El cerebro reacciona a las pérdidas afectivas con la activación de circuitos destinados a procesar el dolor, y puede hacerlo con mucha intensidad porque los vínculos afectivos son una necesidad humana y su carencia se interpreta como un peligro para la estabilidad
Si eres valiente para decir adiós, la vida te compensará con un nuevo ¡hola!
Paulo Coelho
Desde hace un par de años, el 29 de julio se promociona como Día Internacional del Mal de Amores, un malestar físico y emocional, ocasionado por las dificultades para vivir una relación de pareja armoniosa y estable con la persona elegida.
Sobre este tipo de situaciones hay sobrada evidencia desde hace milenios, tanto en las artes como en estudios filosóficos y científicos, y aun así mucha gente minimiza su efecto en la salud mental de los afectados.
Popularmente, se habla de mal de amores cuando una relación termina, un amor no es correspondido o una ilusión afectiva se rompe y al menos una de las partes vive ese proceso como un sufrimiento o una pérdida irreparable.
Quien ha pasado por un desamor sabe que no se trata solo de la tristeza o el ego herido. Muchas veces ese estado de ánimo se refleja en insomnio, pérdida del apetito, dificultad para concentrarse, ansiedad, vértigo y hasta dolores físicos.
Parece exagerado, pero en verdad el cerebro reacciona al rechazo y la pérdida afectiva con la activación de circuitos neuronales destinados a procesar el dolor, y puede hacerlo con mucha intensidad porque los vínculos afectivos son una necesidad humana y su carencia se interpreta como un peligro.
El enamoramiento activa en el cerebro circuitos relacionados con la recompensa, la motivación y el apego. Sustancias como la dopamina y la oxitocina participan en la sensación de bienestar y en la construcción del vínculo con la pareja. Cuando la relación amenaza con terminar (o lo hace realmente), el cerebro debe adaptarse a una pérdida importante y ese reajuste puede sentirse como un auténtico síndrome de abstinencia emocional.
Estudios de neuroimagen han encontrado que, durante el duelo por una ruptura, se modifican patrones de actividad en regiones cerebrales implicadas en el procesamiento de las emociones, el dolor y la regulación emocional. Por ende, el sufrimiento amoroso no es querer estar triste, sino una experiencia que afecta tanto a la mente como al cuerpo.
La pareja (real o potencial) deviene fuente de bienestar y seguridad que se reafirman con un sinnúmero de rutinas compartidas. Cuando el vínculo desaparece, el organismo necesita tiempo para asimilar esa ausencia y procesar el duelo, como ocurre con otras pérdidas significativas. De hecho, una ruptura puede acarrear la renuncia a un proyecto de vida ya encaminado: hogar, hijos, negocios, empleos, amistades comunes… Todas las expectativas y rutinas deben ser modificadas y eso implica reconfigurar el escenario y recuperar una identidad desligada de los sueños comunes.
La intensidad del dolor varía según el tipo y duración de la relación, la forma en que terminó (infidelidad, violencia, abandono, hastío…), la historia personal de cada quien y la red de apoyo disponible.
En cada desilusión amorosa la recuperación transcurre a su propio ritmo y no tiene caso compararse con otras personas, ni siquiera con experiencias previas. Intentar cumplir estándares solo añade presión y aumenta el daño sicológico.
No existe una fórmula mágica para superar el mal de amores, pero hay rutinas saludables que pueden compartirse para que cada quien reflexione sobre ellas. Lo primero es aceptar que sí nos duele y dejar de ocultar(nos) ese desasosiego. Pretender fortaleza o bloquear la tristeza suele retrasar el proceso de sanación. Llorar, sentir enojo o experimentar nostalgia son respuestas normales durante el duelo.
Es totalmente lícito sentir tristeza, enojo, decepción o confusión; tener recaídas e intentar resolver el desacuerdo, a veces, incluso, a costa de la dignidad o la seguridad propia, en especial si el contacto con la otra persona es, en apariencia, inevitable.
Por lo general, ayuda tomar distancia durante las primeras semanas, tanto física como virtual. Si caes en la trampa de revisar las redes sociales de tu expareja, mantenerte al tanto de su nueva vida o provocar conversaciones ambiguas puede dificultar el cierre emocional.
No se trata de actuar desde el resentimiento, sino de crear el espacio necesario para que la mente deje de girar alrededor de esa relación y se reconstruya a sí misma como un ente completo y capaz de amar.
También es importante restablecer las rutinas personales saludables: dormir lo suficiente, hacer ejercicio, alimentarse bien y mantener contacto con amistades y familiares que te saquen sanamente del dolor.
Como se trata de un desafío emocional, tienes que fortalecer tus recursos emocionales para enfrentarlo. Por eso ayuda retomar o iniciar actividades placenteras, trazar nuevos retos y balancear el tiempo ocupado con la reflexión honesta sobre tus sentimientos para darles el lugar que merecen en tu vida: ni menos ni más.
Si te sorprendes idealizando a tu expareja no pasa nada: es una reacción automática que está bien observar y dejar ir, como si se tratara de una serie que te atrapó mucho, pero igual tuvo su capítulo final.
Una persona madura no intenta borrar su pasado, porque no es justo consigo misma y además porque corre el riesgo de repetir errores con la siguiente pareja. Lo ideal es recordar lo positivo y lo insuficiente de manera equilibrada, y responder a la inevitable nostalgia con una sonrisa de aceptación.
La red de apoyo marca una diferencia importante. Compartir lo que ocurre con amistades o familiares disminuye la sensación de aislamiento y ofrece perspectivas distintas. Puede ser alguien de mucha confianza, en una consulta profesional o con personas totalmente ajenas y por ende imparciales.
Sin embargo, no tiene sentido ir por ahí contando lo mismo una y otra vez, aferrándose a lo que fue o lo que pudo ser, y dejar que la vida te pase sin vivirla en presente.
Hacer del sufrimiento un vicio es contraproducente, y a la larga desvirtúa tu capacidad de amar, contaminándola con apego tóxico y búsqueda de atención mediante la lástima, una conducta que puede volverse adictiva e interferir con el trabajo, los estudios o la vida cotidiana.
Ante episodios de depresión crónica, desesperanza intensa o pensamientos autolesivos, buscar apoyo profesional no es señal de debilidad, sino el ejercicio del derecho a cuidar la propia salud mental.
La terapia resulta eficaz para manejar pensamientos repetitivos, culpa excesiva o dificultades para retomar la vida cotidiana. Un artículo de este año en la revista Psychotherapy resalta la pertinencia de resignificar la ruptura, fortalecer la regulación emocional y favorecer el crecimiento personal después de una separación.
Superar un mal de amores significa integrar esas vivencias, aprender de ellas y desarrollar herramientas para construir nuevos vínculos. Muchas veces resulta que esa ruptura, por dolorosa que haya sido, fue una oportunidad para conocerse mejor, redefinir prioridades y fortalecer el amor propio.
Muchas personas descubren, con el paso del tiempo, aspectos de sí mismas que habían quedado relegados durante la relación. Recuperan amistades, desarrollan nuevos intereses, redefinen sus prioridades o aprenden a establecer límites más saludables en futuros vínculos.
El mal de amores puede sentirse devastador, pero no es permanente. Como cualquier proceso de duelo, suele disminuir conforme el cerebro, las emociones y la vida cotidiana encuentran una nueva estabilidad.
No se trata de negar el dolor o menospreciar la ilusión, sino de sanar tu pasado para mirar hacia el futuro con optimismo. Después de todo, el corazón puede «romperse», pero tiene también una extraordinaria capacidad para sanar.