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El sótano digital: un mapa de la machosfera y sus criaturas

Parece un espacio de autoayuda, pero al final el sustrato es siempre el mismo: una idea de la masculinidad construida en oposición a las mujeres —desde una constelación de foros, canales de YouTube, podcasts de Spotify, cuentas de TikTok e Instagram, grupos de Telegram…—, sobre la que debemos pensar y actuar

Autor:

Alejandra Cuadras Marrero

HABLEMOS de la machosfera (de «hombre» y «esfera»), ese ecosistema digital con sus propias reglas, su propia lengua, sus propios líderes y sus muchas víctimas. Y no me refiero solo a las mujeres, que son el blanco declarado de su resentimiento. Me refiero también a los millones de hombres jóvenes que se pierden dentro, que entran buscando respuestas y acaban atrapados en una narración que los devora.

La machosfera no es un lugar concreto. Es una constelación de foros, canales de YouTube, podcasts de Spotify, cuentas de TikTok e Instagram, grupos de Telegram, boletines de pago… Es un continuo de contenidos que se retroalimentan.

Parecen un espacio de autoayuda, pero al final el sustrato es siempre el mismo: una idea de la masculinidad construida en oposición a las mujeres. Una idea que no se sostiene sin un enemigo declarado, y ese enemigo es siempre ella:  la mujer moderna que no se calla, la que ya no obedece ni necesita un hombre para sentirse completa. La que, con su mera existencia, desmiente el mito de que tener un hombre es imprescindible.

Dentro de la machosfera conviven especies distintas, aunque todas comparten similar ADN cultural. Los incels, los gurús de la seducción, los coaches de masculinidad, los apóstoles de la «red pill».

Si hablamos de los incels (de celibato involuntario), hay quien los ve como un fenómeno nuevo. Es cierto que su lenguaje es distinto, sus códigos son herméticos y la radicalidad de su discurso asusta. Pero debajo es el mismo contrato de siempre, ese que lleva siglos estructurando la vida de hombres y mujeres: la idea de que los hombres son sujetos de deseo y las mujeres objetos que se conquistan, se poseen, se usan...  porque el acceso al cuerpo femenino es un derecho que se adquiere por el mero hecho de existir como varón.

Pero vivimos en una época extraña, un momento en el que ese contrato se ha resquebrajado. Las mujeres, al menos en los países occidentales, ya no necesitan un esposo para sobrevivir, no están obligadas a casarse, ya pueden elegir. Y esa libertad, que debería ser una celebración, ha dejado a una parte de los hombres completamente descolocados.

Lo más interesante es que estos «célibes involuntarios» son la prueba de lo profundo que cala el mensaje patriarcal. Porque lo que quieren es lo que las mujeres representan en el imaginario masculino: estatus, validación, prueba de virilidad. Quieren una mujer como se quiere un carro de lujo o un buen salario. Y como no la obtienen, se sienten fracasados.

Ese grupo heterogéneo, lo mismo llora en foros que fantasea con violaciones y asesinatos, y algunos de sus miembros han salido a la calle a matar y han dejado manifiestos de odio antes de apretar el gatillo. Los une una premisa: el sexo y el amor son un derecho que se les niega injustamente y las responsables de esa injusticia son las mujeres que eligen mal, además de los hombres atractivos, que acaparan todo.

La machosfera, en este sentido, es un sistema de captación cuyo temor principal es la libertad de las mujeres. Un embudo por el que entran chicos con preguntas legítimas (¿cómo hablo con una chica? ¿por qué me siento solo? ¿qué significa ser hombre hoy?) y salen convertidos en activistas del resentimiento.

Y ese miedo, en el fondo, es el motor de ese andamiaje. Todos comparten la misma incapacidad de relacionarse con una mujer como un igual. La de no aceptar que el deseo femenino es autónomo, impredecible, libre. La de no tolerar que una mujer diga «no».

Así que no: no se trata solo de chicos raros en internet. Se trata de una fábrica de subjetividades que produce hombres rotos, mujeres odiadas y una forma específica de entender las relaciones y la intimidad.

La pregunta es qué hacemos con todo esto. La respuesta no pasa por criminalizar a los que caen en la trampa. Pasa por entender que este ecosistema existe porque hay un vacío. Porque no hemos sabido ofrecer a los hombres jóvenes una masculinidad que no se base en la conquista, en la competencia, en la dominación. Porque no les hemos enseñado a desear sin poseer. Porque no les hemos dicho que la soledad no es una vergüenza, y que el rechazo no es una derrota.

En ese silencio de la sociedad, la machosfera ha encontrado su hueco y lo ha llenado de veneno.

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