Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Lo nuestro es inolvidable

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Hace unas horas concluyó Halloween, la fiesta cuyo origen pocas personas —según constaté al azar— en nuestro país conocen. Sí saben que en el mundo se celebra y por ello, pululan las calabazas decoradas, los símbolos oscuros para recrear ambientes de terror y misterio con el ánimo de divertirse y que los más pequeños tocan puertas a la espera de caramelos.

‎‎A Cuba llega, producto de la globalización cultural y porque como sabemos, la curiosidad es legítima. Es una motivación atractiva para hacer algo diferente, pero me pregunto: ¿por qué nadie se disfrazó de alguno de los personajes cubanos de nuestras historias, aventuras, animados, películas…?

‎‎Entonces en medio del goce que deriva de la apropiación de una celebración extranjera, nuestros propios símbolos identitarios, permanecen invisibles o relegados. No se trata de rechazar Halloween, sino de preguntarnos por qué nuestras tradiciones no generan la misma expectativa ni se reinventan con la misma frescura.

‎‎Cuba posee un patrimonio cultural riquísimo: las parrandas de Remedios, los carnavales de Santiago, el Día de la Cultura Cubana, la trova y el son que nos dieron voz universal, la poesía de Guillén, la música de Benny Moré, el cine de Tomás Gutiérrez Alea y Sara Gómez, la radio pionera en América Latina.

‎‎También tenemos símbolos naturales y patrios de enorme potencia visual y narrativa: el tocororo, que muere si se encierra; la palma real, vertical y orgullosa; la bandera con su estrella solitaria; el tabaco y el ron, que nos dieron identidad global. Todos ellos podrían convertirse en elementos festivos, en experiencias colectivas, en rituales compartidos que seduzcan a la juventud y se adapten a la era digital.

‎‎El problema no es que Halloween exista, sino que lo nuestro tenemos que contarlo con más fuerza estética y más capacidad de espectáculo. La identidad necesita juego, color, forma, y Cuba tiene materia prima de sobra para que sus símbolos sean tan inolvidables como cualquier calabaza tallada.

‎‎El problema es la desmemoria cultural. Nos dejamos seducir por lo ajeno y olvidamos lo propio. Por eso, el desafío está en narrar lo nuestro con creatividad, en transformar la historia en performance, en convertir la música en desfile, en hacer de la poesía un concurso viral, en inundar las redes con humor criollo y orgullo identitario.

‎‎¿Qué pasaría si el Día de la Cultura Cubana se celebrara con desfiles de disfraces inspirados en nuestros hombres y mujeres imprescindibles de la historia, las artes o la ciencia? ¿Qué pasaría si las escuelas organizaran concursos de creatividad con símbolos nacionales? Sería un modo de rescatar lo nuestro sin renunciar a lo ajeno. Sería un modo de equilibrar la balanza cultural.

‎‎Hoy es un día para recordar que los jóvenes y hasta los más adultos, busca diversión, rituales compartidos, símbolos fáciles de usar. Por eso, la identidad no se conserva sola; hay que cultivarla, hay que celebrarla, de maneras diversas. No se trata de competir con lo extranjero, sino de rescatar lo que nos define.

‎‎Urge darles a las nuevas generaciones más motivos para apropiarse de lo cubano, no desde la imposición, sino desde la seducción. Halloween seguirá aquí, pero que no eclipse lo que somos. Cuba continuará siendo esencia, porque lo nuestro también es inolvidable.

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