Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Muertes lentas en la ciudad

Autor:

Osviel Castro Medel

 

Primero le arrancaron la espalda, luego los muslos, después todo el cuerpo hasta que lo desaparecieron. Así murió aquel primer banco en el parque bayamés Armando Mestre, que antaño fue orgullo de la Ciudad Monumento.

Así, lentamente, en ese propio lugar, parecen fenecer otros «hermanos», que hoy lucen mutilados, heridos, rotos.

Me quedo mirando esos espacios vacíos y no termino de entender quién se lleva un banco entero, ni para qué, ni cómo es posible que nadie, absolutamente nadie, haya visto tales despojos.

Me quedo pensando también en que no resulta un hecho aislado ni mucho menos casual. Es la manifestación de un fenómeno que ha ido creciendo en silencio y que, como una plaga no contenida, se ha extendido a otros rincones de mi ciudad y mi país.

Hace unos días, al visitar la clínica de especialidades médicas de Granma, actual centro ambulatorio del hospital Carlos Manuel de Céspedes —que la mayoría llama «El Pediátrico»— vi, sorprendido, cómo le habían llevado metros y metros a la cerca metálica exterior. No dos, no tres.

Y no olvido el robo de cables que dejó a oscuras el parque del llamado Prado bayamés, o la «extracción» de las ruedas y las tapas de varios contenedores de la basura en la propia ciudad, o el hurto de breakers (nombrados chucos o cataos, según la región de Cuba) en el barrio Micro V, o el saqueo del tendido eléctrico en uno de los edificios del reparto El Golfo, o...

Párrafo aparte merece la tristemente célebre sustracción de aceite de los transformadores, que ha dejado a comunidades enteras, días y días, sin electricidad en otras regiones de nuestro Archipiélago.

Lo peor de todos estos hechos es que, poco a poco, sin darnos cuenta acaso, hemos ido aceptando que los espacios públicos se desgasten, que nuestros sitios se desarmen pieza por pieza, que lo que era de todos pase a ser de nadie, o peor, de quienes se lo llevan bajo el manto de la noche... o del día.

Y esa aceptación, esa normalización de lo anormal, quizá, sea el síntoma más peligroso, porque cuando la ciudadanía se acostumbra a que le roben los bancos, las cercas, los cables, los cestos y más, comienza a renunciar al famoso sentido de pertenencia, a uno de sus derechos, al orden.

Los apagones largos y recurrentes facilitan estos actos, claro. Pero no debería ser una justificación para callarse. La noche no roba; la noche es apenas un manto, porque el que roba es el ser humano.

Hay quienes ven en estos sucesos lamentables la mano de la necesidad, de la desesperación, de la crisis que tanto nos azota. No podemos ignorar tales factores, aunque muy mal estaríamos si solo miramos ese lado del problema y terminamos cruzándonos de brazos. 

¿La culpa es solo de los que delinquen? ¿Cuántos ven el hecho execrable y ni siquiera se alarman? Esas interrogantes tal vez nos lleven a concluir que cuando un banco desaparece y nadie pregunta, cuando una cerca es arrancada y nadie reclama, los llamados «factores» están empezando a fallar, o ya fallaron por completo.

Al final, hacen falta medidas que pesen, castigos que no se queden en el papel, sanciones ejemplarizantes que disuadan, que muestren que el saqueo no puede ser un negocio rentable, sino una afrenta que requiere mano dura. En cualquier sociedad la impunidad se convierte en el mejor aliado del delito, y mientras no haya consecuencias reales, puede que estos tipos de saqueos sigan golpeándonos.

El día en que nos quedemos con mucho menos de lo que tenemos —no solo en lo físico— y nos preguntemos qué pasó, la respuesta estará en todos esos agujeros que dejamos sin llenar, en las veces en que miramos hacia otro lado, en todos los momentos en que aceptamos lo inaceptable. Y entonces será demasiado tarde para lamentos.

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