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La cirugía es un arte

Cada mañana, cuando se pone el uniforme, Lismary renueva el sueño que la llevó hasta el quirófano: demostrar que la juventud no es un obstáculo cuando hay preparación, entrega y amor por lo que se hace

Lismary Martínez Valdés dirige el servicio de Neurocirugía del Instituto de Neurología y Neurocirugía, en La Habana. Asumió esa responsabilidad con 31 años; hoy tiene 33. Lo cuenta sin grandilocuencia: ha sido un desafío enorme, pero también ha implicado compartir las dificultades de todos los cubanos en una especialidad que demanda tecnología, tiempo y sacrificio. Cuando los apagones impiden descansar bien, al día siguiente debe levantarse con igual energía y ánimo para atender a los enfermos y ofrecerles lo mejor.
 
Considera que su labor tiene un impacto social profundo. Por eso, aun en medio de carencias, se esfuerza para que quienes atiende mejoren y para que la neurocirugía que aprendió desde joven conserve los principios recibidos y esté a la altura de la que se practica en el mundo, pese a las circunstancias más difíciles.
 
Antes de entrar al quirófano, se pone en el lugar de quien llega al hospital buscando atención. Procura darle dignidad, elegir lo mejor para él y cuidar cada detalle, porque esta disciplina exige gran precisión y rigor: un descuido puede traducirse en un mal resultado quirúrgico. Por eso son exquisitos desde que comienzan la intervención hasta que cierran el último punto de la piel. Cada cirugía es un desafío en vivo, para el que no existe preparación completa; surgen cosas en el momento y hay que decidir lo mejor para la persona. Han tenido complicaciones, aunque casi siempre están preparados porque estudian qué puede ocurrir según la patología. Ella lo resume así: el libro es diferente a la vida; la vida es real. Y cuando algo se complica, buscan salir de la mejor manera para que el enfermo conserve la mejor calidad de vida posible.
 
Sí ponen música mientras trabajan. Gozan lo que hacen. Lismary ve la cirugía como el arte para el cual se prepararon durante la residencia, y aprecia cada detalle: el neurocirujano disfruta desde el inicio hasta el final. No lo llama fiesta, porque restaría seriedad, pero sí disfrute: la música contrarresta el estrés con que deben tomar decisiones y trabajar de forma planificada en el quirófano.
 
¿Quién es cuando no está allí? Una muchacha normal, una cubana más que sufre las carencias y problemas del día a día, pero que cada mañana se viste de médico para llegar y dar lo mejor a sus pacientes.
 
Su sueño nació en el preuniversitario, en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Mártires de Humboldt 7. Allí los muchachos solían prepararse para cibernética o ingeniería automática, profesiones de mucho estudio y sacrificio. Cuando decía que quería ser médico, le preguntaban por qué estaba en ese centro si podía estudiar Medicina en un preuniversitario normal. Ella respondía: «Sí, pero yo voy a ser neurocirujana». Lo soñaba desde entonces. Recuerda a un compañero cuyo padre trabajaba aquí, era neurocirujano. Ella imaginaba entrar al quirófano, atender patologías neuroquirúrgicas y operar el cerebro; para ella era lo más grande.
 
Piensa que tuvo oportunidad y suerte. La especialidad no llegaba como vía directa; incluso como alumna ayudante, muchas veces no se podía llegar a ser neurocirujano. En quinto año de Medicina, en 2015, se estableció el internado vertical. Optó por el de Neurocirugía y comenzó en este instituto en septiembre de ese año. Fue interna y, tras graduarse de médico, inició la residencia aquí. Fue una etapa de estrés, estudio, preparación y sacrificio. Aprendió junto a muchísimos profesores que hoy forman parte de lo que es y de lo que sabe. En 2021 se graduó como neurocirujana. El desafío fue grande: asumió patologías complejas que en un contexto habitual no asume un recién graduado. Dos años después, ya tenía la jefatura del servicio. Aunque le queda mucho por avanzar y aprender, el balance resulta significativo.
 
Desde que se graduó se ha dedicado a la cirugía compleja de base de cráneo, junto al profesor Orestes López Piloto, director del Instituto de Neurología y Neurocirugía. Forman equipos quirúrgicos y atienden a quienes presentan patologías severas que requieren vía endoscópica. A ellos llegan pacientes de cualquier parte del país, de distintas provincias, y también han operado extranjeros en la atención médica internacional. Son experiencias que quedan en la memoria y en la historia, trascendentales en su vida. En cinco años, ha sido una etapa retadora.
 
Cada mañana, cuando se pone el uniforme, renueva el sueño que la llevó hasta el quirófano: demostrar que la juventud no es un obstáculo cuando hay preparación, entrega y amor por lo que se hace. Su meta no es otra que seguir formándose, acompañar a quienes confían en sus manos y aportar a una especialidad que en Cuba resiste con talento y vocación.

 

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