La protesta No Kings de marzo pasado en Times Square de Nueva York. Autor: Getty Images Publicado: 04/07/2026 | 10:27 pm
Con la obsoleta y vetusta retórica del macartismo y la guerra fría, el presidente Donald Trump anticipó, en la noche víspera del aniversario 250 de Estados Unidos, su mensaje a una nación más polarizada que nunca antes en su historia desde la Guerra de Secesión, y mucho le debe esa desunión a sus políticas extremas, xenófobas, racistas, discriminatorias y belicistas.
Volvió a arremeter contra la «amenaza del comunismo», como hizo en días recientes, y, contradictoriamente, abogó por el dominio de un solo partido en EE. UU. para el siglo venidero, el que ha hecho suyo, el Republicano.
Pronunció su discurso desde el Monte Rushmore, en Dakota del Sur, donde pretende unir su rostro a las imágenes talladas en la montaña del primer presidente George Washington, Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de Independencia; Abraham Lincoln, quien abolió la esclavitud, y Theodore Roosevelt, quien proyectó al mundo el poder militar estadounidense.
En su obsesión apuntó: «Estados Unidos nunca será un país comunista», y asoció la aseveración a lo que pretende en este 2026, donde se le presenta un panorama sombrío por más que trate de ocultar los problemas domésticos y de política exterior: «Solo podemos perder las elecciones de mitad de mandato si permitimos que eso suceda, si actuamos con insensatez, estupidez y falta de juicio. Pero si eliminamos el filibusterismo, como deberíamos hacer, y votamos de inmediato a favor de la ley SAVE America, entonces no perderemos ninguna elección en cien años».
Ese «comunismo» no es más que el llamado progresismo socialista o ala izquierda en el Partido Demócrata, de quienes dijo, hace una semana, en la conferencia de Faith and Freedom Coalition: «¡Son animales! En muchos casos no son inteligentes, pero en otros sí lo son. Les resulta fácil conseguir seguidores porque hacen promesas que saben que no pueden cumplir, y los “Dumócratas” no contratacan. En muchos aspectos, les permiten seguir su propio camino. Temen perder las elecciones, temen el conflicto. No son lo suficientemente inteligentes ni firmes para combatir esta plaga».
Por ese camino de intolerancia ignara quiere Trump que marchen los ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, las manifestaciones de este 2026 han sido un rotundo no a su enfermizo autoritarismo y representatividad de la oligarquía, en rechazo a una administración desvergonzadamente corrupta. Las multitudinarias movilizaciones No Kings (No a los Reyes) han expresado un criterio bien diferente al del trumpismo sobre la democracia y lo que debe ser el poder del pueblo.
Un pueblo que paga guerras que no quiere, cuando necesita viviendas accesibles, atención médica para todos, educación de calidad, menos violencia en sus calles y facturas de sus necesidades básicas que no los dejen endeudados…
Ni la naturaleza —cuyo cambio climático también niega—, ha querido acompañarlo en este caótico presente de odios divisivos y artilugios anticomunistas para enmascarar sus fracasadas políticas.
El sábado 4 de julio de 2026 el calor se excedió. Los termómetros marcaron 38-40 grados y sensaciones térmicas de hasta 46. Como resultado de tan feroz canícula se suspendieron eventos masivos de la celebración nacional, festivales, exposiciones, conciertos, hasta el maravilloso y gran desfile en Washington D.C. y festejos diurnos en la emblemática Filadelfia.
Supongo que la noche le refrescó el ambiente y mejoró el tiempo para su gran espectáculo de sobrevuelos militares y fuegos artificiales que adornarían su discurso a la nación, ante una concurrencia que esperaba millonaria para romper el récord Guinness en su «Salute to America 250». A lo mejor lo logra y, por fin, gana en algo…
