Nunca fue preciso ser un balletómano furibundo para conocer y disfrutar Tarde en la siesta, desde que llegó a escena por primera vez, en 1973, hasta la satisfacción de hace unos días, cuando la realizadora Lourdes de los Santos anunció que concluía la grabación e iniciaba la postproducción de un documental alusivo a esa pieza de 17 minutos que se las arregla para hablar sobre sueños y frustraciones al tiempo que resume un par de siglos de arte cubano.
A través de su nuevo audiovisual, Lourdes de los Santos se dedica a darle continuidad a una sucesión artístico-cultural que tomó a las ilusiones y sueños femeninos como argumento protagónico. Esta trama de acontecimientos tal vez se inicia con una famosa pintura realizada en la época de la colonia, pasa por el sustrato de la eclosión musical durante la República, vía Ernesto Lecuona, y arriba a la plenitud de dos de los fenómenos artísticos más conspicuos de la Revolución: el Ballet Nacional de Cuba y el ICAIC.
El poeta Julián del Casal describe en sus Crónicas el lujoso estudio del que disponía el pintor Guillermo Collazo a su paso por La Habana colonial. Del Casal asegura, en 1888, que «todo lo que brota de su pincel es refinado, exquisito y primoroso». Uno de los óleos más conocidos de Collazo, entre los realizados en Cuba, es La siesta, que ilustra a una dama lánguidamente sentada en el jardín de una casa habanera bastante sombría. La mujer parece cansada, o perdida en ensoñaciones, porque contempla el exterior, el mar, el horizonte quizás promisorio mientras ella permanece atrapada en la casi inmovilidad.
Ignoro si la pintura de Collazo, de 1886, o su contemporánea En el jardín, de José Arburu Morell, inspiraron al coreógrafo Alberto Méndez para crear la célebre pieza, pero sí está completamente documentado, además de resultar evidente, que la música para piano de Ernesto Lecuona, que integra la totalidad de la banda sonora del ballet, es motivo de inspiración directa.
El coreógrafo descubrió el correlato musical idóneo para su ballet en ese clásico de la discografía cubana que es Lecuona toca a ecuona, y en piezas que figuran en aquel memorable disco como Preludio en la noche, A la antigua, Crisantemo, Vals azul, y Danza en 3 x 4. Todas y cada una de ellas integran la vivacidad de cubanísimas tradiciones con la genial facilidad del compositor para comunicar momentos de evocación o nostalgia, incluso de la más profunda tristeza.
El paso inútil de los minutos, las horas, los días y los años para cuatro mujeres llenas de deseos y limitaciones, en la etapa republicana, parece ser el motivo dominante que el coreógrafo recrea a través del evocador piano de Lecuona. Se llaman Soledad, Consuelo, Esperanza y Dulce, y cada uno de los cuatro personajes cuenta su historia personal, íntima e intransferible, a través de la extraordinaria y sutil coreografía, también deudora, en cuanto a estructura, del Grand Pas de Quatre, creado en 1945 para que lo bailaran cuatro de las mejores bailarinas del periodo romántico. En cuanto a referentes y concomitancias, valga decir también que la novela Jardín, de Dulce María Loynaz, y películas como Amada, de Humberto Solás, también aluden a los prejuicios y frustraciones que gobernaron la vida de muchas mujeres en la etapa republicana,
Tarde en la siesta se estrenó en uno de los momentos de eclosión artística del Ballet Nacional y por supuesto contó con la participación de algunas de las mejores bailarinas de aquella época, creadoras ellas mismas de un concepto básico para interpretar, y no solo bailar, la delicada y sugerente coreografía: Mirta Pla hizo de Consuelo; Marta García, Soledad; María Elena Llorente, Esperanza, y Ofelia González, Dulce. Luego, los personajes fueron asumidos por otras grandes grandes creadoras y artistas, más que solo bailarinas, como Josefina Méndez o Rosario Suárez, que les aportaron matices introspectivos a estas mujeres, personajes colmados de ansiedades, frustraciones y desdichas.
Y a los matices expresivos aportados por cada bailarina, a la eficacia de la coreografía puesta a expresar las sicologías de mujeres diversas, o de diversos momentos de recogimiento en la vida de una misma mujer, que ambas «lecturas» del argumento son factibles, se añade la funcionalidad, plasticidad y belleza del vestuario diseñado por Salvador Fernández, que también aporta cubanía y matices de caracterización a cada una de ellas, en estrecha relación con la vehemencia del piano tocado por Lecuona.
Si el Ballet Nacional decidió felizmente reponer Tarde en la siesta, el Icaic también ha decidido retomar, afortunadamente, una larga tradición documentalística inspirada en acontecimientos escénicos. Historia de un ballet (Suite Yoruba) o Giselle se cuentan entre las joyas del cine cubano de los años sesenta, y también se impone decir que Lourdes de los Santos ha construido una filmografía muy cercana a lo mejor de nuestra historia cultural a través de documentales como Identidad, Estado de gracia, Servando en tres tiempos, y los más recientes Últimos días de una casa y Oriki para Bola de Nieve.
De la mano de Lourdes, y de una nueva generación de bailarinas (Viengsay Valdés, Sadaise Arencibia, Annette Delgado, Alianed Moreno) todas ellas convocadas por un cine que se empeña, también, en darle continuidad a sus mejores tradiciones, veremos nuevamente ese convite de cubanía y artisticidad que es Tarde en la siesta, el ballet, y descubriremos su historia y vigencia a través del nuevo documental anunciado. Ojalá la espera no sea larga.
