Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Grandeza

Uno de los guerrilleros más querido de la tropa rebelde: Juan Almeida Bosque, dejó escrito un instante que lo dice todo: en plena guerra, Fidel encuentra a una campesina con seis hijos pobres y, con ternura, les ofrece lo que necesitan para alegrar su alma que es la del pueblo

Autor:

Daily Sánchez Lemus

 

Juan Almeida Bosque es uno de los jefes guerrilleros más queridos en la tropa rebelde y al que el 17 de febrero del proximo año le celebraremos su centenario. Un héroe de esos que el pueblo recuerda y honra, presente en Santiago y en toda Cuba y en la música de la patria. Es el artista Comandante que gracias a la Revolución por la cual luchó, pudo cumplir muchos sueños.

Tras el combate de Uvero, donde Almeida tuvo una participación destacada y fue herido —y mientras recibía los primeros auxilios bebía de su lata de leche condensada atravesada por la bala—, estuvo alejado de la tropa hasta su recuperación. El Che, como médico, les asistía a él y los demás heridos.

A su reincorporación, Fidel lo lleva con él en la escuadra de la Comandancia y desde entonces compartieron juntos momentos importantes de la vida en la Sierra hasta que fuese ascendido a Comandante en febrero de 1958 y partiera con la columna 3 a la misión de fundar el Tercer Frente Mario Muñoz.

Para el joven habanero, moncadista, que habia estado en presidio en Isla de Pinos, en el exilio en México, en la travesía del Granma y luego encabeza el tercer grupo que se reencuentra con Fidel tras la dispersión de Alegría de Pío, aquella fue una oportunidad irrepetible de aprender junto al Gigante que como describiese años después, crecía y crecía ante todos ellos.

De uno de sus libros Por las faldas del Turquino —un texto vivo, de relatos juveniles, osados y revolucionarios— es el siguiente pasaje que él, con su sensibilidad, no dejó escapar entre los tantos que tuvieron durante la lucha.

Resulta que un día de mediados de 1957, en una de las caminatas por la Sierra Maestra, se encuentran con la estancia de una campesina muy pobre, de unos 40 años, que cría sola a seis hijos. A pesar de tener bien cultivado su pedacito de tierra, la pobreza y el abandono a su suerte por parte de la dictadura batistiana con el campesinado se hacía presente en su rostro y el de sus niños. Pero Fidel lideraba una lucha por y para ellos también. El jefe revolucionario se les acercó, entonces, y narra Almeida en su libro:

«Fidel le pregunta cariñosamente a cada niño qué quería, que pidieran según sus deseos, que pensaran que hoy era el Día de los Reyes. Los niños le dicen que quieren caramelos.

—Nada más? —pregunta Fidel

Uno dice que quiere prángana (galleta dulce).

—No, eso no, otra cosa. Quieren leche condensada?

—Bueno— dicen los niños

—Y zapatos, galleticas, dulce de guayaba, dulce de leche, lo que ustedes quieran— les insiste Fidel y me indica que le dé dinero a la madre.

Qué emocionante es todo esto! La verdad que cada día siento más esta causa por su grandeza humana. Se nota que Fidel siente regocijo cada vez que proporciona la manera de aliviar un dolor, resolver una necesidad, o dar felicidad a alguien».

En la grandeza de Fidel y sus rebeldes de siempre, está la grandeza de la Revolución.

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