba más importantes que él; y el que asumió tal suerte como compromiso redoblado con la causa. El Ramiro de siempre que nunca olvidó las palabras de Fidel cuando el Granma de que nuestra causa es justa, el pueblo la abraza y que mientras haya un hombre con un fusil y resista, podemos vencer. Ese es el espíritu que lo acompañó entonces y ahora, el espíritu de siempre, el del joven que hubiera querido tener más tiempo para hacer más.

La noticia del 21 de junio duele porque cuando hay hombres leales, consecuentes y apasionados, el pueblo los quiere y pasan a ser leyenda viva de un tiempo al que nunca renunciaremos. El Ramiro de siempre nos acompaña para velar por la Revolución y su estatura moral deja fuera de combate cualquier cobardía del enemigo.

Hoy su Patria lo contempla orgullosa, hoy el centenario de Fidel tiene un nuevo motivo para no ceder ni tantico así. El abrazo le llega desde todos los rincones de Cuba, sus montañas de la Sierra querida, desde Artemisa, desde Santa Clara, desde aquellos semáforos en que se detuvo para transportar personas, desde el beso y la conversación con los niños, desde la mirada que velaba cada paso del enemigo de fuera y de dentro… En lo adelante, y como entonces, está él, el Ramiro de siempre, cuidando a Cuba desde el silencio y el amor. Gracias, Comandante.

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