La prevención de infecciones de transmisión sexual (ITS) entre jóvenes no es asunto menor ni una advertencia rutinaria: es una urgencia de salud pública y también un desafío educativo, familiar y social.
En Cienfuegos se habla de un aumento reciente de su prevalencia, en especial de la sífilis, una señal que obliga a mirar con seriedad lo que está ocurriendo en la vida cotidiana de las nuevas generaciones.
Durante mucho tiempo se ha repetido, con razón, que la juventud es una etapa de descubrimiento, experimentación y libertad en construcción; sin embargo, esa autonomía en la búsqueda del placer solo es verdadera cuando va acompañada de información, responsabilidad y protección.
En ese punto fallamos demasiado a menudo: por silencios en la familia, por vacíos en la escuela, por mensajes confusos en las redes sociales y por la falsa idea de que «no es probable que me ocurra a mí. ¿Por qué me tiene que tocar?».
La realidad, en contrapartida, desmonta cualquier optimismo ingenuo: las ITS no distinguen edad, barrio, nivel de estudios o aparente madurez.
El incremento de estas enfermedades en edades tempranas revela algo más profundo que un problema sanitario. Habla de una educación sexual que todavía no gana todos los espacios, y de una comunicación familiar que a veces llega tarde, o no llega.
Habla también de prácticas de riesgo que se normalizan con demasiada facilidad y, sobre todo, de una generación que merece mejores herramientas para decidir sobre su propio cuerpo, su salud y su futuro.
Prevenir no puede reducirse a repartir consejos desde una tarima. Prevenir es conversar sin prejuicios, explicar con claridad, insistir en el uso del condón, promover chequeos médicos oportunos y enseñar que cuidarse no resta independencia, sino que la fortalece, cuando lo biológico se combina con lo afectivo en la educación.
Prevenir es entender que una relación responsable no se mide solo por el afecto o la confianza, sino también por la capacidad de protegerse mutuamente. Es asumir que el respeto por la vida comienza por el respeto a uno mismo.
La sífilis, que hoy preocupa por su alza, es un ejemplo de cuánto daño puede causar la subestimación de estas infecciones. Su avance demuestra que no basta con saber que existe: hay que actuar a tiempo, consultar al médico, seguir el tratamiento y cortar las cadenas de transmisión.
Cada diagnóstico tardío, cada descuido, cada falsa seguridad abre la puerta a complicaciones que pudieron evitarse. Por eso el combate no se gana solo en los consultorios: empieza mucho antes, en la escuela, en la casa, en la conversación honesta y en la formación de hábitos responsables desde edades tempranas.
A los jóvenes hay que hablarles sin alarmismo, pero sin suavizar la realidad. Tienen derecho a disfrutar su edad, sí, pero también a recibir información basada en evidencia científica, franca y útil.
La prevención de las ITS no debería presentarse como una prohibición del disfrute, sino como una forma de proteger proyectos de vida y evitar sufrimientos innecesarios, lo que equivale a defender la salud como patrimonio personal y colectivo.
Si algo deja claro el aumento de estos contagios es que no basta confiar en la buena voluntad o la suerte. Hace falta fomentar una cultura de cuidado para entrar con las herramientas necesarias a la vida sexual activa.
Y esa cultura no se improvisa: se construye con educación, responsabilidad y una mirada adulta, sin pretensiones adultocentristas, de la realidad que viven nuestros jóvenes.