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Salvar el sueño romero

Este año las Romerías de Mayo llegan a su edición 33 y, aunque lo hacen en un contexto difícil, la convocatoria procura no perder su empeño fundacional: seguir apostando por la cultura joven, sin importar lo adverso de las circunstancias

Autor:

Jorge Fernández Pérez

 

La Ciudad de los Parques vuelve a ponerse cuesta arriba en el quinto mes del calendario, como si no supiera —ni pudiera— vivir sin las Romerías de Mayo.

Este año la cita llega a su edición 33 y, aunque lo hacen en un contexto difícil, la convocatoria procura no perder su empeño fundacional: seguir apostando por la cultura joven, sin importar lo adverso de las circunstancias.

Esta no es una celebración cualquiera. El evento medular de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) nació también en un tiempo complejo —en pleno período especial—, cuando hacer por el arte era una apuesta de fe.

Tal vez, por eso ha sobrevivido con esa mezcla de terquedad y optimismo que lo ha hecho parte del paisaje espiritual de una urbe y un país, porque, en estos días de mayo, Holguín se convierte en la capital del arte joven en Cuba.

 Los tiempos son duros; sin embargo, la vanguardia artística insiste en reunirse, en convocar, en defender las tradiciones, sin convertirlas en museo, y en que el arte joven no puede esperar a que todo esté resuelto para existir.

Por eso, el Festival Mundial de Juventudes Artísticas regresa atemperado a las condiciones actuales, con esa mezcla tan cubana de inventiva, sacrificio y decoro.

Hay algo profundamente romero en esa decisión de seguir. Porque, en estos predios, la escasez nunca ha logrado borrar el gesto principal: reunir.

En ese acto habita algo que va más allá de la logística. Se trata de sostener una tradición, de defender la cultura y de no permitir que la dificultad vuelva costumbre la renuncia.

En esta edición, la mayoría de los espacios se moverá con energía alternativa. Y el dato, que puede leerse como medida técnica, también tiene su carga simbólica.

Las Romerías siempre han sabido encenderse con lo que haya a mano: una idea, una guitarra, una pared, una escalera, una noche de mayo y la obstinación de los jóvenes que no aceptan la penumbra como destino.

 En la Loma de la Cruz, donde el mito y la costumbre se saludan cada año, el arte regresa a subir como si empujara el aire. Allí, la ciudad se reconoce y se contradice, se mira y se corrige. La tradición no se queda quieta. Camina, canta, discute y se remienda a sí misma. En ese movimiento está su fuerza.

 Hay algo muy holguinero en esta capacidad de no soltar la cultura, incluso, cuando el panorama aprieta. Las Romerías han aprendido a agrupar sin empobrecer, a reducir sin perder sentido y a adaptarse sin a perder su esencia. Esa es su mayor fortaleza.

Este año, además, la jornada llega con dos resonancias mayores. Por un lado, el centenario de Fidel y la vigencia de su pensamiento sobre la cultura, siempre presente cuando se habla de creación, compromiso y país. Por el otro, el aniversario 40 de la AHS, una organización que ha sido casa, refugio y trampolín para muchas voces nuevas.

Por eso, esta no será una edición cualquiera. Tampoco lo fueron las primeras. En ambas orillas del tiempo, la fiesta ha tenido que sostenerse sobre dificultades reales. Y, aun así, o precisamente por eso, ha conservado el pulso. 

Las Romerías, de algún modo, siempre han sido eso: un laboratorio de juventud y tozudez. Un sitio donde la ciudad se vuelve escenario y el escenario, a su vez, se parece demasiado a la vida. Allí, caben las urgencias del país, pero también sus reservas de belleza.

Al final, no se trata solo de hacer un festival. Se trata de salvar el arte romero, de cuidar una forma de entender la cultura y de proteger un espacio que ha sabido crecer en medio de las adversidades. Y eso, en tiempos como estos, dice bastante de la voluntad de todo un país. 

 

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