Alemania levantó su tercer título mundial tras vencer a Argentina en la final con un polémico penal. Autor: ESPN Publicado: 05/06/2026 | 12:46 am
El problema no fue Italia, con sus noches mágicas y su mascota Ciao. El problema era el fútbol. Porque el mundial de 1990 llegó como aquel visitante que promete fiesta y termina ahogando la copa en un mar de excusas. Los equipos saltaron al césped con el alma blindada, con libretos de ajedrez en lugar de pinceles, y el balón se convirtió en una moneda de cambio para negociar empates.
El promedio de goles fue el más bajo de la historia: apenas 2,21 por partido, apenas 115 celebraciones en 52 encuentros. El fútbol, señores, se había vuelto un banquero: contaba billetes, pero había olvidado la poesía.
Los planteos defensivos se adueñaron del torneo como una plaga silenciosa. Los equipos no jugaban para ganar; jugaban para no perder. Argentina, la campeona defensora, llegó a la final sin marcar un solo gol entre cuartos y semifinal. La final entre Alemania y Argentina fue el espejo perfecto del desastre: un penal solitario en el último tramo decidió un partido que parecía más una negociación de rehenes que un partido de fútbol. ¿Cómo encontrarle una pestaña a un torneo que nunca tuvo alma? Es que el problema no es que el fútbol se durmiera, el problema es que al despertar, ya nadie quería verlo.
Sin embargo, entre tanta especulación, surgieron algunos destellos fugaces. Salvatore "Totò" Schillaci, un delantero de 25 años, con unos ojos desorbitados que parecían dos lunas llenas, empezó el torneo como suplente y terminó como el máximo goleador con seis anotaciones y el Balón de Oro del mundial. Fue el héroe inesperado de la azzurra, un carnicero de Palermo que convirtió cada gol en un grito de redención.
Roger Milla, con 38 años, guió a Camerún hasta los cuartos de final y demostró que la osadía aún tenía cabida. Sergio Goicochea se convirtió en un ángel albiceleste bajo palos, pero fueron solo fogonazos en un desierto táctico.
Italia 1990 obligó a la FIFA a cambiar el reglamento. Se prohibió el pase intencional al portero, se endurecieron las faltas tácticas y se empezó a castigar la pérdida de tiempo sistemática. Fue el torneo que mató al antifútbol para que naciera un fútbol más vivo. Pero el daño ya estaba hecho.
En la memoria colectiva, ese mundial sigue siendo el ejemplo de lo que el fútbol no debe ser. El problema no era que el fútbol mintiera, sino que se lo creyera tan feo. ¿Cómo olvidarlo si estuvo tan cerca? El problema es que aquel verano, el fútbol se jugó con el freno de mano puesto y el alma en remojo.
