Esto es más allá del límite. Sabemos cuánto se inmiscuye el actual presidente de Estados Unidos en todo lo que signifique obtener más poder y control sobre el orbe, y ahora se ha lanzado con una nueva acción que posiblemente haya dejado boquiabiertos hasta a quienes le daban la posibilidad de la duda sobre sus pretensiones.
La revelación la ha hecho el diario The New York Times (NYT) que, como es habitual, tiene una fuente anónima, pero cercana a Donald Trump. Resulta que el de la Casa Blanca considera que su gran amigo Gianni Infantino, el controversial presidente de la FIFA, sería un buen candidato para ocupar el cargo de secretario general de la ONU, que pronto dejará el portugués António Guterres.
Lo argumentó con estas alabanzas: «es respetado por todos» y «posee una habilidad especial para unir a la gente». Y detrás vino Paolo Zampolli, enviado especial de Washington para alianzas globales, para apuntalarlo: «En la ONU hay que tratar con 193 Estados miembros. En la FIFA hay más de 200, y su trayectoria demuestra que sabe cómo gestionar», a lo que agregó que es alguien «querido por todos» y que «haría un gran trabajo».
Ambas opiniones van contracorriente a lo que de Infantino se dice desde hace mucho, un rechazo que ha crecido tras el Mundial 2026 que tuvo como sede a Norteamérica, y concluyó con la victoria del once de España en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey. No son pocos los que consideran en ese mundo de las Ligas que debería salir de la dirigencia de la FIFA, por lo que parece incierta la reelección en 2027 de quien Trump denomina «El rey del fútbol».
A decir verdad, NYT se queda corto, si el estrecho amigo de Trump llega al rascacielos junto al East River en Manhattan, la ONU dejaría de ser, así de simple, y si ahora no ha podido parar las guerras imperiales y genocidas de Estados Unidos y su cómplice Israel, podría pasar a apoyarlas, completamente supeditada al mandato de Washington.
He aquí algún que otro dato de los estrechos vínculos de Infantino y Trump, que rayan en la subordinación. El pasado año, cuando el presidente de Estados Unidos andaba contrariado porque no había recibido el Premio Nobel de la Paz, su amigo futbolista instituyó el Premio de la Paz de la FIFA y, por supuesto, le fue otorgado a Donald Trump.
Ese premio de la paz se lo entregó Infantino por «impulsar la convivencia pacífica en el mundo», en la ceremonia del sorteo del Mundial de la FIFA 2026, celebrada el 5 de diciembre de 2025 en el Centro John F. Kennedy, en Washington D.C., institución cultural de la cual se había apoderado, acusándola de programación progresista y mala gestión, reorganizó su junta directiva, luego anunció que la nueva junta lo había nombrado presidente y en diciembre lo rebautizaron como Centro Conmemorativo Donald J. Trump y John F. Kennedy para las Artes Escénicas. Dando comienzo este 2026 hizo otro anuncio: el centro estaba en estado ruinoso, según dijo, cerraría sus puertas en julio para
someterse a una renovación que duraría dos años.
Sobre este último punto, les diré que el 29 de mayo, el juez Christopher Cooper ordenó retirar, en un plazo de dos semanas, toda referencia «al presidente Trump o a cualquier persona distinta del presidente Kennedy» en el edificio, en el sitio web del Kennedy Center o en cualquier material vinculado con la institución, porque un cambio de nombre era una atribución que solo le correspondía al Congreso, y el fallo judicial también suspendió la orden de Trump de cerrar el Centro Kennedy. Dicen que cuando se retiró el nombre de Donald Trump una multitud frente al edificio celebraba entre gritos el montaje de los andamios, mientras miles de internautas seguían la escena transmitida en directo por internet.
Otro peripecia Trump-Infantino es mucho más reciente y estremeció de indignación al mundo del fútbol, dirigencia de clubes, jugadores y la fanaticada del deporte más popular del orbe —tanto como los precios desorbitados de las entradas a las que la inmensa hinchada internacional no hubiera podido acceder, cuando el asiento más «barato» en el peldaño más alejado del campo, costaba oficialmente 4 500 dólares—, cuando Trump movió los hilos, o mejor, hizo una simple llamada telefónica a su amigo Infantino y fue retirada, durante un año, la tarjeta roja al delantero de EE. UU., Folarin Balogun, en el juego con Bosnia-Herzegovina, que le hubiera impedido enfrentar en octavos a Bélgica, trampa sucia de interferencia política que no le evitó ser derrotado en Seattle con una goleada de 4-1.
Pero no es la FIFA y sus intríngulis lo que nos mueve el análisis, sino el contubernio político que se nos viene encima si Donald Trump lograra imponer también su candidato, Gianni Infantino, en la Secretaría General de la ONU, como ha hecho en las elecciones presidenciales de más de una nación latinoamericana y caribeña en esta su segunda temporada, avanzando a un orden mundial más sumiso y con dirección a lo interno de gobiernos autoritarios de ultraderecha. El dueto Trump-Infantino bien merece una tarjeta roja de por vida.