Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Un tilín mejores y mucho menos egoístas

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

La espera angustia. Todos miran el reloj, a ratos, para «predecir» si podrán ser atendidos antes de que suceda el apagón programado. Algunos quedaron afuera, bajo el sol, como parte de la cola que debe mantenerse organizada. La otra, la cola del cajero automático, se mantiene en ebullición y a cada uno allí le preocupa lo mismo.

¿A quién le agrada hacer cola? A nadie. Todos quisiéramos llegar al lugar en cuestión y en minutos salir, satisfechos, con todo resuelto. Pero, sabemos, no siempre se dispone del personal necesario en cada sitio, o quienes trabajan no siempre son eficientes, y entre apagones, desconexiones del sistema, ausencia de trabajadores imprescindibles y aglomeración de otros demandantes del mismo servicio podemos demorar más de lo normal en cualquier trámite o gestión.

Me toca entrar al salón, me alejo del apabullante sol y al fin puedo sentarme, porque ni toldos ni bancos hacen más llevadera la espera. Ansío mi turno, como los demás. Las cajeras —tres, afortunadamente— son bastante ágiles y eso es una maravillosa esperanza para imaginar que, antes del inevitable apagón, seré atendida.

De repente, llaman al próximo y un señor, portando muletas y con el clásico andar de quien ha sufrido un accidente cerebrovascular, se levantó del asiento e inició su lento desplazamiento hacia el mostrador, previo autorizo de quien organiza el flujo de los usuarios. Iracundo, un señor desde atrás vociferó que si era impedido físico debía mostrar el carné que lo amparaba como tal, «porque no era su turno, porque estaba irrespetando la cola…». En efecto, el señor, torpe en su desempeño, mostró el carné y dijo: «Soy impedido, mire».

Las miradas de los presentes fueron crueles con aquel hombre. «Hay mucha gente por ahí que no quiere hacer cola y usa un bastón o una muleta para inventarse una discapacidad», dijo, justificando su actitud. «¿En serio? —le dije bastante molesta—. ¿Acaso no es capaz de discernir una verdadera discapacidad de una falsa?».

Intransigente, siguió defendiendo su punto de vista. «El carné se puede falsificar» —le espeté—. «Lo más importante es que usted, como todos
nosotros, le cedamos el lugar a quien, con canas encima y limitaciones físicas, sufrirá más esta cola que los demás, tenga o no el carné». Su silencio fue mi victoria.

Increíble. Recordé entonces que días antes, en el mismo lugar, cuando estuve casi dos horas en cola, no pocos jubilados debieron encontrar su lugar en ella, porque nadie les permitió avanzar. Y ahí estaban ellos, con bastones, jorobas en sus espaldas, várices en sus piernas y muchos años sobre sus hombros. Cualquiera de ellos podía ser mi abuelo o abuela, o el suyo. Fue triste.

¿Cuánto más hace falta para ganar en empatía? Que los hay desvergonzados por ahí, violando normas elementales, inventándose diagnósticos médicos o, sencillamente, colándose «al descaro», es harto sabido. Pero creo que no es muy fácil enfrentar un suceso de este tipo y dejar pasar a quien, humildemente, ni reclama el derecho que tiene por su vejez y su condición física.

Las palabras del inmenso trovador Silvio Rodríguez inundaron mis oídos: «Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.