Oscar deleita a sus vecinos y familiares con el instrumento que lo ha acompañado durante buena parte de su vida Autor: Yahily Hernández Porto Publicado: 08/05/2026 | 03:23 pm
CAMAGÜEY.— Él es un hombre humilde, sencillo, laborioso y campechano. Él, Oscar Zayas Hernández, disfruta su vejez octagenaria como pocos, pues la buena música que saca cada amanecer, a fuerza de pulmón y destreza, de su inseparable filarmónica, lo rejuvenece como si fuera aquel niño que decidió comprarse este auténtico instrumento musical que lo acompañará mientras viva.
«Era un vejigo de diez años cuando vi en la vidriera de la tienda 20 de Mayo, a «mi niña», la filarmónica. Empecé a ahorrar los quilos hasta que completé su valor y nunca más he dejado de tocarla», aseguró Oscar, quien abraza una historia singular y pintoresca.
Este tunero devenido camagüeyano, amante del son y el punto cubano, se le conoce entre sus amigos y vecinos de la calle San Rafael, en el centro histórico agramontino, como «el abuelo de la filarmónica», por no haber renunciado jamás al don que le dio la vida.
Del caserío Domínguez, ubicado en las inmediaciones entre Guáimaro y el Balcón del Oriente Cubano, es este sonero rellollo, quien vino al mundo el 9 de diciembre de 1942, para complementar lo que luego él llamaría, «la “orquesta” de los Zayas Hernández».
Rememoró este profesional de la contabilidad que desde muy jovencito trabajó la tierra, y luego, con la Revolución, estudió técnico superior en Suelo y Fertilizante, y que el gusto por la filarmónica estaba en el ADN de su muy numerosa familia.
«Éramos ocho hermanos: Elena, Alciviades, Luz María, Eduardo, Rafael, Enrique y Evelio, y el más pequeño soy yo, y todos la tocábamos», contó nostálgico, pero con un sincero cariño y respeto por su gente y sus orígenes.
A Oscar, a quien los vecinos más cercanos lo nombran «el trino del barrio», le place recordar que nació y creció soplando la filarmónica. «En casa éramos una especie de agrupación de niños y nuestros padres, Constantino y Justina, y compadres de toda la redonda disfrutaban escuchándonos y cantando a nuestro muy improvisado ritmo. Así consolidamos el gusto profundo por este bello sonido», narró este abuelo lugareño de 83 abriles, de alma y corazón de músico.
Aseguró el también defensor a capa y espada del son cubano que si naciera nuevamente sería «un músico profesional porque ahora sí hay muchas oportunidades para los jóvenes, pero antes estudiar no era para los pobres y había que conformarse con soñar».
Confesó que enamoró con su alegre talento a su esposa, Nory Perdomo, con quien comparte 35 años de lealtad, y resaltó que su filarmónica le ha abierto puertas durante toda su vida.
«Al igual que usted pasó por mi puerta y quedó impresionada, y ahora me entrevista, la gente me reconoce y aplaude no en teatros, sino aquí en mi salita. Y eso me ha ayudado siempre a tener muchos amigos. El oído musical de mi familia me salvó la infancia», me dijo sonriente, al tiempo que aseguró: «Lo más importante es saberme un hombre dichoso porque mis tres hijos, Thelma, Eduardo y Yumarilis, estudiaron, mientras que la mayor heredó mis dotes musicales. Eso le ha permitido cantar en coros profesionales y hasta dirigirlos, y mi bisnieto Dieguito ya toca la batería».
Sobre su amor por el pentagrama cubano, reflexionó: «Si no eres un buen sonero y no amas esa cosa linda de nuestra identidad, nunca podrás ser un buen músico cubano. Cualquiera podrá creerse músico, pero no un músico bueno, sin importar el género que se defienda».
Oscar, quien domina más de 300 piezas musicales entre las que destacan sones, boleros son, guarachas, rumbas, congas... en su filarmónica, es fanático a la orquesta Aragón, a la que considera una escuela de supervivencia ante los avatares de la cotidianidad. «Esta agrupación, junto a Celina González, la Original de Manzanillo y Beny Moré son la vida misma».
Los años pesan en su andar, pero no en su memoria ni en su espíritu juvenil. Él se ha permitido participar en peñas muy camagüeyanas en el parque Agramonte, fiel testigo de sus popurrís improvisados. «Allí me sentaba y tocaba por voluntad propia para mi gente, siempre ante de las retretas. Ya no lo hago tanto, pues me recogí solo un poco cuando llegó la pandemia. Ahora me conformo con la sala de mi casa, donde me aplauden los curiosos y seguidores del barrio, y con mis hermanos de la iglesia».
Sus proyectos modestos y sus sueños no culminan. «Estoy concentrado en cantarle mucho a mi Patria, a Cuba, a Fidel en su cumpleaños 100, y al son y al punto cubano», dijo mientras todos disfrutábamos de un concierto hogareño al estilo sencillo y humilde, del Trinor de la Filarmónica.
