Gómez, quien nació el 18 de noviembre de 1836, en Baní, República Dominicana, hace 175 años, integra la trilogía por antonomasia de los grandes héroes del movimiento revolucionario cubano del siglo XIX, junto a Martí y Maceo. Autor: Juventud Rebelde Publicado: 21/09/2017 | 05:15 pm
Una herida en la mano derecha, por donde penetró la infección y se extendió a lo largo de su curtido cuerpo, provocó lo que no consiguieron las balas y las bayonetas en más de 235 combates: fulminar físicamente a Máximo Gómez Báez.
Todo comenzó por una lesión casera y un posterior viaje a Santiago de Cuba, el 25 de abril de 1905, en el que cientos de personas, en el trayecto, quisieron estrechar su diestra en señal de cariño y admiración.
De hecho, antes de partir, en la estación de ferrocarriles de La Habana, como escribió un testigo de los acontecimientos, el insigne guerrero «dio estrechones de manos, vertió frases, comunicó alientos y prometió estar de vuelta para el 20 de mayo».
Quería Gómez que su esposa, Bernarda (Manana) y sus hijas Clemencia y Margarita abrazaran a los hijos de Máximo, el otro retoño que vivía en la ciudad indómita.
«Abriga además el General una segunda intención: impugnar los planes reeleccionistas del presidente Tomás Estrada Palma y promover la candidatura presidencial del general Emilio Núñez», escribió al respecto en Juventud Rebelde el respetado periodista Ciro Bianchi en su reseña Cómo murió Máximo Gómez (2010).
Ya en Santiago, donde también fue recibido con entusiasmo y saludó a muchos, el dominicano-cubano sintió dolores en su diestra, después fiebres, y luego un malestar que no cedía.
El historiador Yoel Cordoví Núñez señala en su artículo El General Máximo Gómez siempre está en la manigua, publicado en el periódico Granma (16 de junio de 2022), que en la urbe oriental llegaron a practicarle dos cirugías en la mano, la que permanecía inflamada aun con el empleo de compresas de agua boricada caliente.
Para el 17 de mayo, como apunta Cordoví, el cuadro clínico del General se había agravado con la exacerbación de su asma, el padecimiento que lo acompañaba desde hacía años. Los médicos, entonces, dispusieron el traslado urgente a la capital.
Ciro Bianchi relató que el ilustre paciente fue trasladado en un tren especial a La Habana, acompañado por su familia, los doctores Pareda, Guimerá y Martínez Ferrer, una enfermera, y los generales libertadores Valiente y Nodarse. El Gobierno alquiló para él una residencia en 5ta esquina a D, en el Vedado, cercana al mar, que fue amueblada para que viviera o muriera allí, ya que su hijo Urbano se había adelantado para las gestiones.
Poco a poco, la salud de Gómez fue empeorando, hasta llegarle a afectar el hígado, aunque, increíblemente, tuvo momentos de leve mejoría, como ocurrió el 13 de junio, en el que se dispuso a recibir a su hijo Andrés, procedente de los Estados Unidos. Se cuenta que el 17 de junio de 1905, en la mañana, se despidió de su esposa y sus hijos.
Ese día, luego de incontables visitas a la casa, entre estas la del Presidente Tomás Estrada Palma –narran que cuando llegó ya el paciente agonizaba-, el doctor Pereda, tras examinar el pulso del enfermo, decía unos minutos después de las seis de la tarde: «El general ha muerto». Había fallecido de septicemia.
Luego vendrían tres días de duelo nacional, un funeral como si hubiese sido Jefe de Estado, un sepelio extraordinario, catalogado como el «más grande» de Cuba hasta ese momento.
«Junto al armón, dando guardia de honor, guardia de generales, marchan los veteranos de las guerras de independencia, los fieles compañeros que no han querido abandonarlo nunca, que mantienen su culto inalterable. Sobre el féretro duélese la espada huérfana. El eco del cañón de La Cabaña ruge un miserere formidable; la melancolía deshoja todas sus pálidas rosas, una gran congoja oprime las gargantas, y a través de la niebla de las lágrimas la muchedumbre absorta cree ver erguirse al héroe soberbio en la visión de cien combates», narró Federico Urbach en testimonio reproducido por Yolanda Díaz Martínez, en su artículo La muerte, aparecido en Cubadebate el año pasado.
Así se marchó de la vida el Generalísimo, a los 68 años y siete meses, derribado por una herida que apenas merecía cura. Pero su verdadera muerte, la que le dolió hasta el último suspiro, fue no ver a Cuba erguida, sin tutelas ni memorias rotas.
