La machosfera explota la vulnerabilidad emocional de la adolescencia para vender un ideal de hombre dominante que persiste en el desequilibrio de género
Igualdad es la fuerza que une corazones y rompe cadenas.
Campaña feminista.
Hay una entrada a la machosfera que no parece puerta al machismo tradicional. No comienza con una proclama contra las mujeres ni una diatriba contra el feminismo. Puede aparecer como un vídeo sobre cómo ganar músculo, vestir mejor, conseguir dinero, mejorar la autoestima o tener más éxito en las citas. El protagonista suele hablar con seguridad, mira directamente a la cámara y promete algo que parece razonable: ayudarte a convertirte en tu mejor versión.
Después, el algoritmo hace lo suyo y un vídeo conduce a otro. El consejo sobre disciplina se transforma en lección sobre jerarquías entre hombres y mujeres. La autoestima se convierte en superioridad. El fracaso amoroso encuentra una explicación sencilla en la incapacidad de la pareja. La incertidumbre se reemplaza por un manual de pasos infalibles.
Casi sin advertirlo, el espectador pasa de preguntarse «¿Cómo relacionarme mejor con las mujeres?» a la típica fórmula patriarcal: ¿Cómo conseguir que ellas hagan lo que yo quiero?
Tal recorrido explica buena parte del poder de un «gurú de la seducción», coach de masculinidad o predicador de la red pill. Estos hombres no venden abiertamente una ideología sino una estudiada respuesta a problemas que ha cultivado la humanidad por milenios.
El gurú de la seducción (ese vocablo sánscrito significa maestro) se presenta en pantalla como un hombre que domina el secreto que otros (los inseguros) desconocen. Él conoce las reglas, interpreta señales, identifica errores y vende sus técnicas para conquistar. Un vínculo rezuma incertidumbre, negociación, deseo, consentimiento y rechazo, pero él ofrece un sistema «auténtico» y cautivante para simplificarlo.
El gurú seductor no deja margen a la individualidad en la interacción humana: si un hombre no tiene pareja, no es porque no ha encontrado a la persona compatible, ni porque las relaciones son imprevisibles. Su explicación es más tranquilizadora: ese candidato no conoces las reglas; no había encontrado a quien comprarle el mejor manual: uno adaptado al entorno digital y a prueba de mujeres modernas.
El antiguo seductor banal de discoteca deviene creador de contenidos virtuales. Ahora dispone de cámara, micrófono, podcast, comunidad, cursos, asesorías y millones de likes o reproducciones potenciales. Su autoridad no necesita proceder de una formación académica o de una experiencia profesional verificable. Nace de sus seguidores, gracias a su alarde de riqueza, cuerpos musculados, coches, mujeres atractivas y, sobre todo, una puesta en escena de seguridad absoluta.
La estética es parte del argumento. El mensaje no sólo dice «Yo sé cómo funcionan las relaciones». Dice también «Mírame: soy la prueba de que mi método funciona».
En este ecosistema de base patriarcal conviven discursos muy variados. No todos los influencers sobre masculinidad son extremistas ni toda conversación sobre problemas específicos de los hombres pertenece a la machosfera. Por eso es fácil creer en sus postulados sin declararse misógino o machista.
El mapa es heterogéneo, pero muchos relatos comparten un mecanismo reconocible: convertir experiencias personales de frustración en explicaciones generales sobre cómo tratar a «las mujeres», vistas así, como conjunto uniforme, empezando por dejar de verlas como una persona concreta, con deseos y contradicciones propios, para convertirlas en categoría.
«Las» mujeres quieren esto. Ellas reaccionan así. Ellas eligen a determinado tipo de hombre. Ellas respetan solamente la dominación. Ellas manipulan o son manipulables… El plural sirve para borrar la singularidad, y la experiencia sentimental deja de ser un encuentro entre dos para verse como una lid entre grupos con intereses enfrentados.
Ahí aparece una de las ideas centrales de la red pill (píldora roja): la promesa de haber descubierto una verdad incómoda que la sociedad, el feminismo o las propias mujeres han ocultado de los hombres. Esa metáfora cinematográfica de la pastilla que te saca de una realidad fingida busca convertir una opinión ideológica discriminatoria en supuesta revelación irrefutable. Así, quien discrepa no estaría simplemente en desacuerdo: estaría dormido bajo el efecto de la píldora contraria.
Otro elemento que atraviesa buena parte de estos discursos es la masculinidad entendida como rendimiento (físico y mental). El hombre «de verdad» es fuerte. Gana dinero. Tiene un cuerpo trabajado. Es dominante. No muestra vulnerabilidad. Siempre elige. No necesitar a nadie. Es deseado y respetado… El típico CEO de los dramas virtuales como nuevo ropaje para el antiguo príncipe fascinante e implacable.
En principio, algunas de esas aspiraciones pueden parecer saludables: cuidarse, hacer ejercicio, trabajar por metas, mejorar habilidades sociales o buscar independencia económica no tienen nada de reprochable. La alarma despierta cuando todas esas prácticas se emplean para respaldar una jerarquía rígida en la que su valor depende de cuánto domina, cuánto posee, cuántas mujeres consigue o cuánto miedo inspira, incluso (o, sobre todo) a otros hombres.
El mensaje deja entonces de ser «cuida de ti» y se convierte en «vuélvete superior, imbatible». Y esa diferencia importa, porque el hombre inseguro se transforma en cliente perfecto: siempre habrá un defecto que corregir, una habilidad que comprar, un curso que completar, un cuerpo que perfeccionar, una supuesta regla que aprender… Su masculinidad se convierte en un proyecto interminable de optimización.
Quizá la mayor paradoja sea esta: muchos de estos personajes encuentran a sus futuros seguidores justo cuando esos hombres necesitan más ayuda: soledad, rechazo, vergüenza corporal, fracaso sentimental, dificultades para hacer amigos, miedo al futuro, incertidumbre económica, no saben expresar emociones… y ante esas carencias, buscan más herramientas de gestión.
Entonces el algoritmo los lleva a esa industria de contenidos que ofrece una explicación fácil y nada nueva: la culpa de sus malestares es de las mujeres, el feminismo, la sociedad que «emascula» al hombre (lo castra moralmente) y los convierte en machos «beta», segundones de una sexualidad que sólo valoriza al alfa.
Numerosas investigaciones sobre criterios y conductas de jóvenes que han transitado por esos espacios y se dejan permear por sus argumentos confirman la importancia de esa vulnerabilidad como puerta de entrada a la machosfera.
Para deconstruir milenios de marginación de género, no basta con decirle a un adolescente «¡No creas en esos conceptos retrógrados!». Hace falta enseñarle a amar(se) y conocer(se), a identificar con respeto la unicidad de cada experiencia y a disfrutar el potencial del cambio de paradigmas desde una invitación genuina a SER y sentir, más allá de etiquetas, manuales y prejuicios ya rancios.