No queremos envejecer y muchos luchamos porque un estilo de vida activo y por tanto, saludable, preserve nuestra juventud. Pero el paso del tiempo deja huellas y es inexorable.
Por eso, precisamente, el envejecimiento no es privativo de alguien y tampoco a nivel social. En el caso cubano, el envejecimiento poblacional tiene que ver con el aumento de la expectativa de vida que han conseguido nuestros avances en la atención primaria de salud pero, también, con el incumplimiento con la llamada tasa de sustitución que se registró, a la usanza del mundo desarrollado desde los años 80, y ahora, por el contrario, como evidencia de la crisis económica que las medidas coercitivas abaten sobre el país; o por la migración juvenil que también provocan.
Una situación parecida, aunque con causas diferentes, se registra en otros países de América Latina y el Caribe al punto de calcularse que para el año 2050, las personas de 60 años y más representarán una cuarta parte de la población regional.
A ello se añade lo que para una profana en la materia como esta redactora representa una denominación novedosa: el «envejecimiento del envejecimiento», usado para definir el aumento de la población con 80 años y más, según ha informado un reciente mensaje de la Cepal.
El incremento de los ciudadanos en este grupo trae consigo un aumento en las probabilidades de que crezca la población en situación de dependencia y con requerimiento de apoyo y cuidados especializados.
Ello representa todo un reto para las sociedades latinoamericanas y caribeñas, muchos de cuyos Gobiernos están encabezados hoy por ejecutivos que retornan a las políticas de recortes presupuestarios con las lógicas afectaciones en el área de la protección social y la salud, y como resultado de un modelo impuesto por la derecha política neoliberal y no por las circunstancias, como ocurre con las estrecheces que acarrean los efectos del bloqueo sobre nuestro país, independientemente de la voluntad política del Estado para paliarlas.
La temprana implementación de programas que hicieron proliferar las casas y círculos de abuelos a nivel comunitario, la fundación de la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor y otras iniciativas en las que Cuba ha sido pionera, priorizaron la temprana atención a quienes recesaban en la actividad laboral para que no abandonaran, no obstante, la vida activa, luego de la implementación desde 1996 del Programa Nacional de Atención Integral al Adulto Mayor.
Más recientemente, la necesidad de su aporte y las posibilidades que tenemos muchos de hacerlo ha desembocado en la feliz idea de reinsertar a quienes acudieron a la jubilación —¡pero no al retiro!— a la vida laboral, sobre todo en el ámbito profesional y técnico.
El asunto está sobre el tapete a propósito de la reciente conmemoración en todo el planeta del Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, el 29 de octubre último, según fue estatuido desde 2023 por la Asamblea General de la ONU para hacer visible la necesidad del cuidado para el bienestar de las personas.
Ello incluye la contribución al desarrollo sostenible y, también en este campo, a la búsqueda de la igualdad de género, pues generalmente la atención a las necesidades de quienes lo requieren recae única o prioritariamente sobre el sexo femenino.
Los casos reiterados de adultos mayores que se encuentran cuidando a quienes entraron en la etapa de envejecimiento del envejecimiento, dan cuenta de lo peliaguda que puede resultar la situación.
Avanzar hacia la igualdad sustantiva de género y la sociedad del cuidado constituye una transformación indispensable para el desarrollo productivo, inclusivo y sostenible de América Latina y el Caribe, advierte la Comisión Económica de la ONU para la región (Cepal).
Este panorama enciende luces rojas al sector juvenil, sobre cuyos hombros descansará aún más la economía de las naciones latinoamericanas y caribeñas envejecidas, pero remarca, sobre todo, la responsabilidad de los Estados ante un fenómeno que no puede quedar solo en el ámbito parental y que requiere de políticas nacionales y la mano gubernamental.