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Geraisitas: el vidrio del caos en Brasil

Científicos descubren el primer campo de tectitas en el gigante sudamericano, testimonio de un impacto catastrófico sobre la Tierra hace 6,3 millones de años, que abre el camino para comprender eventos futuros de esta índole

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

Millones de «lágrimas de vidrio» están esparcidas por nuestro planeta. Son pequeñísimas rocas que los científicos llaman tectitas, un testimonio de los impactos cósmicos que han asolado a nuestra casa azul a lo largo de su existencia.

El más reciente de estos hallazgos se encuentra en Brasil y se suma a otros previamente definidos, aunque en este caso tiene características que lo hacen único.

De confirmar el campo de dispersión de tectitas que ahora nos ocupa se encargó un equipo internacional de científicos brasileños. Este material vítreo es el producto de un impacto cósmico masivo ocurrido hace aproximadamente 6,3 millones de años, que esparció fragmentos sobre una superficie que hoy abarca tres estados del gigante sudamericano.

El descubrimiento expande el catálogo global de estos raros objetos y, a la vez, revela un evento catastrófico oculto en la historia geológica del continente.

El misterio de las geraisitas

Las tectitas representan uno de los materiales más inusuales de la corteza terrestre. Según explica la Universidad de Texas en su Museo de Historia de la Tierra, estos objetos son vidrios naturales ricos en sílice que resultan de la fusión instantánea de rocas tras el choque de un gran meteorito. En el caso brasileño, los fragmentos han sido bautizados como «geraisitas», en honor al estado de Minas Gerais, sitio de los primeros hallazgos.

De acuerdo con el estudio liderado por el geólogo Álvaro Penteado Crósta, de la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp), y publicado en la revista Geology, los investigadores han recolectado más de 600 especímenes de geriasitas hasta la fecha. Aunque el área inicial de búsqueda abarcó 90 kilómetros, las expediciones más recientes extendieron el campo de dispersión a más de 900 kilómetros de longitud. Esta franja atraviesa regiones de Minas Gerais, Bahía y Piauí.

Como señala el profesor Crósta en un comunicado de la Agencia Fapesp, este crecimiento en el área de ocurrencia guarda total coherencia con lo que la ciencia observa en otros campos de tectitas del mundo. La energía del impacto determina directamente el tamaño de la zona de dispersión.

Un vidrio hijo del caos

Las geraisitas poseen características físicas que narran su violento origen. Según el reporte detallado de ScienceDaily, estos fragmentos presentan tamaños que oscilan entre uno y más de 85 gramos de peso. Sus formas son variadas: esferas, elipsoides, gotas, discos y mancuernas. Dicha morfología aerodinámica indica que el material fundido viajó a través de la atmósfera a velocidades extremas antes de solidificarse.

A simple vista, las geraisitas brasileñas lucen negras y opacas. Sin embargo, bajo una luz intensa revelan una transparencia de tono verde grisáceo. Su superficie muestra pequeñas cavidades: rastros de burbujas de gas que escaparon durante el enfriamiento rápido del material fundido.

La composición química de estos objetos ofrece la prueba definitiva de su origen. Los análisis de laboratorio demuestran un contenido de sílice de hasta el 73 por ciento y un bajísimo contenido de agua, dato fundamental que distingue a las tectitas de los vidrios volcánicos, como la obsidiana. Según este criterio científico, el calor extremo del impacto vaporizó casi todos los componentes volátiles de la roca original.

Detalle de la capa de tectitas de Gorgonilla. Foto: El Mundo

En búsqueda del cráter perdido

A pesar de la abundancia de geraisitas y de lo abarcador del área donde pueden ser encontradas, el cráter principal del impacto cósmico todavía permanece oculto. Este fenómeno no sorprende a la comunidad geológica. Como indica el portal Space.com, solo tres de los seis grandes campos de tectitas conocidos en la Tierra poseen un cráter identificado. El campo de Australasia, el más grande del planeta, todavía mantiene a los científicos en la búsqueda de su punto de origen exacto.

En Brasil, la geoquímica isotópica señala que el material fundido proviene de una corteza continental antigua, de entre 3 000 y 3 300 millones de años. Este dato dirige todas las miradas hacia el Cratón de San Francisco, una de las estructuras geológicas más estables y viejas de Sudamérica. El profesor Crósta sostiene que la firma isotópica reduce drásticamente el universo de áreas candidatas para albergar el cráter. En el futuro, los métodos aerogeofísicos, como levantamientos magnéticos y gravimétricos, podrían revelar anomalías circulares vinculadas con una estructura sepultada o erosionada. O sea, el desaparecido cráter.

Entretanto, la datación mediante la relación de isótopos de argón sitúa el impacto en unos 6,3 millones de años atrás, hacia el final de la época del Mioceno. Este período coincide con importantes transformaciones climáticas y geomorfológicas en el continente. El volumen de material fundido y la extensión de su dispersión sugieren que el objeto que golpeó la Tierra no era pequeño.

De acuerdo con el Tratado Integral sobre la Naturaleza de las Tectitas, el choque liberó una energía equivalente a miles de bombas nucleares. Fue un impacto que fundió el suelo a temperaturas que superaron los mil 700 grados Celsius.

Las geraisitas contienen inclusiones raras de lechatelierita, un vidrio de sílice pura que solo se forma bajo condiciones de presión y calor imposibles de alcanzar en procesos terrestres convencionales.

El sexto campo

Antes de este hallazgo, la ciencia solo reconocía cinco campos principales de tectitas en el mundo: Australasia, Europa Central, Costa de Marfil, América del Norte y Belice.

La importancia de las geraisitas trasciende lo geológico, pues estos objetos sirven como cronómetros perfectos para fechar estratos sedimentarios. Además, el hallazgo llena un vacío crítico en el registro de impactos de Sudamérica, donde las estructuras conocidas son escasas y mucho más antiguas, como el Domo de Araguainha, que supera los 250 millones de años.

La investigación sobre las tectitas brasileñas también apoya los esfuerzos de defensa planetaria. El profesor Crósta lidera iniciativas de divulgación científica para diferenciar los riesgos reales de asteroides de las especulaciones irresponsables. Aunque hoy el sistema solar goza de estabilidad, el estudio de impactos pasados permite mejorar los modelos de predicción y comprender la frecuencia de estos eventos.

Así, grupos de geólogos de Unicamp e instituciones internacionales ya planean las siguientes fases de la investigación. El objetivo inmediato es mapear más muestras para estimar la trayectoria de eyección y modelar el eje de dispersión.

Si logran localizar el cráter, Brasil podría albergar uno de los sitios de estudio de impactos cósmicos más importantes del mundo, similar al cráter de Chicxulub, en México.

Recreación de la colisión del meteorito de Chicxulub y la expulsión de las tectitas. Imagen tomada de El Mundo

Este descubrimiento refuerza la idea de que las tectitas son más comunes de lo que se pensaba, aunque a menudo pasan desapercibidas o la gente las confunde con vidrio ordinario, según indica Universe Today. El hallazgo de las geraisitas marca el comienzo de una nueva era para las geociencias en Brasil y promete rescribir parte de la historia natural del Cono Sur.

Este campo de vidrios cósmicos es, en última instancia, la cicatriz de un evento catastrófico que moldeó el paisaje brasileño mucho antes de la aparición de nuestra especie. Cada pieza de geraisita recolectada en los campos de Minas Gerais cuenta la historia de un segundo en el que el cielo cayó sobre la Tierra y transformó la roca sólida en lluvia de cristal.

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