Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Retazos

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Estamos hechos de retazos, unidos con el hilo de oro de los abrazos, con el hilo de sutura de las pérdidas. Corcusidos. Tejidos con largas agujas insertadas en nuestra carne. Somos carne de recuerdos, carne de penumbras, carne encendida. Pequeñas lumbres después del crepúsculo. Velas a contracorriente.

Vamos dejando trozos, regando los caminos, sembrando en el terreno fértil o en la tierra baldía. Algo nos taladra, nos empuja, nos tuerce. Algo nos sostiene, nos sepulta, nos lanza.

La memoria nos une y nos deshace. No es posible arrancar esos retazos sin que la quilla ceda, sin que la barca escore. La memoria es la brújula y la estrella. La desmemoria es selectiva y apócrifa.

Los desmemoriados han perdido el horizonte.  

«Toda nave poética debe navegar en medio de una tempestad perpetua», escribió Virgilio, el maldito, aquel que echó sobre su hombro todo el peso de la Isla. La poesía es la escala perfecta, hay que subirla en susurros. Aparece sutil o rompe en truenos, pero los sordos nos invaden, los ciegos nos detienen. Los pragmáticos llegan con armaduras de metal, con sus bolsillos llenos.

Tomar partido es una contrición. Tomar partido es una fragua. Salir de la celdilla, desmandarse, poner el pecho. Andar.

Cada retazo tiene un color distinto. Azul, como el príncipe que se quedó tan lejos, como nostalgia rancia. Morado, como el golpe de la rabia. Verde, como las venas. Rojo, como la sangre, como el sexo, como el grito.

Hay una pregunta bailando en la copa de los árboles. Una pregunta fluyendo por los ríos subterráneos. Una pregunta a punto de romper el dique. Una pregunta lívida de tanto roce, de tanto aire, de tanta espera.

¿Quiénes habitaron estos valles? ¿Quiénes se atrevieron a desbrozar, a fundar, a nombrar? ¿Cuántos se ungieron en las aguas misteriosas? ¿Cuántos se hundieron en arenas movedizas?

¿Adónde vamos después de la cosecha? ¿Cómo rescataremos al hermano y le haremos cruzar de orilla a orilla? ¿Cuándo abriremos surcos por entre las espinas del marabú? ¿Cuándo quebraremos los dogmas, quemaremos el odio, descubriremos el mundo?

Estoy contemplando las manos cenizas, nervudas, tensas. Las manos idas, gastadas, moribundas. Las manos pálidas, lánguidas, esdrújulas. Las manos frías, las manos escurridizas, las manos que nunca han tocado la tierra.

Estoy inmerso en las tinieblas. En la noche más larga. En la boca del lobo. En el fondo del pozo. En la profundidad del túnel. Apofis me tragará si la barca de Ra se demora.

Estoy sentado esperando a mi madre, sujetando la tiza, sosteniendo la cartilla. Me están llamando desde allá donde crece la espiga, donde enterramos a nuestros muertos. Estoy rompiendo monte, atravesando los puentes del milagro. En silencio, sin pies. Estoy llegando.

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