Aunque el título de este comentario parece tomado de una prensa amarillista, la realidad es que el jefe del Departamento de Estado estadounidense, el mitómano Marco Rubio, ha desarrollado una obsesión diabólica con el objetivo de derrocar al Gobierno cubano.
Con su odio ancestral contra La Habana, Rubio, que se convirtió de la noche a la mañana en el perro faldero del convicto presidente Donald Trump, anuncia casi todas las semanas una nueva ronda de extorsiones, llamadas eufemísticamente «sanciones». La última estuvo dirigida a los sectores financiero, minero-metalúrgico y energético.
La ofensiva de Washington y su Departamento de Estado después de las Órdenes Ejecutivas del 29 de enero y el primero de mayo de este año incluyen «sanciones» a 40 entidades y 38 personas, así como el freno internacional al programa cubano de asistencia médica, la difusión de falsas noticias sobre violaciones de derechos humanos y redes de espionaje.
Un comentario aparecido en el diario mexicano La Jornada señala que Rubio se jactó en un comunicado de que «estas designaciones reflejan la visión inquebrantable del presidente Trump de una Cuba libre». El Departamento a su cargo volvió a reforzar su publicidad macartista, como en las décadas de 1940 y 1950, cuando en Hollywood se perseguía a actores, directores y guionistas.
Charles Chaplin, Orson Welles y Dalton Trumbo fueron colocados en las listas negras de la época. Hoy sería un fenómeno irrepetible en la industria del cine porque la mayoría de sus integrantes están en contra del magnate que gobierna. Pero Rubio ve comunistas a los que atacar por todos lados, sobre todo en Cuba.
Lo cierto es que la dictadura implantada en Estados Unidos tras la llegada al poder de una élite millonaria y neofascista, no puede permitir que en la región de Latinoamérica prevalezca el modelo de un pequeño Archipiélago que ha brindado en las últimas décadas su apoyo desinteresado a naciones que han padecido desastres naturales o enfermedades, pese a sufrir un ilegal bloqueo económico, comercial y financiero que ya dura más de 60 años.
Ese paradigma de Cuba es el que quieren destruir por cualquier vía, por eso intentan cercar y matar a su pueblo por inanición, como trató de hacer el entonces Capitán General español Valeriano Weyler al implantar los campos de concentración contra la población cubana para impedir la ayuda a los heroicos mambises, acción que provocó la muerte por hambre y enfermedades a más de 200 000 civiles entre 1896 y 1898.
Recordemos cómo el 6 de abril de 1960 Estados Unidos dejó por escrito los fundamentos de su genocida política contra Cuba, cuando el entonces vicesecretario de Estado, Lester D. Mallory, definía la filosofía del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto meses después de forma unilateral:
«La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… Hay que emplear todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo mas habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirles sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y derrocamiento del Gobierno».
Pero si en aquella ocasión el genocida memorando era secreto, ahora las intenciones de la administración de Trump y su canciller son abierta e inescrupulosamente declaradas. Tan es así que en una entrevista con el derechista medio Axios, Rubio afirmó que «cada vez que crean un nuevo mecanismo para intentar escapar de la soga, simplemente se la cerramos más».
El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, al presentar ante la prensa el Informe de Cuba sobre las afectaciones del bloqueo impuesto por Estados Unidos, calificó la política estadounidense como un acto de castigo colectivo contra el pueblo con afectaciones crecientes que abarcan la alimentación, la electricidad, el agua, la salud, la educación, el transporte y las condiciones de vida de las familias.
Los daños acumulados desde la puesta en vigor de esa política de asfixia ascienden a más de 178 700 millones de dólares, un 4,7 por ciento más que lo informado en el reporte previo. Asimismo, entre el 1ro. de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026, el entramado de medidas coercitivas unilaterales y restricciones de Washington provocó a Cuba perjuicios por más de 8 083 millones de dólares, una cifra récord.
Como una pequeña ilustración del siniestro personaje que dirige el Departamento de Estado, este ejemplo es aleccionador. En 2016, durante la campaña presidencial en que se enfrentaron Trump y Rubio, este último declaró que Trump era un estafador. Es peligroso y errático. No está preparado para ser presidente. No podemos confiarle nuestras armas nucleares. Su historial empresarial demuestra que se aprovecha de las personas.
Sin embargo, en 2026, ya como secretario de Estado dijo: Trump es un presidente que busca la paz a través de la fuerza. Prefiere las soluciones diplomáticas antes que los conflictos militares. Ha invertido un enorme capital político para terminar guerras, como la de Ucrania.
Sin ningún pudor, el mitómano también cambia su piel como lo hace un camaleón. Evalúelo usted mismo, estimado lector.