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Mundial 2026: Los Diablos Rojos incendian el caso Balogun

Bélgica convirtió el Seattle Stadium en una hoguera de fuego infernal, donde los escritorios de la FIFA quedaron reducidos a cenizas

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El fútbol, ese opio de los pueblos que a veces se complace en la ironía, eligió al Seattle Stadium como escenario para escribir su capítulo más cáustico. 66 925 almas, muchas de ellas teñidas de barras y estrellas, otras de rojo diabólico, se apretujaron en el coloso de la costa oeste para presenciar un duelo que había comenzado días antes, no en el césped, sino en los despachos de la FIFA.

El protagonista, Folarin Balogun, había sido indultado de una suspensión automática tras una polémica intervención del presidente estadounidense Donald Trump. El delantero del Mónaco, que llevaba tres goles en el torneo, estaba disponible. Bélgica, que había apelado sin éxito, saltó al césped con la convicción de quien sabe que la justicia, a veces, se escribe con tinta de venganza.

Los primeros compases fueron un vendaval rojo. Apenas habían transcurrido ocho minutos cuando Nicolas Raskin, el sustituto del lesionado Kevin De Bruyne, recogió un balón en la frontal y filtró un pase corto a Charles De Ketelaere. El delantero del Atalanta, libre de marca entre Tim Ream y Antonee Robinson, definió con la frialdad de un cirujano. Era el 1-0. Era el primer aviso de que los Diablos Rojos habían llegado a quemar. Balogun, el indultado, apenas había tocado el balón. Su caso, el que había generado titulares en todo el mundo, se desvanecía como un espejismo bajo la tarde de Seattle.

Pero el fútbol, caprichoso, siempre ofrece segundas oportunidades. En el minuto 31, Malik Tillman, el centrocampista del PSV, ejecutó una falta desde la frontal del área belga. El balón se desvió en la barrera, engañó a Thibaut Courtois y se alojó en el fondo de la red. Era el 1-1. Era el grito de una nación que creía en el milagro. El Seattle Stadium, que había enmudecido con el gol belga, explotó en un rugido que debió oírse hasta la Casa Blanca. Mauricio Pochettino celebró con el puño en alto. Pero la alegría duró apenas 61 segundos.

En el minuto 33, Leandro Trossard levantó un centro desde la izquierda. De Ketelaere, otra vez, se elevó por encima de Tim Ream y conectó un cabezazo impecable. Era el 2-1. Era el doblete del jugador que había decidido que los escritorios no ganan partidos. Bélgica, que había sufrido el empate fugaz, se recompuso con la autoridad de los grandes equipos. El partido, que había sido un espejismo de esperanza para los locales, volvía a ser un infierno.

La segunda parte fue el principio del fin. Estados Unidos, que había crecido en los minutos finales del primer tiempo, salió a buscar el empate con la desesperación de quien sabe que el tiempo se agota. Pochettino movió fichas: metió a Giovanni Reyna, luego a Haji Wright. Pero enfrente estaba Bélgica, un equipo que había decidido jugar con la paciencia de un depredador. En el minuto 52, Christian Pulisic, el capitán y faro del equipo, intentó un disparo y golpeó la bota de Youri Tielemans. Se retiró lesionado siete minutos después. Era el golpe definitivo para un equipo que ya cojeaba.

Y entonces, en el minuto 57, llegó el error que selló la noche. El portero Matt Freese salió de su área para despejar un balón largo, pero su cálculo fue erróneo. Hans Vanaken, el centrocampista del Club Brugge, aprovechó el regalo y envió el balón a la red vacía. Era el 3-1. Era el golpe de gracia. En el banquillo estadounidense, Pochettino, frustrado, pateó un rack de botellas y envió cuatro al vuelo. El gesto, capturado por todas las cámaras, fue la imagen de una gesta que se desmoronaba.

En el tiempo añadido, Romelu Lukaku, que había entrado como sustituto, remató la faena. Chris Richards regaló un balón en la salida y el delantero belga, con la experiencia de quien ha vivido mil batallas, definió bajo al segundo palo. Era el 1-4. Era la sentencia.

El pitido final fue un funeral para los anfitriones y una confirmación para los belgas. Bélgica, que había extendido su racha invicta a 18 partidos, se enfrentará a España en cuartos de final. Estados Unidos, en cambio, se despide del torneo con la sensación de que el fútbol, a veces, no entiende de indultos. Balogun, el hombre del caso, se marchó sin dejar huella. Los Diablos Rojos, en cambio, quemaron el expediente y se llevaron el partido. Y en Seattle, el fútbol dictó su veredicto: los escritorios no ganan partidos. Los ganan los que juegan. Y Bélgica, anoche, jugó como los diablos.

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