Con la misma vara con que midas te medirán, dice la Biblia. Pero a Estados Unidos le gusta ser juez de todos, y que nadie le juzgue, porque de seguro saldrá culpable y condenado. Entonces, pone en práctica todas las artimañas posibles y el secretario de Estado, Marco Rubio, está protagonizando una de ellas.
Al inicio de semana lanzó una campaña para desmantelar la Corte Penal Internacional (CPI), el ente del sistema de justicia mundial que responde a un acuerdo planetario, el Estatuto de Roma de 1998, para quitarse de encima cualquier juicio y condena a sus múltiples crímenes. Con esa intención hizo lo que mejor sabe, presionar a los países aliados del imperio para que abandonen el organismo y rechacen su jurisdicción, y en un dechado de hipocresía lo acusa —nada más y nada menos— de inmiscuirse en los asuntos de EE. UU. y de violar su soberanía.
Vaya desvergüenza, si eso es —precisamente— lo que Washington se pasa la vida haciendo, y es práctica diplomática preferida.
«La CPI representa una amenaza intolerable para la soberanía estadounidense: se arroga la autoridad para procesar e, incluso, encarcelar a militares y funcionarios que actúan en defensa del interés nacional de Estados Unidos», afirmó con altanería Rubio, quien fue más allá, pues acusó a la CPI de librar «una guerra contra nuestro país, no con balas ni misiles, sino con estatutos, pactos y la fuerza de lo que llaman el derecho internacional».
De manera que, a este trumpismo, negacionista y violador de las normas del Derecho Internacional, le causa escozor la posibilidad de una condena porque se acercan unas elecciones a las que quisieran llegar sin máculas para mantener una mayoría republicana en todos los poderes de su nación. Tiene que quitarse a otros jueces y causas en la propia casa, porque pende la espada de Damocles que pudiera ser enarbolada por los demócratas de obtener mayoría: el temible impeachment, del que Trump se ha librado ya en dos ocasiones desde su primer mandato.
Así que el susurrador Marco Rubio hace su papel y suma esta campaña a las sanciones que Trump ordenó en 2025 contra jueces de la CPI, cuando investigaba crímenes de guerra cometidos por el personal estadounidense en Afganistán y actuó contra su cómplice mayor, Benjamín Netanyahu, y otros funcionarios israelíes, sobre quienes pesa orden de arresto por crímenes de guerra y de lesa humanidad, habida cuenta el genocidio que cometen contra el pueblo palestino en Gaza.
Ahora hablan de «abusos de la CPI» e instan a sus aliados y presionan a otros Gobiernos «que dependen de la asistencia de Estados Unidos» para derrotar a este nuevo adversario, desmantelando «ladrillo a ladrillo» la capacidad de la CPI para operar, perseguir, juzgar y condenar a cualquier funcionario o militar estadounidense.
Y de esta manera quiere quitarse el riesgo, porque saben muy bien que son culpables de crímenes de guerra en Afganistán, pero también ahora en la guerra no provocada contra Irán, la cual parece será interminable. De esta mencionemos el bombardeo a la escuela primaria de niñas en Minab, al comienzo de la agresión, y recién ahora el bárbaro ataque a instalaciones civiles, en las inmediaciones del hospital Shahid Baqaei, que obligó la evacuación de un centro de tratamiento oncológico infantil en Ahvaz.
Además, la administración Trump acumula violaciones y crímenes muy serios en su propio terreno. Por ejemplo, la saña con que persiguen a los inmigrantes, sus detenciones y deportaciones arbitrarias, la separación de familias, la evidente xenofobia y racismo que los mueve y los asesinatos a sangre fría en las calles o bajo custodia del ICE u otros cuerpos represivos.
Y ni hablemos de las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico oriental de más de 200 personas, cuyas pequeñas embarcaciones han hundido, bajo el argumento no demostrado de que son narcoterroristas, para imponer su fuerza en América Latina y el Caribe.
Rubio se explaya, con total cinismo, en repetir alabanzas y sustentarlas con mentiras sobre los agentes de la Patrulla Fronteriza que persiguen a inmigrantes, infantes de marina estadounidenses que ya se expanden por el hemisferio occidental para imponer su orden internacional y su injusticia.
Definitivamente, Trump y Rubio son la antítesis del estado de derecho.
