Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las barras y las estrellas se beben el tequila en tres sorbos

Errores y expulsiones matizaron el primer tropiezo de Rafa Márquez como seleccionador mexicano

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

El State Farm Stadium, un rincón de Arizona que durante años ha sido una extensión del Azteca, se transformó por una noche en un patíbulo vestido de rojo, blanco y azul. Mauricio Pochettino, el hombre que días antes había confesado su amor por el tequila añejo y cristalino en una charla con Héctor Moreno, se bebió el partido en tres tragos. Y de paso, se bebió también la noche mexicana. Estados Unidos goleó 3-0 a México en el clásico de Concacaf, y lo hizo con la frialdad de quien sabe que su rival, más que un adversario, por momentos parece un paciente en terapia intensiva. 

Rafa Márquez vivió su primera derrota como seleccionador y lo hizo de la peor manera posible: con errores infantiles, con una expulsión evitable y con la sensación de que el abismo entre ambas selecciones ya no se mide en nombres ni en historia, sino en pragmatismo y eficacia. México comenzó mejor. Santiago Giménez tuvo dos ocasiones claras, la segunda con la portería abierta tras un rebote de Diego Kochen, pero el delantero del Porto envió el balón a la luna. Y cuando el Tricolor parecía tener el control, llegó el primer regalo.

Raúl 'Tala' Rangel, el portero de Chivas, salió a atajar un centro de Gio Reyna que parecía inofensivo y dejó el balón muerto dentro del área. Julian Hall, un chico de solo 18 años que juega en los New York Red Bulls, apareció sin marca y empujó el 1-0 al minuto 28. Era su tercer partido con la selección absoluta y su tercer gol. La pesadilla apenas comenzaba. El primer sorbo de tequila había sido dado

En el segundo tiempo, México ajustó, emparejó el juego y hasta tuvo un disparo de Roberto Alvarado que Kochen desvió con solvencia. Pero entonces, en el minuto 63, Rangel intentó salir jugando con un pase corto que se convirtió en una asistencia perfecta para Cavan Sullivan. El chico de 17 años, la joya de las inferiores del Philadelphia Union, interceptó el balón, levantó la cabeza y con una delicadeza de veterano picó la pelota sobre el arquero mexicano. Era el 2-0, el gol número 1 de una carrera que apenas comienza, el segundo sorbo a la botella de tequila. Sullivan se convirtió en el futbolista más joven en anotar con la selección estadounidense. El estadio, que hasta entonces había estado mayoritariamente vestido de verde, empezó a teñirse de silencio.

Tres minutos después, Mateo Chávez perdió la cabeza. Tras una entrada fuerte, Sebastian Berhalter se acercó a reclamarle y el defensa mexicano, con la frustración acumulada de una noche desastrosa, le propinó un manotazo en el rostro. El árbitro hondureño Selvin Brown no dudó: roja directa. México se quedaba con diez. Y con diez, el muro se desmoronó.

En el minuto 85, un error de comunicación entre Diego Campillo y Álvaro Fidalgo dejó el balón a merced de Malik Tillman, el héroe del Mundial, que con la frialdad de un verdugo firmó el 3-0 definitivo. El State Farm Stadium, que había rugido con cada despeje mexicano, se vació. Los aficionados vestidos de verde abandonaron las gradas en estampida, y los pocos que se quedaron tuvieron que escuchar el eco de una goleada que dolía como una traición. El último trago de tequila había sido dado.

Pochettino que había dicho que la rivalidad con México le daba lo mismo, sonrió desde la banda. Estados Unidos sumaba su tercera victoria en tres partidos desde el Mundial, todas con portería a cero. México, en cambio, acumulaba su tercer partido sin ganar en el ciclo Márquez: dos empates y ahora una goleada que dolía más que las otras dos juntas. Es el tercer 3-0 que Estados Unidos le propina a México en lo que va de siglo, después del uno en el año 2000 y el de 2023 que sentenció a Diego Cocca.

Las barras y las estrellas se bebieron todo el tequila. Y México, que había llegado a Arizona con la ilusión de un nuevo comienzo, se marchó con la resaca de una realidad que duele: la distancia entre ambos equipos ya no se mide en goles, sino en proyectos. Estados Unidos tiene una generación dorada que empieza a dar frutos. México sigue buscando su identidad en un laberinto de errores, recambios y promesas rotas. El martes, ante Chile en Los Ángeles, Márquez tendrá la oportunidad de levantar la cabeza. Pero la herida de Glendale tardará en cerrar.

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