Lamine Yamal fue la gran figura del partido numero 40 sin perder de manera consecutiva de la tropa de Luis de la Fuente con un doblete y una asistencia. Autor: Tomada de As Publicado: 30/09/2026 | 02:35 pm
En el Ramón Sánchez-Pizjuán, bajo un cielo que parecía inclinarse para ver mejor, España celebró su condición de campeona del mundo con un halo de Reyes del mundo y un trofeo ofrecido a la afición desde las manos de Rodri. Y sobre ese escenario de mística y memoria, Luis de la Fuente y los suyos escribieron el capítulo número 40 de una historia que ya no pertenece a la lógica, sino a la leyenda.
El partido fue un conjuro desde el primer minuto. Lamine Yamal, el niño que juega como si tuviera siglos de sabiduría en las botas, tardó apenas 70 segundos en encender la noche: recibió de Álex Baena, Fermín dejó pasar el balón con la inteligencia de un viejo maestro y el extremo cruzó un disparo al palo largo. Croacia, combativa y orgullosa, igualó con un cabezazo de Dion Beljo en el minuto 28, pero la respuesta de la Roja fue inmediata: Lamine puso un centro medido y Marc Pubill, en su primer gol con la absoluta, devolvió la ventaja con un testarazo infernal.
La segunda parte fue el momento en que la magia se hizo tangible. De la Fuente dio entrada a Pedri y el canario, con un pase filtrado que parecía dibujado por un orfebre, habilitó a Lamine para que el «19» definiera con potencia y firmara su doblete. Era el décimo gol de Lamine con España, el segundo de la noche, el tercero de una cuenta que ya no se detiene. Nico Williams, en el ocaso, selló el 4-1 definitivo y el Sánchez-Pizjuán, que nunca ha visto perder a España en sus 26 visitas, estalló en una fiesta que sabía a eternidad.
Pero más allá del marcador, lo que ocurrió en Sevilla fue la consagración de un récord que desafía la historia. Cuarenta partidos consecutivos sin perder: 31 victorias y 9 empates desde marzo de 2024. Con una Eurocopa y un Mundial en el equipaje, esta España se ha convertido en la primera selección en la historia del fútbol en disputar 40 encuentros consecutivos sin derrota. Solo España, entre 2008 y 2012, había osado algo similar; solo Alemania en los 70 y Francia a finales del siglo XX se atrevieron a soñar con semejante dominio. Y ahora, esta generación lo ha superado.
Luis de la Fuente, el arquitecto silencioso, ha construido una máquina que no parece saciada. «No es normal ni siquiera para equipos que ganan Eurocopas y Mundiales», dice Pepe Brasín, que eleva a esta España entre las mejores de la historia. Y tiene razón. Porque en el Sánchez-Pizjuán se permitieron el lujo de dejar a Pedri en el banquillo, de reservar a Rodri, de dar entrada a los que esperan y ver cómo el equipo no baja ni un decibelio. Es una selección que es un equipo como tal, una roca que no acusa los golpes y que, cuando sufre un lapsus, tarda dos segundos en retomar la senda.
El 40 ya está grabado. Quien quiera superarlo, que comience, porque va tarde. Pero más allá de las cifras, lo que queda es la sensación de haber presenciado algo que trasciende el fútbol. En Sevilla, bajo la mirada de Jesús Navas y con el Mundial en el pecho, España no solo ganó: confirmó que vive en una dimensión donde los récords son solo escalones hacia algo más grande. Esta no es la historia de Alí Baba y sus 40 ladrones, es la de Luis de la Fuente y los 40 juegos invictos. Suena a título de película ganadora del Oscar. Y, perfectamente, pudiera serlo.
