Raphinha sigue en estado de gracia, y con su doblete ante el Alavés aumentó su diferencia en la punta de la tabla de goleo de la Liga española de fútbol. Autor: Getty Images Publicado: 04/11/2026 | 10:22 am
En el Camp Nou, la semana había dejado un reguero de cristales rotos: la derrota en el Clásico, el batacazo en París, el invicto hecho añicos, el No Balón de Oro de Lamine Yamal y la sensación de que el castillo de naipes se desmoronaba. Alguien tenía que pagar los platos rotos. Y este sábado, en la noche más fantasmal del año, el Alavés tuvo la mala fortuna de presentarse en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. El Barcelona, lejos de apiadarse, convirtió el partido en una catarsis de goles, en un ajuste de cuentas con sus propios demonios que terminó con la vajilla vitoriana hecha añicos sobre el césped.
El primer plato en estrellarse contra el suelo llegó a los ocho minutos. Pedri, con esa visión periférica que convierte el fútbol en un juego de adivinación, filtró un pase al desmarque de Fermín. El andaluz, que juega con el hambre del que nunca se siente titular, levantó la cabeza y sirvió el gol a Raphinha en bandeja de plata. El brasileño solo tuvo que empujarla. Un plato menos en la alacena del Alavés, que aún no había tenido tiempo de secarse el sudor del calentamiento.
El segundo cayó en el 23'. Otra vez Fermín, esta vez como ejecutor, fusiló a Sivera tras una asistencia de Lamine Yamal. El Camp Nou, que había llegado al estadio con la garganta seca de tanto reproche, empezó a entonar cánticos de alivio. Y justo antes del descanso, el tercero: Raphinha, con la rabia del que se sabe cuestionado, cazó un balón en la frontal y lo mandó a guardar. El cuarto, ya en el 46', fue un latigazo de Lamine desde la frontal que se coló junto al palo. Cuatro platos rotos en cuarenta y cinco minutos. La vajilla del Alavés, ya de por sí resquebrajada por siete jornadas sin ganar, se desintegró en el aire.
La segunda parte fue un ejercicio de gestión emocional. Flick, consciente de que el miércoles visitaba al Aston Villa y en siete días al Atlético, empezó a dosificar a sus titulares. Raphinha y Pedri se marcharon entre aplausos, Lamine completó su doblete con una vaselina sutil validada por el VAR, y Gordon, el relevo del brasileño, redondeó la cuenta con el sexto. El único consuelo para el Alavés llegó en el 84', cuando Mariano, exmadridista, aprovechó un error de Rodri en la salida para batir a Joan García. Un plato menor, casi un vaso de plástico, en medio de una vajilla de porcelana destrozada.
Quique Sánchez Flores, el técnico del Alavés, se marchó de Barcelona con la sensación de haber sido testigo de un accidente inevitable. Su equipo, que había plantado cara en los primeros compases, se desmoronó ante la eficacia de un rival que no perdonó. «Recibir un gol tan pronto en un escenario así hace daño», admitió Guevara, uno de los capitanes. «El Barcelona hizo acciones de bastante nivel porque tiene jugadores con una calidad enorme». El Alavés suma siete jornadas sin ganar y dos puntos de los últimos veintiuno. Su racha no es negativa: es un pozo.
Para el Barcelona, en cambio, la noche fue un bálsamo. Los fantasmas de París y del Clásico se disiparon entre goles, y el equipo recuperó la sonrisa justo antes de dos citas cruciales. El miércoles, el Aston Villa en Champions; el domingo, el Atlético en Liga. La vajilla del Alavés quedó hecha trizas en el césped del Camp Nou, pero la del Barça, esa que parecía a punto de romperse, volvió a brillar. Alguien tenía que pagar los platos rotos. Y esta vez, el desafortunado fue el Alavés.
